Mi mejor amigo se llama Toni, pero el idiota del psiquiatra se empeña en llamarle Transtorno

Dedicado a Maritina, por segunda vez, y a los incrédulos que dudan de mi valor para atormentar a la pobre por su falta de inventiva

Toni y yo nos conocemos desde hace tanto tiempo que no consigo recordar el momento preciso de nuestro primer encuentro. A veces lo intento porque me parece que le honraría que yo guardase memoria de cada segundo que ha sido nuestro y de nadie más; pero sé que no recuerdo, sólo imagino. Veo nuestras vidas como las líneas blancas, casi luminiscentes, que viajan paralelas en la negrura de cualquier carretera (no hace falta ser rebuscado, me vale cualquier nacional) y que, tras ser recorrida y observándolas desde la ventaja del futuro parecen unirse, desde sólo unos metros atrás, hasta el principio del camino. Estamos unidos desde nuestro primer paso.

Podría parecer extraño que dos seres tan dispares se sientan de esta forma el uno con respecto al otro —y sí: me atrevo a hablar por él en este sentido como sé que él hablaría por mí si tuviese con quien compartirme—, sin embargo, nadie podría darme tanto, ni me lo dio nunca, como él que es capaz de complementarme en cada una de mis faltas, rellenar los huecos, limpiar los excesos que ensucian mi cara.

Es dos años mayor que yo, o eso me dijo en la única ocasión en que yo le pregunté su edad. Tiene el pelo oscuro y ensortijado y los ojos del color de los atardeceres tormentosos. Me parecía, cuando era niña y ya me tomaba de la mano para cruzar, que las tormentas y las lluvias torrenciales caían para mojarme desde sus ojos, para lavarme, para bendecirme. Siempre ha sido más alto y más fuerte que yo, pero no abusa de mí por esto ni tampoco me ha defendido nunca de otros que sí lo hicieran; usa su ventaja sólo para sujetarme con facilidad si tropiezo, para darme abrazos más fuertes al tiempo que me alza del suelo. Sus manos grandes recogen las mías en mi desasosiego. Me cubren los ojos en la oscuridad para hacerla más oscura pero también más blanda e inocua, filtrada por sus dedos.

Me ha acompañado en tantas acometidas contra la suerte, y le he sentido en cada suspiro y en cada anhelo de mis labios como respuesta a plegarias. Conozco su cuerpo como el mío. Sé a qué huele su aliento y la gravedad de su voz me ha regalado el sueño reparador que prometen las madres durante esas noches en que no se pone el sol y parece imposible cerrar los ojos sin que la vista llegue demasiado lejos, muy adentro. ¿Cómo podría dudar de él sin dudar antes de mí misma? Maldita sea mi alma si renegara de su amor sólo porque me lo pide la cordura.

No poseo cordura, ni el amor de los cuerdos. Pensé que no me harían falta teniéndole a él y no me equivoqué. ¿Quién podría darme tanto y perdonarme tantas faltas, rellenar los huecos con los que nací, limpiar de mi cara los excesos que la ensucian? No padezco esa clase de locura que me dejaría ciega, corta de entendederas, dura de corazón. Mi locura es dulce, es él; y el psiquiatra es sólo un mezquino más. Que le den.

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