Acerca del Amor, propio

Hola. Hacía ya un tempo que no me pasaba por aquí. Había considerado no volver a hacerlo. Pero Jaute es una pesada. Ni más ni menos que ha interrumpido mis castizo desayuno a base de churros para comentarme algo que ha leído hoy: un artículo que se titula El Quijote quiere ser tu amigo en Facebook, o algo por el estilo. No ha dejado de dar la brasa hasta que lo he leído y he prometido darle mi opinión al respecto que, por cierto, aquí viene.

No entiendo bien por qué mi opinión ha de ser más certera que la suya… En fin, el artículo va —espero que lo hayáis leído, que para eso se ha puesto ella tan pesada con que había que enlazarlo— sobre como algunos autores de ficción, da igual el medio —literatura, cine, televisión— crean perfiles en Facebook para promocionar su obra, algo así como el marketing, y de como esos personajes han terminado por parecerles reales a sus contactos que, esperemos, sí sean de carne y hueso.

Pero para mí, el artículo no va de eso, no va sobre el marketing ni sobre lo ingenioso de los autores de estos caracteres. Va sobre el amor —Amor, para que Jaute se quede a gusto—.

Hace muchos años, cuando salió la peli aquella de El Proyecto de la bruja de Blair, yo no estaba aquí, sino por esos mundos de Dios, intentando aprender un idioma extranjero. Al final parece que la única extranjera era yo… Pero me estoy desviando un pelín. A lo que iba: los productores de esa película lanzaron en ese país en el que yo vivía una campaña publicitaria que jugaba con la veracidad de los hechos que después nos contarían con todo lujo de detalles desde la gran pantalla. Fueron muy ingeniosos: por ejemplo, usaron los cartones de leche que, por aquellos lares, se usan para publicidad ajena a la marca, para poner fotos de los tres protagonistas dándolos por desaparecidos; algo parecido a esos carteles en las farolas del barrio con la foto de un perro o un gato monísimo que dicen “Me llamo Chucky y me he perdido. Soy de tal o cual raza, muy bueno y cariñoso. Si me encuentras llama a mi familia al número …”, pero con personas, con chavales, y en un tono mucho más oficial. ¿Os imagináis? El país entero sabía que se trataba de una campaña que encontraron, creo, simpática e ingeniosa. Yo no. Todos fueron al cine tan contentos. Yo no. Yo no porque yo no entendía bien el idioma y cuando emitieron varios documentales alrededor de la producción de la película, aunque los vi, no entendí nada de nada y, al verla, me quedé horrorizada de que de verdad existieran las brujas, de que esos chavales murieran, de que el único testamento que hubiera quedado de su vida fuera aquella cámara con aquella película dentro. Lo pasé muy mal. Para mí ellos eran reales, de carne y hueso, como yo, como Jaute, como tú.

Y me llamó aún más la atención el hecho de que, tan pronto me enteré de que era todo falsedad y engaño, pude hasta reírme y, lo que es peor, criticar la película por mala, por no dar detalles en realidad, por no mostrar sangre, por dejarme colgando con una última escena de una víctima contra la pared y una cámara que lo filmaba todo —prácticamente nada— desde el lugar en el que había caído.

Así que sólo siento empatía por la carne… Tampoco es cierto. Una vez que estuve de baja durante un mes o mes y medio y me vi obligada a guardar reposo, mis amigas me regalaron las tres temporadas que ya estaban a la venta en DVD de Perdidos. También de Anatomía de Grey, pero esa no me hizo tanta gracia. En fin, que me tragué todo lo que tenía de la serie y, por las noches, soñaba con Jack, Kate y Sawyer —con Locke no, que no me parecía trigo limpio—. Y me despertaba queriendo más de ellos. Y me preocupaban sus vicisitudes tanto como las mías propias. Luego leí en un blog, de los que tiene Jaute enlazados, una entrada, Mis amigos de la tele, que explica este fenómeno.

Eso sí, tan pronto terminé con las tres temporadas, me olvidé de Jack.

