Bendita indulgencia

Pues habíamos quedado para comer. Íbamos a explorar el barrio y encontrar ese lugar del que podríamos ser asiduos de dos a cuatro, de lunes a jueves. Y estaba yo robándole un café a la mañanita lenta y escuchando la de mi decimosexto verano, “Es por ti”, cuando he comenzado a escuchar otra cosa: mi teléfono. Era mi chiquitín, mi cachorro, que siempre anda cuidándose de mí porque me sabe pueril consentida y él lo tolera. No habría paseo al mediodía, sino a la tarde. Y me ha parecido hasta bien, porque así podría yo distraerme del que había sido el plan en principio y que lleva dieciocho meses saliendo mal.

A las siete he salido corriendo doblando dos esquinas y desde allí le he visto. Como nos ha pasado ya otras veces, él no me ha visto a mí; será por mi estatura. He cruzado temerariamente porque ya llevaba más de diez minutos esperando, según el mensaje que me había enviado, bajo el letrero de la boca del metro de Alfonso XIII. Me he tirado encima suyo. Me encanta hacerlo y además hoy me lo merecía. Qué bonita estás, me ha dicho al tiempo que me levantaba del suelo lo justo para quedar bien; no miento cuando digo que me consiente.

Él necesitaba azúcar y yo he alcanzado a ver una croissantería con terraza. La proposición ha sido aceptada. Hemos tomado tarta de chocolate, él, y puddin con nata y caramelo, yo.

Mmm… Sobredosis de azúcar en estados de carencia. ¡Qué cura! A mí se me suelta lengua como si hubiese bebido y de pronto estoy comentando que el día 12 son las fiestas del lugar dónde vivo. Le propongo que pase ese fin de semana en mi casa y demos a este municipio una oportunidad de gustarme. Dice que ya hemos estado en esas fiestas, cuando yo salía con el hombre gris. Yo no puedo oponerme ni añadir detalles a su recuerdo: lo he olvidado. Démosle la segunda entonces.

Después, cargados de edulcorante, nos hemos echado a andar sin escoger dirección. Él me ha prestado el pliegue de su codo para esconder mi mano y hemos planeado todo un año. Nos hemos quedado parados frente a la única casa bonita escondida en Madrid y que está a la venta, asomada al borde de la anarquía del resto de su calle; hemos hablado del manzano en el jardín y, finalmente, acordado que para ésta es necesario arriesgar en la lotería, cosa que a mí se me olvida y él hace con desatino.

Perdidos, buscando Arturo Soria, he visto el Madrid de comienzos de junio que tanto me gusta y que ya comenzaba a echar de menos. Y todo a causa de una sobredosis de azúcar que dejaría a otros ciegos.

He visto a mujeres darse un atracón de chocolate para recuperarse de su mala suerte. Rara vez me da por el dulce; esa clase de chocolate, además, que trae la felicidad perdida, me sabe amargo. Antes tomaría café sin ningún tipo de edulcorante.

Pero es definitivamente distinto endulzarse en compañía y dar un paseo después para quemar los excesos de euforia.

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2 pensamientos en “Bendita indulgencia

  1. Voy a ahorrarme ahora mi comentario irónico pq se me ha ocurrido una idea que ya te contaré. Tú no habías nacido… Que tarde más buena pasamos ese día, verdad?

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