Hola. Me llamo Mariló.
No tengo mucha idea de cómo hacer esto, la verdad. Así que lo mejor es que comience por el principio y os dé todos los detalles.
Para empezar, yo no estoy escribiendo esto. Jaute lo hace por mí. Mejor dicho, yo lo hago por ella. Le cuento mi vida, le doy detalles que ella calificó el otro día de sórdidos. Y aún así me convenció… Soy peluquera, acabo de cumplir los 34, no estoy casada ni lo he estado nunca, pero ya estoy harta de los hombres. Eso sí, me los tiro igualmente —Jaute me ha dado permiso para usar el lenguaje que más cómodo me resulte; espero que antes de escribir nada le dé un repasito. Seguro que no. Va la tía de escritora por la vida y no sabe ni pasar a limpio—.
Bueno, ahora que ya he hecho un resumen, o una introducción como dice ella, paso a dar los detalles esos —mira que es morbosa la tía— y, como no me van a caber todos en la grabadora que me ha dejado —no es más que un móvil viejo que ya no usa con grabador de notas. Qué cutre— lo que voy a hacer hoy es contar una de las cosas que me ocurrieron con un tío del norte que conocí el año pasado.
El chico se llamaba […] pero aquí le vamos a cambiar el nombre no vaya a ser que lo lea él y me lleve a juicio, que está eso muy de moda —Jaute, no sé que nombre darle… Bueno, sí, que se llame Patxi, ¿no?, como el de los chistes de vascos— Entonces, ya lo tenemos todo. Allá voy.
Vivo en un pueblo pequeño, en los alrededores de Madrid. La vida se presenta aburrida y monótona para los seres que realizan todas sus funciones orgánicas e intelectuales sin necesidad de coger el coche. Es una ciudad dormitorio en la que algunos dormimos 24 horas al día, 7 días a la semana, como el mejor servicio de atención al cliente.
A veces, alguien menos obcecado en su rutina, como yo misma, se divierte, vive y, entonces sí, sueña cuando de verdad duerme. Pero eso tampoco es bueno. Dicen.
Cometí un error, seguro que muchos pero éste fue clave, hace algún tiempo: me enamoré de un hombre casado que afirmaba sentir lo mismo por mí. Él intentó dejar a su mujer para venir a vivir conmigo pero las cosas se torcieron. Ella no le odió por la traición, aunque debió de odiarle con todo el resquemor que siete años de hipoteca y el dolor de dos partos traen consigo, y se limitó al uso del chantaje emocional en la defensa de su matrimonio. Se fueron y yo me quedé sola porque ningún te quiero suena tan amenazante como el llanto de los hijos y de la mujer a la que uno se promete para toda la vida.
Me quedé sola, digo, y, además, puta. Todos en el pueblo sabían qué había hecho yo. Pero, me sorprende aún, lo sabían de una forma distinta. Yo sabía que me había enamorado, para siempre. Ellos sabían que me había liado con el hombre de otra. Será una de esas características por las que se reconoce la verdad relativa.
A su marcha yo quedé de recurso contra el hastío de los hombres del pueblo. Es lo que se llama una reputación. Me enrollé con un par de ellos. Ellos buscaban sexo, sentir mis pechos a punto de reventar contra sus torsos, mis manos rebuscando con codicia en sus braguetas, mi boca llena de ellos. Yo no; sólo le buscaba a él. Y, al no encontrarle allí y al saber que no lo haría nunca, que la suerte no da dos veces el mismo paso, pese a que me lo pasé bien sometida a mi papel de facilona, de cachonda, decidí buscar en otro sitio o no buscar en absoluto.
Terminé encerrándome en casa. Me leí todos los libros que tenía, novelas románticas con finales poco variados entre la felicidad y el charco que dejan los aguaceros a los pies del amor no requerido. Me masturbaba con las escenas de sexo americano que repiten en la tele hasta la saciedad, sin saciarme. Y, claro, terminé por considerar las redes sociales como una ventana a otras vidas. Así conocí a Jaute, a través de un contacto de los muchos que hice que me recomendó su blog, y así conocí a Patxi.