En cuanto a adorar un perfil de Facebook. Seamos sensatos y sinceros: ¿qué diferencia hay exactamente entre el enamoramiento de un perfil creado por un escritor y el perfil de una persona real a la que sólo se conoce a través de la red? Yo no la encuentro. Lo que sí encuentro a menudo son exaltaciones muy poco realistas en gran parte de estos perfiles: mujeres que aparecen en su foto de presentación en paños menores, como si ésa fuera su forma natural de darse a conocer al mundo; hombres cuya foto sólo muestra los abdominales que se compraron en el gimnasio, estoy segura, hace seis o siete años y que, es de esperar, ya no luzcan como solían cuando nuevos. Hay gente que no, que no posee un cuerpazo para lucir ante la cámara. Esos suelen ser hiperactivos, dan todo tipo de detalles acerca de lo duro que ha sido el día en el trabajo o lo odioso que es su jefe —qué privilegiados al contar ellos con estas experiencias, y qué originales al comentarlas—. Pero mis favoritas son las postadolescentes inseguras que escriben en su muro cosas como “he ido al fisio y me ha pedido que me desnude para hacerme un chequeo. Maldito pervertido”. ¿Qué querrán recordar al mundo sobre sí mismas?

Recuerdo a aquel mozo que me instaba a masturbarme frente a la webcam. Yo lo hacía, pese a que sabía que era un extraño, que jamás nos conoceríamos, que para mí jamás sería real. A pesar de todo, lo hacía, como una especie de acto amor, propio.

Con Alberto no llegué a follar,

hice el amor. Y ocurre de esta forma incluso para las agnósticas como yo.

Me he pasado toda mi vida adulta discutiendo con aquéllos que presentan el acto sexual con dos variantes: follar y hacer el amor. Tuve un amante que hablaba de una tercera práctica que él denominaba “hacerse una paja vaginal”. Supuestamente, y según sus argumentos, esta acción se da con pago previo, o sea, mediante prostitución. No, yo no lo veo así; y no lo veo así porque, para mí, el acto sexual siempre fue follar con amor y con total carencia de él. Nunca observé nada malo en que dos personas se procuren y disfruten de los placeres carnales sin que haya por medio un sentimiento romántico o de pertenencia o de vaya usted a saber qué sienten aquéllos afortunados que saben amar. Y tampoco veo mal que dos personas enamoradísimas abandonen esa actitud de serio compromiso, de “lo nuestro es para siempre”, y echen un buen polvo.

Pero por más que intenté follarme a Alberto aquella primera noche y todas las que vinieron después, el no me lo consintió y terminó por hacerme el amor, además, sin previo aviso. Nunca me habló de amor sino de afecto o cariño. Supo, de todos modos —estoy segura—, que esos “te quiero” que corretean por la almohada me parecen burbujas de jabón que explotan antes de rozarme si quiera.

Y, sin embargo, me abrazaba. No me sujetaba, me abrazaba. Y me besaba a hurtadillas tal que si esos besos hubieran podido lastimarnos a uno de los dos. Tal vez a ambos. Y de pronto me encotré susurrando su nombre y diciéndole que no hay nada que yo prefiera a estar con él y con él dentro de mí. Lo peor de todo es que fui absolutamente sincera. No, lo peor de todo es que sé que no me hizo el amor, sino que es ésta su forma de follar.

Me pregunto si hay diferencia o se trata sólo de una pequeña perversión de mi imaginación. Seguramente, tú me dirías que sólo depende de la calidad de mis sentimientos por la persona con la que comparto mi cuerpo. No te creas que no lo he pensado ya. Me lo dije: “Mariló, estás enamorada”. Pero recuerdo a aquel amante, el de la “paja vaginal” y su promesa, cierto día, de que esa vez íbamos a hacer el amor. Fue, definitivamente, más romántico, más delicado… Solicitó menos felaciones. Pero no recuerdo nada esencialmente distinto de nuestro acto sexual más frecuente.

Quizás Alberto sea como yo y no capte las sutilezas y yo me encontrase con él sorprendida por esta nueva experiencia después de demasiados amantes poco sensibles. Tal vez, él sólo estaba echando un polvo conmigo y se preguntase después por qué tenía esa sensación de que yo estaba haciendo con él algo más que follar.

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Los oficios de entretiempo

Las cajeras de Día% parecen despertar siempre la misma antipatía. Tal vez justificadamente; quizás sean todas unas antipáticas. En ese caso, yo lo fui una vez; antipática, o cajera de Día%, léase como se prefiera, antes de sacarme el título de peluquera.

