Cultura de supermercado

Hace muchos años ya, alrededor de quince, intentaba convencer a mi amiga Raquel para que fuéramos a tomar un café “especial” la tarde de ese mismo día. Era domingo y no podía haber a esa altura de la semana, ni a ninguna otra, un plan mejor para las seis de la tarde. Por eso me sorprendió mucho su respuesta: Este domingo se lo dedico a mi familia. Mi menú incluía lo más exquisito en cuestión de cafés:

  • Primer plato: Ir a La Galería, donde podríamos disfrutar de los cuadros de artistas noveles, expuestos con extremo cuidado, atendiendo el orden tanto a estilos como a colores: una fiesta para cualquier par de ojos sanos y una auténtica bacanal para quien comenzaba a jugar con pinceles, como era mi caso.
  • Segundo: Estar sentadas entre gente que se consideraba tan sensible al arte y otras delicadezas del espíritu que se empeñaban en no traicionar su imagen de personas finas, manteniendo, en todo momento, un tono de voz moderado.
  • Él café: Arábigo con Grand Marnier, esencia de azahar y helado de vainilla con virutas de chocolate para mí, por favor.
  • El postre: Javi, el camarero. Loquita me tenía… Me traía aquellas galletitas de canela fingiendo que debía esconderlas para no despertar la envidia de los demás clientes; Toma, para que digas “sí” cuando yo te pida lo que más quiero, me decía guiñando uno de sus ojos color miel, que me endulzaban el café y la tarde de una sola cucharada. Las galletitas nunca las comí porque no me gustan y las metía en el bolso, para no herirle, en cuanto le veía atento a otra mesa.

Raquel me contó el plan de la familia, mucho más divertido: irían a un centro comercial (La Vaguada, si no recuerdo mal) y pasarían el día allí, comiendo en hamburgueserías, mirando escaparates, comprando si una buena oportunidad se presentaba…

Pasé un tiempo preguntándome qué clase de afectos faltaban en mi familia; a nosotros no nos llevaban al centro comercial. Veamos, ¿qué hacíamos nosotros? Yo tenía permiso para hacer novillos los miércoles por la tarde y escaparme al cine, a dos manzanas de distancia. Si la peli era del gusto de todos hasta encontraba el coche de mi padre a la salida del instituto porque nos llevaba a toda la familia. Esto no ocurría muy a menudo porque no se trataba de los multicines de un centro comercial, con veinte salas y treinta películas distintas donde siempre se puede encontrar una para todos los públicos. Nos llevaban de acampada, al monte, al lago. Mi padre nos dejaba escaparnos con su Zodiac, no muy lejos… Donde yo os vea; valiente escapada. Viajes en moto y en coche a lugares distantes pero cercanos donde podíamos hacer nuestras fotos que luego revelaríamos juntos en el laboratorio que habíamos montado en casa. Con mi madre daba paseos por la tarde. Cualquier calle o parque era bueno y también cualquier confidencia. Podía hacer tantas preguntas como quisiera sobre lo que yo quisiera, sin secretos y sin mentiras ni rodeos. Pero no nos llevaban al centro comercial a pasar el día.

Con el pasar de los años y siendo dueña absoluta de mi tiempo, no comencé a pasear por grandes almacenes. Los artículos que llegan a mi casa han sido siempre escogidos al paso: los zapatos que vi al girar la cabeza cuando eludía una pregunta inconveniente de alguien más inconveniente todavía. No los compré entonces pero volví a por ellos unos días después. El vestido que encontré en la tienda donde pregunté cómo llegar a la dirección que, en realidad, buscaba. Los juguetes, por otro lado, son irresistibles: maquetas de todo tipo, el reactor para montar pieza a pieza y que funciona y hace ese ruido ensordecedor. Los juguetes ya montados sirven para desmantelar y averiguar cómo funcionan. Es una pena que, clavada como me quedo frente a estas ventanas llenas de diversión, siempre me veo obligada a comprar los objetos de mi deseo pensando en regalos para otros con la esperanza de que me dejen jugar con ellos. Ni para éstos me tomo la molestia de pasear por el centro.

Sin embargo, he acudido, muy puntualmente, por necesidad o por accidente, y siempre me encuentro sorprendida de encontrar a chicas como Raquel, que son ya mujeres, paseando de escaparate en escaparate, rodeadas de niños gritones y algún hombre de aspecto aburrido, como yo habría paseado por jardines contemplando las rosas, los jazmines, los sauces llorones, las fuentes y las estatuas. Será por eso que dicen que la moda también es arte.

Pero no todo el mundo se puede permitir gastar en lo superfluo cada semana y algunos sufren al asomarse a la ventana de lo banal que trae la caricia del lujo a una vida vulgar. ¿Dónde va esta gente de bolsillo vacío y alma plana? Al supermercado más cercano a mi casa.

Tropiezan con mi cesta sus hijos descontentos sin cereales de marca. Me miran con rencor los hombres aburridos porque no dirijo bien mi carro entre el tráfico. Observan ellas mi atuendo con rabia: no me he pintado, llevo zapatillas de deporte, el pantalón corto y la camiseta. ¿Cómo he podido atreverme a ir a la compra con esta facha un sábado por la mañana y estropear su experiencia de la semana?

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2 pensamientos en “Cultura de supermercado

  1. Leer esto ha sido la segunda alegría del día. La primera ha sido que mi hermana a venido a buscarme al trabajo para darnos una vueltecita. Lo malo, que ella quería ir de tiendas y yo no, pero al menos me ha hecho ilusión que quisiese pasar un rato conmigo.
    A mi también me gustan más los bosques y los lagos, pero no me llevaron a ninguno de pequeño. Tus padres si.
    bss

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