Patxi dejó un comentario al lado de mi foto en una de las aplicaciones a las que yo estaba inscrita y que todos afirmamos usar para conocer gente nueva, sólo eso, pero en las que sólo mostramos interés por las novedades entre el sexo opuesto. El comentario de Patxi, pese a referirse a mi físico —qué otra cosa se puede adivinar sobre el objeto de una fotografía— no resultaba soez sino delicado. Me pareció encantador y sentí, lo reconozco, ese cosquilleo que produce el deseo por obtener más. Él me sorprendió al no ir directo al grano como todos los anteriores y yo, de pronto, sentí prisa por acelerar el diálogo que comenzó en este punto y continuó por correo electrónico, chats y demás avances tecnológicos que yo uso tan torpemente.
Nuestros nombres se convirtieron en apelativos cariñosos y entonces él me ofreció la gran exclusiva:
—Voy a poner la webcam en marcha. Acepta la conexión. Quiero que veas lo gorda que se me pone la polla cuando hablo contigo.
La polla de Patxi era, efectivamente, gorda. Pero yo no pensé en eso. Pensé en que era una pena que la banda elástica del calzoncillo, que también quedaba dentro del encuadre, permitiera salir aquel vello púbico tan tieso, pegado a la polla, y que daba a la escena, en general, un aspecto tan dejado. Al mismo tiempo supe que podría enamorarme de él, e, igualmente, que esta posibilidad tenía más relación con mi instinto maternal que con un deseo ardiente, con el doblegamiento que la pasión ha suscitado siempre en mi cuerpo.
Patxi estaba en el paro desde hacía un par de años y vivía con sus padres, ya jubilados. No quería aceptar cualquier trabajo. Deseaba un trabajo digno, bien pagado y, a ser posible, dentro de lo suyo. Se consideraba un artista y diseñaba carteles publicitarios que nadie le pagaba porque, aunque él pareciera no darse cuenta, sólo tenía clientes en personas que no podían permitirse un diseñador profesional. Yo le entendía y le despreciaba a partes iguales y cuando hablábamos de todo esto, mientras me mostraba tan comprensiva como podía, acudían a mi mente los tiempos en los que comencé a montar mi humilde negocio, mi saloncito de peluquería y me veía obligada a competir con aquella chica en el pueblo que, sin haber ido nunca a una academia, era lo suficientemente mañosa para arreglar las melenas de sus conocidas, y sus precios a la medida de la voluntad de la clientela.
También se consideraba un filósofo:
—¿Qué es ser un filósofo exactamente? ¿Quieres decir que te planteas el significado de la vida y todo eso?
—Sí, más o menos. Pero a más alto nivel de lo que la gente lo hace normalmente. Por ejemplo, yo escribo aforismos.
—Me gustaría conocer uno de tus aforismos.
—Pues a ver que te parece éste: Aquel que no sepa cuál es el siguiente paso en la evolución es que no vive en este planeta.
Claro que no le dije que eso no era un aforismo, que no estaba diciendo nada, que se trataba sólo de una bravuconada, una imposición de su muy personal opinión que dictaba que él sabía más y mejor sin dar pistas si quiera acerca de qué era eso que él sabía. Pero cómo iba a decírselo; bastante tenía con estar en el paro y no cobrar un duro por sus diseños.
Pero era muy cariñoso y entre las ganas que tenía de meterme la polla y correrse en mi boca también mencionaba abrazos, paseos cogidos de la mano y besos en mis párpados que yo no ansié nunca hasta que él los propuso y cuyas fantasías llegaron a superar las caricias de aquel hombre prohibido que me creía incapaz de olvidar.
Por todo lo anterior me decidí a viajar al norte y verle, tocarle y darle ocasión de que hiciera conmigo todo lo que prometió al teléfono y en los chats. Correría con los gastos de alojamiento gustosa entendiendo que cualquier dinero con el que él participara habría salido de las pensiones de sus padres. Busqué un puente en el calendario, un hotel, un tren y le hice saber a qué hora debía esperarme.