Pero antes de que paséis a juzgarme, a juzgar, una vez más, a Mariló, permitidme que os cuente que los uniformes no sólo me vuelven loca, como a cualquier mujer —que lo niegue la más ilusa; que lo niegue Jaute—, sino que, además, me encanta llevarlos.

Cuando niña soñaba con ser una profesional uniformada: quería ser policía o bombero —no sé si debería escribir bombera en favor de la igualdad de sexos y todo eso en lo que yo ya, definitivamente, no creo; en cualquier caso, suena fatal—, pero no daba la talla; piloto de aerolíneas comerciales, pero soy miope. El uniforme verde azulado de los cirujanos me habría hecho feliz… Pero, ya os habréis dado cuenta, no valgo para estudiar.

En algún momento olvidé aquellas fantasías que ahora reconozco superficiales y escogí FP y la peluquería, pero antes de poder acabar, necesité trabajar, de lo que fuera, y terminé en un supermercado Día%, el mismo en el que había hecho la compra en alguna ocasión, o sea, cuando no me había quedado más remedio.

Recuerdo mis escrúpulos tratando de escoger una lata de macedonia de frutas que no estuviera cubierta de polvo, pringada de almíbar o del pegamento que debiera ir entre la lata y la etiqueta —nada de lujos innecesarios que terminan por encarecer el producto como una litografía, o un trapito del polvo—. No era la única cliente que detestaba serlo. Observaba en cada visita a aquel antro de leptospirosis que mujeres que acudían al mercado de abastos con abrigos de piel, llegaban aquí vestidas con el disfraz del proletariado: un chándal que, resultaba obvio, había sido comprado para el nene dos años antes de que el muy ingrato se atreviera a crecer por encima de mamá, papá y, desde luego, por fuera del chándal; las recurridas mallas negras que se mantenían sujetas al pie por un elástico que impedía que la pantorrilla quedara al aire al primer paso —estaban siempre llenas de pelotillas blanquecinas que delataban su origen: el mercadillo de los lunes—; los vaqueros que copiaban los diseños de los más caros y mejor vendidos y con un corte que no sentaba bien a ningún culo, porque, seamos honestos, la principal función de los vaqueros, hoy por hoy, es la de presentar el culo en sociedad con un inmejorable aspecto.

Pero nada podría resultar más rancio que la sonrisa deslucida, si existente, de la cajera de pelo grasiento y mal sujeto en una coleta por una goma más cansada que su propietaria. Siempre en los huesos, siempre con ojeras, siempre con dentadura de desnutrida o nutrida a medias. Podría adivinar su domicilio en la zona más desamparada de la ciudad, su vocabulario más pobre que su cuenta corriente, los amantes frecuentados serían, seguro, los más rápidos.

Me obligaba a pensar que todo esto era a causa de ser cajera de Día%, porque la idea de que se debiera tan sólo a la vida se asemejaba en mi boca a un trozo de ese cordero asado, reseco, sobrante del día anterior, que se me olvida masticar y que, finalmente, he de humedecer con un trago de emergencia para obligarlo a pasar sin atragantarme.

Pero allí fue donde acabé.

Con un uniforme rojo, con la camisa roja y roja la falda.

La falda, además, por algún motivo que no logré averiguar por más que indagué, era, invariablemente, tres tallas, hasta cuatro en los casos más desafortunados, demasiado grande.

La jodida cosa se escurría caderas abajo formando bolsas a la altura del vientre y arrugas a la altura del culo. Lograba en mí, pese a mis favorecedoras curvas, ese aspecto de anoréxica, consumida por la vida, o viviendo una vida consumida ya. Me hacía sentir capaz de solicitar empleo en Zara, bien como maniquí, bien como asistenta que, en cuestión de presencia física vienen a ser la misma cosa —llegué a hacerlo, pero esa historia queda para otro día—. Y un día, tras vestirme, mientras me peinaba lamentándome por no haber tenido tiempo para lavarme pelo, sorprendida por esta desgana repentina, me hice una coleta deprisa y corriendo que dejaba tantos cabellos fuera como dentro de una goma cualquiera, la única que tenía a mano, algo desgastada ya por el uso, y calculando mis posibilidades de romance con el único cliente varón atractivo que visitaba el supermercado de tres al cuarto en el que yo me ganaba el pan y poco más, que poseía ese aire de delincuente de barrio bajo perezoso para el condón.

