Hola. Me llamo Jaute y soy escéptica. De nacimiento. Lo que viene a significar que por mí no hay nada que se pueda hacer. De niña fingí creer en los Reyes Magos por miedo a una bofetada de mi padre, que no se tomaría a bien mi falta de fe tras haberse gastado los cuartos en mis juguetes y haber tenido que reptar con ellos por la ventana para que yo no le viera. El primer año de Reyes, cuando tenía menos de dos años pero ya sabía hablar, al ver todas las muñecas que más tarde decapitaría por aburrimiento y crueldad infantil, insinué a mi madre que creía que habían tomado algunas de las que ya rondaban la casa con anterioridad para exponerlas junto a las nuevas y hacer más bulto. Mi madre se ofendió y me llamó tonta: —pero, hija, tú estás tonta— me dijo —te las han traído los Reyes. Sigue leyendo
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El infravalorado poder de la succión I
Los monstruos no siempre son la creación de elevadas ambiciones y morales deprimidas, sino que a veces nacen así estas pobres criaturas; pobres de espíritu como son, todo necesidad.
Y éste fue, precisamente, el caso de Loli, a la que su madre bautizó como María Dolores, nombre que ella borró de casi cualquier documento, excepto por el identificativo, para ser Loli a secas, sin virginidades que, pensó, no iban con ella. Sus compañeras del cole sí pensaban que le hacía honor pues les resultaba, como ocurre con muchas pelirrojas de facciones grandes, llanamente fea y la creían entonces; y también después, al alcanzar la madurez, cuando se confirmó que el resto de su esqueleto no alcanzaría a proporcionar nunca el enorme tamaño de su cráneo y que por ser chica de huesos grandes no habría carnes que lo cubrieran debidamente más allá de dos bultitos en el tórax y otro par en el punto exacto en que cabría esperar un buen culo que hiciera de sus rodillas, por comparación, algo más femenino.
Loli, sin embargo, quizás por tener dos hermanos, mayores que ella, feos de verdad, con verrugas, calvas precoces y halitosis crónica, paseaba por su adolescencia y siguió paseando por el resto de la vida como si de una beldad se tratase, confundiendo a sus amigas y aún más a los hombres que osaban su cama seguros de que la pobre andaría desesperada ya que, muy al contrario, necesitada de admiración como se sentía, desaparecía satisfecha con el apremio de sus conquistas sin haber pagado el precio, sin haber apaciguado ardores ni relajado durezas, sonriendo satisfecha incluso cuando alguno se atrevía a llamarla calientapollas. No está echa la miel para boca del asno, contestaba ella.
Poseía pues el convencimiento de su superioridad y creía, como muchas antes que ella, que, por su cara bonita, lo conseguiría todo. Incluso un empleo justamente remunerado pese a su currículo lleno de habilidosos parches y aptitudes que, según ella, le hacían merecedora de posiciones como mando intermedio. De esta forma convirtió empleos de dependiente en responsable de suministros y cursos de escaparatismo en los de una auténtica cool-hunter. Y gracias a estos pequeños retoques que ella, en su fuero interno, declaraba reales como la vida misma y por tanto debían serlo consiguió, un día, llamar la atención de un señor importante al hacerle ver que ella, al contrario que otras, sabía vender su producto.
El Sr. Importante no se lo pensó dos veces e invitó a Loli a unirse a su equipo seguro de su éxito y, para convencer a todos, dejó que Loli misma se presentara ante una sala llena de hombres demasiado convencidos de su superioridad y poco dados a reconocer lo que Importante había pensado en los últimos meses: necesitaban sangre fresca.
Como en las altas esferas de cualquier empresa, la atmósfera se cargaba a menudo con el humo de la paranoia y la conspiración hasta el punto de que es fácil encontrar a cualquier jefe de ventas sospechando su envenenamiento como si del propio Claudio se tratara y ofreciendo a beber de su copa a sus subalternos antes de arrimarsela a los labios propios. Los subalternos caían en Importancia S.A. como moscas; cualquier excusa era buena: participar en una huelga, discrepar de los métodos de un encargado que es a la vez cuñado de un directivo, pedir un aumento de sueldo, etc.
Loli sabía que no sería aceptada con facilidad y cuanto más lo pensaba más rabia le daba que, teniendo el beneplácito del Sr. Importante, tuviera que convencer a aquel atajo de arrogantes sexistas por lo que, después de meditarlo unos segundos, decidió dos cosas:
- El Sr. Importante debía confiar mucho en el criterio de aquellos chuletas sin más mérito que el de haber llegado primero, y esto apuntaba a cierta inseguridad por su parte.
- Si no puedes unirte a ellos, debes ir contra ellos.
