Dos besos de bienvenida

Parece que se acaba de hacer oficial, aunque llevo ya dos meses como española repatriada en activo. Pero es hoy cuando me he dado cuenta de que las calles por las que camino son las calles de la tierra que contuvo casi toda mi vida y mi corazón entero. No sé por qué he esperado tanto para saberlo, que estaba en casa, aunque lo importante ahora es que por fin me lo han dicho.

Me lo ha dicho un hombre que se ha parado frente a mí cuando cruzaba el parque O’Donnell. Le he visto mirándome desde lejos y yo le he mirado a él: alto, moreno, fuerte. Hay una parte de mi cerebro que no siente estímulo alguno por lo percibido mediante la vista; es la parte que gobierna la temperatura de mi sangre, así que, aunque agradable a mis ojos, se ha quedado el pobre en el umbral de mis preferencias. Eso hasta que, llegado a mi altura, se ha parado en seco. Me ha mirado entonces a la vez que me sonreía como si yo hubiera hecho alguna cosa graciosa en honor a su atención. Después se ha agachado un poco hasta que su mejilla ha quedado a la altura de la mía. Sí: me ha plantado dos besos, de esos tan sonoros que arrastran eco. También ha aprovechado para cogerme por la cintura, tirando de mí, creo que para abrazarme. Por supuesto, he recuperado algo de distancia para mirarle mientras escuchaba atónita su saludo: “Hola. Por fin has llegado. ¿Qué tal va todo?”

Busco su cara en el álbum de recortes que llevo dentro de la cabeza y que rara vez me falla, pero no consigo ver ni su foto ni su nombre. Me pregunto quién es este hombre y de qué nos conocemos. No puedo ocultar mi ignorancia y aunque no quiero darle pesar admitiendo mi olvido le digo: “lo siento, no sé quién eres”. Él sólo contesta: “¿No? Seguro que no nos conocemos entonces. Pero me alegra haberte visto”. Se va. Yo me quedo donde estoy un segundo más. Me giro para mirar otra vez a ese extraño que ahora también se gira y vuelve a sonreírme, diciendo adiós con su mano.

Cuando se lo cuento todo a ese amigo que me esperaba a pocos metros, él me pregunta si le he pedido su número de teléfono. No. Si le he dado el mío. Tampoco y además no lo ha pedido. Mi amigo resopla y mueve la cabeza. No entiende mi cautela. Aquí no es necesaria, me dice.

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