Todo esto me puso de muy mala hostia. Y, claro, no pude sonreír en todo el día.

Cosas de la dieta

Hola. Me llamo Mariló.

No tengo mucha idea de cómo hacer esto, la verdad. Así que lo mejor es que comience por el principio y os dé todos los detalles.

Para empezar, yo no estoy escribiendo esto. Jaute lo hace por mí. Mejor dicho, yo lo hago por ella. Le cuento mi vida, le doy detalles que ella calificó el otro día de sórdidos. Y aún así me convenció… Soy peluquera, acabo de cumplir los 34, no estoy casada ni lo he estado nunca, pero ya estoy harta de los hombres. Eso sí, me los tiro igualmente —Jaute me ha dado permiso para usar el lenguaje que más cómodo me resulte; espero que antes de escribir nada le dé un repasito. Seguro que no. Va la tía de escritora por la vida y no sabe ni pasar a limpio—.

Bueno, ahora que ya he hecho un resumen, o una introducción como dice ella, paso a dar los detalles esos —mira que es morbosa la tía— y, como no me van a caber todos en la grabadora que me ha dejado —no es más que un móvil viejo que ya no usa con grabador de notas. Qué cutre— lo que voy a hacer hoy es contar una de las cosas que me ocurrieron con un tío del norte que conocí el año pasado.

El chico se llamaba […] pero aquí le vamos a cambiar el nombre no vaya a ser que lo lea él y me lleve a juicio, que está eso muy de moda —Jaute, no sé que nombre darle… Bueno, sí, que se llame Patxi, ¿no?, como el de los chistes de vascos— Entonces, ya lo tenemos todo. Allá voy.

Vivo en un pueblo pequeño, en los alrededores de Madrid. La vida se presenta aburrida y monótona para los seres que realizan todas sus funciones orgánicas e intelectuales sin necesidad de coger el coche. Es una ciudad dormitorio en la que algunos dormimos 24 horas al día, 7 días a la semana, como el mejor servicio de atención al cliente.

A veces, alguien menos obcecado en su rutina, como yo misma, se divierte, vive y, entonces sí, sueña cuando de verdad duerme. Pero eso tampoco es bueno. Dicen.

Cometí un error, seguro que muchos pero éste fue clave, hace algún tiempo: me enamoré de un hombre casado que afirmaba sentir lo mismo por mí. Él intentó dejar a su mujer para venir a vivir conmigo pero las cosas se torcieron. Ella no le odió por la traición, aunque debió de odiarle con todo el resquemor que siete años de hipoteca y el dolor de dos partos traen consigo, y se limitó al uso del chantaje emocional en la defensa de su matrimonio. Se fueron y yo me quedé sola porque ningún te quiero suena tan amenazante como el llanto de los hijos y de la mujer a la que uno se promete para toda la vida.

Me quedé sola, digo, y, además, puta. Todos en el pueblo sabían qué había hecho yo. Pero, me sorprende aún, lo sabían de una forma distinta. Yo sabía que me había enamorado, para siempre. Ellos sabían que me había liado con el hombre de otra. Será una de esas características por las que se reconoce la verdad relativa.

A su marcha yo quedé de recurso contra el hastío de los hombres del pueblo. Es lo que se llama una reputación. Me enrollé con un par de ellos. Ellos buscaban sexo, sentir mis pechos a punto de reventar contra sus torsos, mis manos rebuscando con codicia en sus braguetas, mi boca llena de ellos. Yo no; sólo le buscaba a él. Y, al no encontrarle allí y al saber que no lo haría nunca, que la suerte no da dos veces el mismo paso, pese a que me lo pasé bien sometida a mi papel de facilona, de cachonda, decidí buscar en otro sitio o no buscar en absoluto.

Terminé encerrándome en casa. Me leí todos los libros que tenía, novelas románticas con finales poco variados entre la felicidad y el charco que dejan los aguaceros a los pies del amor no requerido. Me masturbaba con las escenas de sexo americano que repiten en la tele hasta la saciedad, sin saciarme. Y, claro, terminé por considerar las redes sociales como una ventana a otras vidas. Así conocí a Jaute, a través de un contacto de los muchos que hice que me recomendó su blog, y así conocí a Patxi.

