Mi tristeza y yo

Me parece la mañana un momento mágico para la tristeza. Ha pasado la noche levitando sobre los labios de los tristes tan alto como alcanzaba su exhalación y, al despertar, con el primer bostezo, se arroja dentro de sus bocas, dejando a su paso el sabor dulce de la pena complaciente, la pena que acaricia dando los buenos días, mientras se arrastra por la garganta buscando su escondrijo en el órgano más suculento.

Mi tristeza es mi segunda piel. No sé cómo ha llegado aquí ni en que momento permití que me vistiera de otra. Entiendo que ha sido una labor lenta que comenzó años atrás y que es injusta mi sorpresa, casi hipócrita. Acudo puntual a la ducha en un intento de lavarla y decirle adiós mientras observo cómo se ahoga despacio a la vez que se aleja por el desagüe, pero es indeleble; lo mismo daría que me duchase con impermeable.

Contemplo sus efectos, una vez que el vaho desaparece del espejo, mientras ella anda distraída contando mis defectos sin mirarme. Observo el maquillaje que extiende sobre mi cara y que me ahorra diez minutos cada mañana: los ojos opacos que no requieren ya gafas de sol pues hacen evidente que no tengo un alma de la que ellos puedan ser ventanas; los labios me los pinta del tono más claro y que no puede albergar invitación a más conversación que la impuesta por la cortesía. Pensar en besos sería de locos. Y, a pesar del grosor de estos afeites, mi faz continúa suave y flexible, un poco tensa solamente cuando mi ceja derecha desea sentir interés por lo que otros más tristes que yo me cuentan y en las comisuras de mi boca cuando mi sonrisa quiere procurarles consuelo.

Mientras desayuno lo que encuentro en la nevera la alimento con un poco de optimismo que he leído en el correo que alguien me envió anoche. Me pregunto qué voy a darle de comer y de cenar; es tan glotona mi tristeza y hace tiempo que no me queda nada. ¿Podría matarla de hambre sin sufrir yo la dieta? Y porque no tengo ya nada que apostar no apuesto por su final y mi comienzo.

Salgo a la calle sin consultar el tiempo porque esta capa que me cubre de pies a cabeza es aislante y no recuerdo ya cómo se queman al sol los incautos ni lo que es el viento cortante de enero. No me cansa caminar pues me arrastra el tedio y jamás veo cuánto camino queda por delante: no sé mirar en esa dirección.

Sin embargo, te he visto. Me choca que, después de tanto tiempo excediéndome con el azúcar que segrega la glándula de mi pena, no haya quedado demasiado ciega para mirarte; que después de entregarme a tan restrictivo amante no me sienta infiel al desearte. Me pregunto si podría quitarme ya el disfraz de infeliz y si podría borrar de mi carne la marcas que dejan un tejido tan ceñido.

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