Salvando pajarillos

Historia de mi ateísmo o falta de fe

No me gustan los pájaros, pero aprendí en mi infancia a socorrerlos en los meses de agosto con unas gotas de agua. Y hace muchos años un vecino llegó a mi puerta, preocupado, con dos gorriones, salidos del cascarón unos diez días antes, calculé por su tamaño y las calvas en el plumón. Buscando agua, mientras mamá estaba fuera, habían caído del nido. Mi vecino me los dio envueltos en servilletas. Yo no soy bueno para estas cosas, pero tú tienes paciencia, lo sé. Agarré los pajarillos envueltos para regalo; los metí en una caja de zapatos con más papel y compré una jeringuilla en la farmacia para rellenar con pan mojado y sofocar los ruidos que hacían aquellos bichos de aspecto feo. También les puse nombre: Curro y Perico.

Pronto revoloteaban por todas partes, pero sin perderme de vista: saltaban sobre mis hombros, me picoteaban los lóbulos de las orejas. Los vuelos eran cada vez más largos y un día salieron por la mañana y no regresaron hasta la tarde. Un día no regresaron en absoluto.

Hoy, sentada en la terraza, disfrutando de la mañana gris, he visto a mi perra corretear por el jardín. Trotaba persiguiendo lo que parecía un pájaro. He pensado que estaba muy graciosa y me ha sorprendido que un ave volara tan bajo sólo para complacerme en una hora aburrida. En cualquier caso, he bajado las escaleras para ver mejor. Mi perra ha comenzado a dar vueltas alrededor de algo caído en el suelo. Movía el rabo y era obvio que deseaba que me uniese al juego pero, siendo su jefa, que no su ama, tan lenta, ha decidido finalmente alcanzarme su nuevo juguete y ha traído el bichito hasta mí y luego lo ha dejado a mis pies esperando, seguro, halagos y caricias.

Lo he recogido del suelo sin resistencia ya que el pajarillo prefería la muerte a dedos blandos antes que a colmillo. Mientras lo llevaba adentro, protegido por mi mano de la fiera, que aún esperaba recompensa y la reclamaba a saltos, he recordado aquel documental que vi hace unos meses, donde un grupo de monos se ensañaba con una de las hembras como preámbulo al castigo final, el ostracismo como alternativa a la pena capital. Contemplé la escena en pie, fascinada por la frialdad del equipo de rodaje responsable de grabar imágenes de una criatura dolorida, maltrecha, con el labio inferior hecho jirones a mordiscos, que insistía en ser readmitida entre sus torturadores consiguiendo sólo heridas peores.

Lo he visto antes: la leona que sofoca entre sus fauces al cachorro de guepardo, el águila que finalmente atrapa a alguna variedad de ratoncillo que ha hecho las delicias de los niños de la casa durante los veinte minutos previos a su necesaria muerte. Necesaria.cucoY en todo esto pensaba cuando he metido al gorrión en casa, examinando el alcance de los mordiscos recibidos… He interrumpido algo, me he dicho, pero, ¿qué?. Y pienso en estas situaciones que somos todos protagonistas de algún documental en el que Dios es el cámara y permanece escondido tras arbustos cuyas ramas desaparecen por el milagro del zoom. Por eso sólo es testigo. Pero, ¿no es no hacer nada, no intervenir, lo mismo que no estar? Y no estar, ¿no es lo mismo que no existir?

Todavía espero la decisión de Cuco, así se llama: vivir o morir. Hoy vive en un azucarero de cristal vacío que no gusta a nadie de esta casa, relleno con tiras de papel de servilleta. Bebe el agua que queda atrapada en el hueco de mis manos, en la unión de mis dedos, después de meter la mano debajo del grifo. No come, pero me habla. Ahueca las plumas y me dice que de esta tarde no pasa, que va a llover.

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