Querido mío:

Sé bien que llego tarde pero al final me atrevo a decirte lo que nunca digo porque me parecen estas palabras las migas que quedan sobre la mesa y que nadie recoge porque volverán tras la cena.

Te recuerdo del pasillo oscuro e infinito, cuando tú eras muy joven y yo no sabía nada; los ojos de ambos velados por la ira que tú sentías. También de tardes de lluvia caída al son de la música de tu piano.

Y te conozco de haberte visto con otras caras y con otro atuendo más alegre y, a veces, de luto. Te reconocería en cualquier esquina de mi vida.

Y te necesito. Para que me corrijas aunque no me equivoque; para que puedas darme sombra en esta margen sin alameda; para que cuentes lo que a mí se me olvida; para que no me vuelva invisible ni ciega; para tener tres manos; para que me sujetes y me empujes; para que me abras la puerta; para que yo no la cierre; para que dejes un resquicio en tu piel donde puedan vivir todas estas cosas ya que yo no consigo alcanzarte ahora. Y para que te quedes.

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Un pensamiento en “Querido mío:

  1. A ver, cuando lo he leído esta mañana, no lo entendía. Ahora sí. Me he quedado de piedra y sin palabras, vamos, que las migas esta noche no vuelven al mantel. Sinceramente.

    Creo que es lo mejor que alguien me podía regalar.

    En cuanto se me pase el shock te escribo. Mi ánimo acaba de subir bastante. Gracias gracias y gracias. Besos

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