El encuentro (dice ella)

Me encontré con David, al final, sin dificultad. Llegué con algunos minutos de retraso al punto de encuentro y casi esperaba que él estuviese más echado a la calle, buscándome entre los viandantes que tomaban su dirección; pero no. Yo pasé por delante de él sin verle y él, creo, tampoco me vio a mí. Entonces me giré, algunas personas acertaron a moverse a la vez y en el mismo sentido, como si nos dispusiésemos todos en un corro de baile absurdo, preparados para el cambio de pareja, y le vi allí: igual de David que siempre y totalmente distinto de mi David.

Le había dado yo tantas vueltas en mi cabeza a los dos besos, al abrazo, a las sonrisas y a las palabras especiales para los reencuentros postergados, que el viaje se había estirado hasta parecerme que cuando por fin saliese de las grutas del metro y alcanzara a ver el cielo de Madrid alguien me detendría con la entonación monótona, propia de los hombres grises, inquiriendo: “¿Pasaporte?”.

Pero una vez que reconocí, a medias, a mi David, ignorando con desdén al David de todos los demás, me encontré arrastrada por mis pies y por mi estómago donde, si no nacen, viven los sentimientos que otros lucen sin decoro a flor a piel. Me llevaron, pues, mis partes físicas a colarme en el hueco generoso entre sus brazos que él ya preparaba para mí desde que reconoció a una de nosotras dos: la suya o la de todos. Y así fue como, escondiéndome en su abrazo, refugiándome de diez años sin él, se me olvidó darle un beso y suplicarle, desde mi mejilla, que me besara. O, tal vez, él escapó.

Porque casi todo mi cuerpo se sentía confundido, buscando su contacto, mientras yo se lo negaba, mi boca, siempre mejor entrenada, tomó el relevo intentando distraer a David, contándole un sinfín de sinsentidos, digo yo que con la esperanza de que el atontamiento auditivo permitiría a mi mano alcanzar su bolsillo para encontrar la suya, que yacía allí, protegida del frío y de mi lascivia. Si esta táctica parlanchina, ideada sobre la marcha, sin sopesar, es o no eficaz quedó por verse: a mi mano le entró la vergüenza de saberse codiciosa, encontró un cigarrillo que pasaba por allí y se marcharon a jugar un rato, “Cinco minutos sólo”, me dijo la muy desleal.

Le seguí más que acompañarle por las calles pues, aunque caminábamos a la par, yo carecía de sentido y voluntad para otra cosa que no fuera, sencillamente, estar a su lado, al lado desde el que David sabe escuchar y, así, absorta contemplando el milagro de que nuestros pies pudiesen por fin compartir la acera, con nuestra conversación de fondo, como si fuese hablada por otros, llegué a una cervecería donde, por primera vez esa noche, le miré de verdad o, por lo menos, donde le vi pese a la mala iluminación, porque mi imaginación coloreaba las sombras de su cara y no con fantasías sino con los recuerdos que me alimentaron en el pasado, cuando me encontré sola. Fue en la bocatería donde el pidió por mí como si me conociera desde hacía mucho tiempo y como si estuviese acostumbrado a coincidir conmigo, pidiendo dos de la misma clase, uno para él y otro para mí, y casi borrando de mi memoria con su naturalidad, cómo habíamos seleccionado y acordado ya el menú para ambos unos minutos antes. Durante la cena, teniendo el estómago ocupado y los sentimientos embotados, conseguí despertarme del todo para ver y oír a David que me miraba y escuchaba a su vez, como si los dos estuviésemos allí de verdad, como si no hubiese misterio en nuestro encuentro. O como si la distancia entre los dos estuviese bien medida, como si nunca hubiese sido más corta.

Unas horas después, y algunas copas, llegamos a la habitación de un hostal con una cama que, aunque alquilada como doble (“de matrimonio” me había dicho Manuela, aunque yo jamás habría podido repetírselo a él sin que mi temperatura corporal subiese, o bajase, quince grados), presentaba unas dimensiones adecuadas sólo para parejas por debajo de la edad consensual. Por eso le miré con insistencia, buscando en sus ojos mis propios pensamientos, pero no pude encontrar nada.

Con la resignación de quienes nos sentimos rechazados sin remedio, decidí salvar todo lo que pudiera de mi atuendo y, con éste, los trapillos de mi dignidad y me metí en la cama, que permanecería fría hasta su llegada, con algo de ropa interior y esa capa multiuso tan apañada para las ocasiones del “no pido nada porque no lo necesito”.

Cuando por fin se reunió conmigo, tanto su desnudez como su proximidad trajeron esa manta de calor imposible de encontrar en ningún armario. Me consumía no poder tomar su mano, sujetarla en el punto de mi cuerpo donde había tenido a bien depositarla e incluso invitarle a divagar un poco más en el gesto, como habría hecho él tiempo atrás sin esperar consentimiento por saberlo otorgado. Creo que se debió a mi miedo por su propio desconcierto: él, tan empeñado en portarse bien esa noche… Y yo tan empeñada en que no pudiese reprocharme la forma en que me siento cuando está cerca.

Me dormí pensado que quizá yo despertaría en mitad de la noche siendo otra y le despertaría a él. O que él despertaría con la esperanza de que, de verdad, fuese yo.

La mañana siguiente llegó llena de pesadumbre para mí. No sé como amaneció él. Me atreví a observarle, a analizarle, a intentar adivinar, pero no me atreví a preguntarle y, después del desayuno, David volvió a escaparse, después de un abrazo y antes de que yo tuviese tiempo de besarle o exigirle un beso.

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