Alejandro, un lector/comentarista/crítico/paciente activo de ésos que todo bloguero desea —y qué suerte la mía pudiendo contar con tres o cuatro— ha inspirado con su comentario una nueva categoría, la del título, que, ahora que caigo, ha estado siempre aquí como consuelo para los pobres de espíritu. Se trata de castigar a los malkarmáticos porque, amigos míos, pese a lo que os cuenten en manuales de autoayuda, a lo que extrapoléis de vuestras lecturas de The Briget Jones’ Diary, lo que dice el párroco —si creéis y si creéis en la suficiente medida como para asistir a misa—, eso de perdonar a nuestros deudores, que ya les ajustará Dios las cuentas, o que Buda les va a asegurar una próxima vida como perro abandonado en vacaciones, cerdo cebado o gusano, pese al optimismo, a la esperanza de que así sea, no existe la justicia divina. No es cierto que el tiempo nos ponga a todos en nuestro sitio, sólo nos envejece y, a veces, a los buenos peor que a los malos.
Por esto quiero ofreceros justicia poética. Y comenzaré rescatando un relato que ya deberíais haber leído en el que me atreví, por primera vez, a impartir justicia en este mundo cruel aliviando a siete individuos de la vileza que padecían. Se trata de Sacrificios.
Y ahora os invito a reclamar la muerte de esos malkarmáticos que os ha tocado padecer personalmente. Rellena el formulario y deja que les de el final atroz que tanto merecen:
Procuro no albergar odio en mi interior, no hay envase capaz de contenerlo sin correrse. De ahí que no se me ocurra que poner en el formulario.
Eso no quiere decir que no me aflore la sana insurrección.
Mientras que leo tu relato te dejo una entrada de mi cosecha que viene al hilo:
http://www.lonelyshouters.com/2011/01/22/merecer/