Cambio de pluma

Hace algún tiempo que no pienso en Cuco. Me acordé de él anoche, gracias al comentario simpático que alguien dejó bajo su foto. Y también me acordé de él, aunque no sé a qué se debió en esa ocasión, a mediados de septiembre.

A Cuco lo encontré estirando la pata, literalmente, fuera de su azucarero del balcón, en el suelo de mi cuarto, el 21 de agosto.

Me habían advertido de esta posibilidad pero parece que, aunque me hago llamar sindiós y mujer de poca o ninguna fe, este optimismo mío, estas ganas de que todo salga bien me traicionaron dejándome sin el sentido común que traían las advertencias sobre el futuro del polluelo desmadrado.

No lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer; lo recuerdo como si pudiera ocurrir mañana otra vez: subo las escaleras, llego al rellano, abro la puerta de mi dormitorio y lo veo en el suelo. Veo que me mira y veo que está estirando la pata. Lo recojo del suelo a ciegas porque estoy ya llorando a pesar de que aún no comprendo lo dura que es esta realidad con la que estoy a punto de estrellarme. Lo llevo abajo, sujeto en mi mano derecha y contra mi pecho porque me parece que el pobre está frío. Camino ahora cegada no por las lágrimas sino porque se me acaban de caer las lentillas que me compré cuando vivía en la inopia y, de pronto, el aire cargado de impotencia me escuece en los ojos. Termino tropezando con mi hermano y, antes de que él pueda preguntar qué va mal, estiro el brazo con el sufrido moribundo dentro de mi puño y sólo digo: “Se me ha roto. Arréglamelo, por favor, por favor, por favor”. Le pido el favor tres veces antes de notar que no llevo puestos zapatos de rubíes, que voy, de hecho, descalza.

Y él lo arregla escondiéndose de mí con mi pajarito en las manos y yo permito que él pase por la angustia del deber que no puedo entender como propio. No me dice qué ha hecho con él después y se limita a asegurarme que puedo andar tranquila por la casa y el jardín pues no encontraré ninguna pena.

Pasé toda la tarde aguantándome las ganas de ir al baño pues me convencí con ayuda de mi lógica morbosa de que el único sitio donde había podido terminar la bolita de plumón era el inodoro.

Si he de ser sincera, la existencia de Cuco representaba un problema para mí: no sabía volar, iba vestido de rico manjar a los ojos de la fiera canina que vive en casa, polucionaba mis camisetas, comía pan mojado que yo debía preparar entre náuseas y me llenaba de remordimiento por cada media hora que prefería pasar hablando con gente en lugar de ir por la casa disfrazada de pirata pobre.

Pero, como le dije al único amigo que, después de conocer la noticia, mostró sensibilidad y no apatía, presentí que era el comienzo del fin de mis ganas. Me pareció la muerte de Cuco una bofetada llena de malicia de esas que se dan a los empecinados en su buena suerte para que aprendan qué es sufrir, para que sepan que la buena voluntad no es suficiente; “Toma, para que aprendas; para que llores con motivo; para que no levantes cabeza; para que camines con miedo a caerte; para que seas como yo y lo temas todo y no te atrevas a contestarme”.

Lamentablemente, soy cabezota y me temo que me hacen falta, no ya tortas, sino palizas para que pueda quedarme claro un concepto tan ajeno a la memoria de mi vida. Y de Cuco guardo, además de las fotos que me parecen tan graciosas y bonitas, un cambio de pluma que no incluye nada nuevo aunque al principio lo pareciera.


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