Continuará…
Un inciso
Nacho alza el puño y grita ¡Vive la resistance!, entre risas, respondiendo a la última de mis disertaciones. ¡Anda, rojillo!, le respondo riéndome también.
Estoy obsesionada por la eliminación de la injusticia, la desigualdad, la falta de respeto al pueblo soberano —también soy republicana; cuando una se tuerce lo hace por completo y sin remisión—, la especulación bancaria, los empresarios presos de su codicia: ganar más o cerrar…
Estoy obsesionada; sentada en el sofá, bajo el techo de mi casa, frente al televisor, llena de la última cena, saciada de todas las malas noticias del informativo de la noche, en el sofá, frente al televisor; a veces frente a mi smartphone o mi tablet.
Occupy Frankfurt
Nunca me han hecho tilín las guías o blogs de viaje; a menudo me producen estupor y, casi siempre, el más sencillo aburrimiento. Me pasa exactamente igual con los deportes televisados: no sudo, no marco, no me emociono, aunque encuentro divertido, durante esos partidos que luego pasan a llamarse clásicos, de fútbol por lo tanto, ver la tensión en las piernas de mi madre, tan forofa como yo, dando patadas en el aire frente a la caja tonta igual que sonríe cuando el protagonista de una película sonríe o frunce el ceño cuando la suerte no le acompaña. Sigue leyendo
Cómo está el servicio
La navidad de los niños buenos
Qué poca lucidez, ¿no? Me refiero a la de esas personas que parecen escoger tal o cual fecha para sentirse deprimidos. Y cuánta originalidad al deprimirse por Navidad, ¿no?
A mí me da igual la época del año. Lo que mal empieza mal termina y eso se puede aplicar al año entero, al lustro, a una década, a una vida. Bueno, eso si te da por ahí, por amargarte. Sigue leyendo
La muerte de los malkarmáticos
Alejandro, un lector/comentarista/crítico/paciente activo de ésos que todo bloguero desea —y qué suerte la mía pudiendo contar con tres o cuatro— ha inspirado con su comentario una nueva categoría, la del título, que, ahora que caigo, ha estado siempre aquí como consuelo para los pobres de espíritu. Se trata de castigar a los malkarmáticos porque, amigos míos, pese a lo que os cuenten en manuales de autoayuda, a lo que extrapoléis de vuestras lecturas de The Briget Jones’ Diary, lo que dice el párroco —si creéis y si creéis en la suficiente medida como para asistir a misa—, eso de perdonar a nuestros deudores, que ya les ajustará Dios las cuentas, o que Buda les va a asegurar una próxima vida como perro abandonado en vacaciones, cerdo cebado o gusano, pese al optimismo, a la esperanza de que así sea, no existe la justicia divina. No es cierto que el tiempo nos ponga a todos en nuestro sitio, sólo nos envejece y, a veces, a los buenos peor que a los malos.
Por esto quiero ofreceros justicia poética. Y comenzaré rescatando un relato que ya deberíais haber leído en el que me atreví, por primera vez, a impartir justicia en este mundo cruel aliviando a siete individuos de la vileza que padecían. Se trata de Sacrificios.
Y ahora os invito a reclamar la muerte de esos malkarmáticos que os ha tocado padecer personalmente. Rellena el formulario y deja que les de el final atroz que tanto merecen:
Me llamo Felipe
Sé que la mayoría de vosotros me conocéis. Y vosotras. A lo mejor hasta me veíais desde la cabina telefónica que usabais los sábados para llamar a la emisora local de radio y dedicar una canción, probablemente infantil, de Enrique y Ana o Parchís, a vuestra mamá, que os quiere de verdad, sin entender que ella hubiera preferido algo de Diango, Roberto Carlos o Camilo Sesto. Es posible que desde esta cabina, digo, alcanzarais a ver Sigue leyendo
De flor en flor
No me voy a excusar con la historia de siempre. Aunque sea cierto que, sí, mi planeta perecía y nosotros teníamos que encontrar otro hogar y que, claro, nuestra forma de vida, esa que a vosotros os parecería parasitaria —os equivocáis de cabo a rabo, por cierto— no podía convivir con la vuestra y la vuestra no podía competir con la nuestra, etcétera. Todo esto, pese a ser verdad, no es más que la razón de que estemos aquí: yo del todo; yo siempre. Tú a medias, por poco tiempo. Sigue leyendo
Nuestros padres son leyenda
Gonzalo es supervisor. Por esta razón tiene dos monitores justo sobre sus ojos; en uno controla los valores de producción, las fechas de embarque, los pagos y distribuye nuevos pedidos conforme a su prioridad; en el otro la velocidad de comando de Adriana, su media de errata por hora y su factor de aprendizaje por error. No va bien; hace ya 104 horas que la han trasladado desde el departamento de reproducción. La reinserción en el Sigue leyendo