Patxi dejó un comentario al lado de mi foto en una de las aplicaciones a las que yo estaba inscrita y que todos afirmamos usar para conocer gente nueva, sólo eso, pero en las que sólo mostramos interés por las novedades entre el sexo opuesto. El comentario de Patxi, pese a referirse a mi físico —qué otra cosa se puede adivinar sobre el objeto de una fotografía— no resultaba soez sino delicado. Me pareció encantador y sentí, lo reconozco, ese cosquilleo que produce el deseo por obtener más. Él me sorprendió al no ir directo al grano como todos los anteriores y yo, de pronto, sentí prisa por acelerar el diálogo que comenzó en este punto y continuó por correo electrónico, chats y demás avances tecnológicos que yo uso tan torpemente.

Nuestros nombres se convirtieron en apelativos cariñosos y entonces él me ofreció la gran exclusiva:

—Voy a poner la webcam en marcha. Acepta la conexión. Quiero que veas lo gorda que se me pone la polla cuando hablo contigo.

La polla de Patxi era, efectivamente, gorda. Pero yo no pensé en eso. Pensé en que era una pena que la banda elástica del calzoncillo, que también quedaba dentro del encuadre, permitiera salir aquel vello púbico tan tieso, pegado a la polla, y que daba a la escena, en general, un aspecto tan dejado. Al mismo tiempo supe que podría enamorarme de él, e, igualmente, que esta posibilidad tenía más relación con mi instinto maternal que con un deseo ardiente, con el doblegamiento que la pasión ha suscitado siempre en mi cuerpo.

Patxi estaba en el paro desde hacía un par de años y vivía con sus padres, ya jubilados. No quería aceptar cualquier trabajo. Deseaba un trabajo digno, bien pagado y, a ser posible, dentro de lo suyo. Se consideraba un artista y diseñaba carteles publicitarios que nadie le pagaba porque, aunque él pareciera no darse cuenta, sólo tenía clientes en personas que no podían permitirse un diseñador profesional. Yo le entendía y le despreciaba a partes iguales y cuando hablábamos de todo esto, mientras me mostraba tan comprensiva como podía, acudían a mi mente los tiempos en los que comencé a montar mi humilde negocio, mi saloncito de peluquería y me veía obligada a competir con aquella chica en el pueblo que, sin haber ido nunca a una academia, era lo suficientemente mañosa para arreglar las melenas de sus conocidas, y sus precios a la medida de la voluntad de la clientela.

También se consideraba un filósofo:

—¿Qué es ser un filósofo exactamente? ¿Quieres decir que te planteas el significado de la vida y todo eso?

—Sí, más o menos. Pero a más alto nivel de lo que la gente lo hace normalmente. Por ejemplo, yo escribo aforismos.

—Me gustaría conocer uno de tus aforismos.

—Pues a ver que te parece éste: Aquel que no sepa cuál es el siguiente paso en la evolución es que no vive en este planeta.

Claro que no le dije que eso no era un aforismo, que no estaba diciendo nada, que se trataba sólo de una bravuconada, una imposición de su muy personal opinión que dictaba que él sabía más y mejor sin dar pistas si quiera acerca de qué era eso que él sabía. Pero cómo iba a decírselo; bastante tenía con estar en el paro y no cobrar un duro por sus diseños.

Pero era muy cariñoso y entre las ganas que tenía de meterme la polla y correrse en mi boca también mencionaba abrazos, paseos cogidos de la mano y besos en mis párpados que yo no ansié nunca hasta que él los propuso y cuyas fantasías llegaron a superar las caricias de aquel hombre prohibido que me creía incapaz de olvidar.

Por todo lo anterior me decidí a viajar al norte y verle, tocarle y darle ocasión de que hiciera conmigo todo lo que prometió al teléfono y en los chats. Correría con los gastos de alojamiento gustosa entendiendo que cualquier dinero con el que él participara habría salido de las pensiones de sus padres. Busqué un puente en el calendario, un hotel, un tren y le hice saber a qué hora debía esperarme.

