La revelación del romero

La culpa fue de la gitana: me rozó la muñeca izquierda con una ramita de romero. No sé resistirme a las plantas que me alegran la vida desde el paladar y me giré inmediatamente, en cuanto su aroma llegó a mi nariz y a mi boca, para sujetar esa rama que no era sino un cebo.

Natilla y yo acabábamos de quedarnos solas y salíamos ya del Retiro. Íbamos a ponernos al día aunque no se me ocurre nada que no nos contemos a diario, puede que un par de veces a la semana en realidad, que necesitara ser relatado una vez más. Creo que no íbamos a contarnos novedades sino a experimentar, cada una con nuestros propios ojos en los gestos de la otra, lo que ya habíamos compartido en el teléfono durante los seis meses previos a este paseo por Madrid y posteriores a nuestro último encuentro en el pueblo costero de su predilección.

Pero la gitana estaba allí, con el romero apunto, y yo caminaba divagando sobre algo que no podía ser muy importante puesto que no consigo recordarlo —le preguntaré a Natilla si se acuerda ella— y, al sentir-oler-ver el romero, fue de verdad una sola acción, me giré y lo agarré y estuve perdida, en otra acción triple y única. Más que perdida estuve presa pues, según tomaba yo el romero con la derecha, la gitana me asía la izquierda. En algún momento entre esos dos aprisionamientos oí que el romero me costaría dos euros pero me traería mucho más: me traería la suerte. ¿Quién se niega la suerte por no pagar dos euros? ¿Quién podría encontrar prostituta más gratificante que la propia fortuna y cuándo tan rebajada? Se los di. Natilla también compró su propio amuleto vegetal y la gitana enriquecía ante mis ojos en pocos segundos: muestra indiscutible de la buena suerte que trae la planta.

Habiendo hecho cada una de las tres el negocio más rentable de nuestras vidas, me dispuse a seguir camino con mi amiga y a continuar con esas charlas que no dicen nada, que no llevan a ninguna parte y que son, sin embargo, de lo que estaban hechas nuestras tardes cuando la geografía y nuestras rutinas se encontraron hace años. Pero ni el primer paso fue posible. Mi mano izquierda, esa eterna despistada, la que siempre olvido dentro del bolsillo o en el pliegue de algún codo querido, seguía presa. No tuve más remedio que prestar atención a la gitana, esperando casi oír decir que aún no había pagado o que, entendiendo ahora mi buena disposición para el derroche ese domingo, había decidido no darle al romero permiso para favorecerme hasta que pagara otras dos veces. Está bien: pensé que era una táctica para meterme la mano en el bolso rojo de cartero que arrastro en estas ocasiones —las ocasiones en que no sé cuantas horas ni cuantos días tardaré en volver a casa— y quedarse conmigo por el resto. Pero sólo dijo esto: “Dame la mano deresha, m’ija. Una cosa ti via disí“.

Durante una cena en la que frente de mí se hallaba sentada esta pareja encantadora de amigos, tan amiga ella como él, alguien les preguntó cómo, siendo ella tan renuente a salir con él en principio, cambió después de idea. “Tuve una revelación”, contestó. Se movió un poco en su silla y adiviné que había tenido la pierna derecha cruzada sobre la izquierda atrapando la mano de él entre ambas rodillas y que, tras hablar, las había cruzado a la inversa para poder sujetarle la mano con las suyas. Ella tuvo una revelación el día que se cruzó con él mientras él llevaba a otra de la mano a una habitación de hotel; supo entonces que no quería verle más con otras y puso fin a esta práctica convirtiéndose en la única, como él había solicitado tantas veces.

Me gustó mucho la historia del cómo y el por qué de mis amigos y, al escucharla en diciembre del año pasado, supe que yo también quería tener una revelación. Una que me dejase aplastada contra el suelo al que están pegados mis zapatos. Eso es lo que quería en diciembre; en enero quería otras cosas y olvidé los regalos con los que soñaba antes de navidad tan pronto como abrí los que me tocaron por haber sido buena o por no haberlo sido tanto…

La gitana miraba mi mano derecha a la vez que canturreaba algo sobre “esta niña que cada día está más guapa y cada día más triste… Porque a ti, mija, t’an roto la vída. Te l’an partío por la mitá“.

No le prestaba verdadera atención; me concentraba en que el libro abierto que es mi cara, y el que todo el mundo presume de saber leer, se quedase cerrado; yo pensaba en mis cejas y les advertía: ni un milímetro para arriba ni para abajo, ¿me oís? Hoy no vamos a facilitar contenidos.

Pero escuché algo porque recordaba haber querido que se me revelase algo, alguna clase de sentido para todo lo que no entiendo y me pesa. Natilla estaba más atenta que yo misma pues nunca ha visto mi vida desde mi cabeza y no sabe que cuenta con exactamente los mismos ingredientes que todas las demás; no sabe que la gitana ha visto muchas líneas y que, aunque la mía está bifurcada y rota, es cierto, al final continúa hasta el vertiente de mi palma como todas. No sabe Natilla que es fácil contar el desamor en las ojeras, aunque se deban éstas a noches alegres, y mucho más fácil contar esperanza pues nadie se resiste a tenerla porque huele como el romero.

Natilla me cuenta, de vez en cuando, lo que oyó a la gitana decirme. Me lo cuenta así: “¿Te acuerdas de las cosas que te dijo que estaban por venir? ¿Te acuerdas de las cosas tan bonitas que te dijo?” Mientras mi izquierda se esconde en su codo, le digo que sí, que me acuerdo. No le digo que lo que me parece bonito es que se acuerde ella de mi futuro feliz.


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