Lo que yo sabía de él a través de sí mismo, de las pocas fotos suyas que vi —con la webcam jamás enfocó más que su zona genital— y de lo que interpreté por sus comentarios era muy poco: rubiales y próximo ya al sufrimiento de la calvicie, ojos verdes, muy, muy alto, deportista cuya madre intentaba sobrealimentar para espantar la delgadez excesiva, fumador pero no bebedor, buen amante, observador habitual de cine pornográfico y usuario, al menos la noche del viernes en que nos encontraríamos por primera vez, de vaqueros y chupa negra.
Lo que él sabía de mí, por el mismo tipo de fuentes: castaña clara con media melena, bajita, curvilínea y, seguramente, con tres kilos de más, ojos oscuros, descarada, marchosa hasta en el caminar y, también yo aquella noche, vestida con vaqueros y una cazadora negra.
Al llegar llovía y corrí a refugiarme dentro de la estación buscando la cafetería en la que habíamos quedado en encontrarnos. Él no estaba allí y di mil vueltas, o eso me pareció, buscando al hombre que me había prometido un morreo nada más reconocerme. Fui consciente de que probablemente él estuviera escondido en algún punto desde el que pudiera observarme sin ser visto, decidiendo sí merecía mi aspecto físico las atenciones que propuso en la distancia. No me importó. Me paseé contoneándome, asegurándome de que él pudiera apreciar mis proporciones que tanto me enorgullecen. Patxi debió encontrarme deseable después de todo, pues noté de pronto que aquel hombre que vestía de marrón desde la gorra hasta los zapatos, se dirigía hacia mí y coincidía, además, todo menos su atuendo, con lo que yo recordaba de él. Y me besó. No estuvo mal.
—¿Te ha gustado la broma? No he podido resistirme a mentir acerca de lo que llevaría puesto. Y tengo otra sorpresa…— dijo al tiempo que se levantaba la gorra y descubría una calva bien formada, bien definida, indiscutible, que abarcaba desde sus sienes hasta su coronilla.
—Ya… Y tampoco eres delgado.
—Ni tú tan bajita.
—Sí lo soy, lo que pasa es que tú no eres tan alto como asegurabas.
—Bueno, vale… ¿Nos vamos al hotel a que te la meta ya o qué?
En el hotel me metió una polla cuyas dimensiones me ayudaron a entender que sí es cierto que la cámara engorda. No importa. El sexo se le daba bien aunque lo hicimos sólo tres veces en cuatro días que me dejaron algo desencantada después de que él hubiera asegurado que se masturbaba aproximadamente ocho veces al día, siempre pensando en mí, y eyaculaba cada una de ellas.
Se negó en todo momento a usar preservativo y yo que sólo estaba protegida en lo que a la procreación se refiere, crucé los dedos deseando que aquel mentiroso entrado en carnes y acomodado en calvicie y desempleo, estuviera de verdad limitado al cibersexo, como me había dado a entender, porque ésta comenzaba a ser ya la única afirmación creíble en todos sus discursos. Porque yo tenía ganas de follar con alguien que me tratara bien…
—¡Cómo te mueves, puta!
… No literalmente.
Las tres noches de hotel, las consumiciones del minibar —agua y frutos secos en su mayoría— que Patxi no dudó en recitar con fidelidad en recepción y una pizza que pedimos al local más cercano y que nos sirvieron compuesta de ingredientes distintos a los que solicitamos sumaron la redonda cantidad de 299.00 euros. La factura se emitió a su nombre porque debieron comprender que un tío tan macho se hace cargo de este tipo de cosas. Mi indignación no conocía límites y así se lo hice saber al encargado mientras él pasaba mi tarjeta de crédito por la máquina para consumar la realidad de mi última aventura sexual.
—¿Quién hizo la reserva? ¿A nombre de quién? ¿Quién es el titular de la tarjeta con la que se reservó? ¿Con quién os pusisteis en contacto para confirmar la reserva? ¿Quién te pide la factura? ¿Quién te la paga? Yo, yo, yo, yo, yo, yo. Machistas asquerosos…
—Señora, por favor, no se moleste, ha sido sin intención. Es lo habitual en estos casos pero ahora mismo emito una nueva a su nombre…
—Ni falta que hace—.
—Qué bien. Entonces, Mariló, ¿me la puedo quedar? Quiero gastarle una broma a mi madre. Que se piense que la he pagado yo, ya sabes… Seguro que se parte de risa.
—Seguro que sí.