Gabriel observa disgustado a la funcionaria. Sabe que encontrará una razón para desestimarle. Está entrenada para el rechazo sistemático.
—Según su expediente, trabajó usted, por última vez, la semana 22 de este año. ¿Es correcto?
—Sí, correcto.
—Eso significa que lleva usted sólo tres meses y medio fuera de uso… Muéstreme su libreta de estampas, por favor.
—Pero el gobierno garantiza una semana al mes— protesta Gabriel a la vez que se saca la libreta del bolsillo trasero del vaquero, muy gastado. La libreta, también vieja, no es más que una funda de plástico, ya correoso, en forma de libro, similar a esos álbumes baratos que regalaban en laboratorios fotográficos cuando se llevaba a revelar un carrete en los 90 —Usted misma, sin ir más lejos, seguro que dispone de una estampa al mes porque no me negará que usted tiene trabajo en el “casi un cuarto”.
—Es cierto, señor, que dispongo del “casi un cuarto”, como todos mis compañeros en el Ministerio. Hacemos lo que podemos. Y yo, lo crea o no, no busco ser cruel pero esa cola que hay detrás de usted y la manifestación que hay todos los días en la puerta del Ministerio está formada por personas que llevan más de seis meses sin uso, luego no consiguen las estampas, luego no tienen comida, ni cobijo, ni luz ni agua corriente… Veo que no ha usado su última estampa. No es usted un caso prioritario.
—No, verá, es que intento ahorrar una de cada seis. Tengo cincuenta años, ¿sabe? Y reuma y otros achaques… No sé qué va a ser de mí cuando ya no tenga uso… Sólo intento ahorrar para la vejez inminente.
—¿Y de qué vive usted entonces?
—Bueno, le diré una cosa: del “casi un cuarto” no— Gabriel se arrepiente inmediatamente de haber vuelto a echar leña al fuego. Terminará incinerado si continúa así. —… Disculpe mi sentido del humor; vivo como el resto: me paseo por Moncloa esperando el reparto de sobras, no tengo casa, vivo en una comuna del estado y mi mujer, a la que no se permite trabajar desde que sacaron la ley esa de los mosqueteros…
—Es la ley “Uno para todos”.
—Sí, eso quería decir, perdóneme… Bueno pues ella se dedica al trueque, ya sabe.
—Mire, aunque pueda parecerle injusta esa ley que usted llama “de los mosqueteros” es necesaria. Se trata de priorizar. ¿De qué nos sirve hacer todo por la justicia social si luego hay matrimonios y familias donde más de un miembro permanece en uso casi un cuarto mientras en otros grupos nadie consigue ni una estampa por falta de vacantes? En cuanto al trueque, el Estado lamenta que de momento sea una práctica necesaria para subsistir pero, ya lo verá, vendrán tiempos mejores. En cualquier caso, vuelvo a repetir que el suyo no es un caso prioritario.
—Señorita, necesito una semana de trabajo; necesito esa estampa.
—Pues no sé cómo colocarle…. Su tuviésemos una vacante de alta cualificación y encajara usted… No sé…
—Oiga, pues yo soy ingeniero industrial y, además, sé inglés, soy bilingüe y …
—¡Y yo cunnilingüe, no te jode!— grita impaciente el primero de la cola que se forma a sólo dos metros tras la silla que ocupa Gabriel que, repentinamente inspirado, se tira bajo la mesa, empujando su cabeza entre la piernas de la funcionaria cubiertas sólo por una falda, desnuda de lujos como la ropa interior. Ésta le impide el acceso durante el primer segundo para después ceder a la lengua del candidato, al fin y al cabo no es la primera vez, y sólo sufre un momento por Gabriel: ella también ahorra de sus estampas, por lo que pueda pasar, y hoy no tocaba ducha.
El primero de la cola, Rubén, grita:
—¡Maricón! ¡El trueque es cosa de mujeres! ¡Así no es como un hombre consigue el casi un cuarto!
Medio metro detrás, Santiago lamenta su suerte: todos los días igual, siempre se le adelanta alguien… Y ni si quiera lo saben hacer tan bien como él que podría incluso negociar dos semanas, pero en dos meses distintos, claro; nadie es tan bueno.
Me ha gustado un montón. De todas formas, creo que los funcioanrios ya disponen de suficientes privilegios como para disfrutar de este también, sólo faltaría eso.
Estupendo relato