Lo que yo sabía de él a través de sí mismo, de las pocas fotos suyas que vi —con la webcam jamás enfocó más que su zona genital— y de lo que interpreté por sus comentarios era muy poco: rubiales y próximo ya al sufrimiento de la calvicie, ojos verdes, muy, muy alto, deportista cuya madre intentaba sobrealimentar para espantar la delgadez excesiva, fumador pero no bebedor, buen amante, observador habitual de cine pornográfico y usuario, al menos la noche del viernes en que nos encontraríamos por primera vez, de vaqueros y chupa negra.

Lo que él sabía de mí, por el mismo tipo de fuentes: castaña clara con media melena, bajita, curvilínea y, seguramente, con tres kilos de más, ojos oscuros, descarada, marchosa hasta en el caminar y, también yo aquella noche, vestida con vaqueros y una cazadora negra.

Al llegar llovía y corrí a refugiarme dentro de la estación buscando la cafetería en la que habíamos quedado en encontrarnos. Él no estaba allí y di mil vueltas, o eso me pareció, buscando al hombre que me había prometido un morreo nada más reconocerme. Fui consciente de que probablemente él estuviera escondido en algún punto desde el que pudiera observarme sin ser visto, decidiendo sí merecía mi aspecto físico las atenciones que propuso en la distancia. No me importó. Me paseé contoneándome, asegurándome de que él pudiera apreciar mis proporciones que tanto me enorgullecen. Patxi debió encontrarme deseable después de todo, pues noté de pronto que aquel hombre que vestía de marrón desde la gorra hasta los zapatos, se dirigía hacia mí y coincidía, además, todo menos su atuendo, con lo que yo recordaba de él. Y me besó. No estuvo mal.

—¿Te ha gustado la broma? No he podido resistirme a mentir acerca de lo que llevaría puesto. Y tengo otra sorpresa…— dijo al tiempo que se levantaba la gorra y descubría una calva bien formada, bien definida, indiscutible, que abarcaba desde sus sienes hasta su coronilla.

—Ya… Y tampoco eres delgado.

—Ni tú tan bajita.

—Sí lo soy, lo que pasa es que tú no eres tan alto como asegurabas.

—Bueno, vale… ¿Nos vamos al hotel a que te la meta ya o qué?

En el hotel me metió una polla cuyas dimensiones me ayudaron a entender que sí es cierto que la cámara engorda. No importa. El sexo se le daba bien aunque lo hicimos sólo tres veces en cuatro días que me dejaron algo desencantada después de que él hubiera asegurado que se masturbaba aproximadamente ocho veces al día, siempre pensando en mí, y eyaculaba cada una de ellas.

Se negó en todo momento a usar preservativo y yo que sólo estaba protegida en lo que a la procreación se refiere, crucé los dedos deseando que aquel mentiroso entrado en carnes y acomodado en calvicie y desempleo, estuviera de verdad limitado al cibersexo, como me había dado a entender, porque ésta comenzaba a ser ya la única afirmación creíble en todos sus discursos. Porque yo tenía ganas de follar con alguien que me tratara bien…

—¡Cómo te mueves, puta!

… No literalmente.

Las tres noches de hotel, las consumiciones del minibar —agua y frutos secos en su mayoría— que Patxi no dudó en recitar con fidelidad en recepción y una pizza que pedimos al local más cercano y que nos sirvieron compuesta de ingredientes distintos a los que solicitamos sumaron la redonda cantidad de 299.00 euros. La factura se emitió a su nombre porque debieron comprender que un tío tan macho se hace cargo de este tipo de cosas. Mi indignación no conocía límites y así se lo hice saber al encargado mientras él pasaba mi tarjeta de crédito por la máquina para consumar la realidad de mi última aventura sexual.

—¿Quién hizo la reserva? ¿A nombre de quién? ¿Quién es el titular de la tarjeta con la que se reservó? ¿Con quién os pusisteis en contacto para confirmar la reserva? ¿Quién te pide la factura? ¿Quién te la paga? Yo, yo, yo, yo, yo, yo. Machistas asquerosos…

—Señora, por favor, no se moleste, ha sido sin intención. Es lo habitual en estos casos pero ahora mismo emito una nueva a su nombre…

—Ni falta que hace—.

—Qué bien. Entonces, Mariló, ¿me la puedo quedar? Quiero gastarle una broma a mi madre. Que se piense que la he pagado yo, ya sabes… Seguro que se parte de risa.

—Seguro que sí.