Pero, ¿dónde tengo yo la cabeza?

La cabeza me daba vueltas. No era desagradable pero me di cuenta de que no iba a poder dormir en toda la noche. Por supuesto que intenté lo de las ovejitas: nada. Para colmo, sus balidos se metieron dentro de mis oídos y mi vértigo comenzó a ser, además, cacofónico. Y fue entonces, ya desesperada, cuando me acordé de que había dejado un destornillador encima de la cómoda.

Normalmente no hay motivo lo suficientemente bueno ni urgente como para hacerme levantar una vez que me he acurrucado en la cama; levantarse a por algo como un vaso de agua se convierte en un paseo por toda la casa: hay que ponerse algo para no enfriarse y no te olvides de las zapatillas; ya que estoy voy al baño, no sea que el agua…; me parece que todavía oigo la tele en el salón… Voy a ver que me estoy perdiendo. Con tanto ejercicio casi que tengo hambre y me voy a echar un vistazo a la nevera.

Pero anoche, como digo, estaba desesperada y no me lo pensé dos veces. Fui muy valiente tirándome de la cama sin reparar en atuendos y osando esos dos pasos que me separaban de la solución: el destornillador. Tan pronto como lo tuve en las manos me olvidé de caminar y salté directamente hacia mi cama, estiré el edredón hasta mi barbilla pero permanecí sentada. Acto seguido abrí el primer cajón de mi mesilla y cogí un espejito con marco de plata que alguna anciana relación me regaló hace años. Aproveché que lo tenía en mi mano para intentar localizar ese momento preciso en que mi pelo, de apariencia sosegada durante el día, se transforma en el de una loca que duerme con los dedos metidos en la toma de corriente. Localicé un mechón en pie; sin duda se trataba de un activista que comenzaba a azuzar al resto y le dije muy seria: “Modérate o te entrego a la peluquera”. Pero que si quieres arroz, Catalina.

De todos modos,  lo importante era mi  cabeza y ésta seguía dando vueltas —que mis amenazas a un mechón de pelo justifiquen mi caso—. Así que tomé el espejito con mi mano izquierda y el destornillador con la otra que siempre me ha parecido más diestra en todos los sentidos y, girando cabeza y manos y usando mi sexto sentido, el tiento, diferenciado del tacto sólo por sutilezas que muy pocos hemos desarrollado, conseguí por fin encontrar el tornillito justo detrás de una de mis orejas -coincidiendo con el punto contra el que chocaría la tuerca del pendiente si lo llevara puesto- y, en él, la muesca en la que mi herramienta encajaría.

Sé que lo fácil hubiera sido darle un apretoncito para fijar la cabeza y, posiblemente, lo que más cabe esperar de cualquiera en estos casos. Pero entonces yo no habría estado desesperada y esto no habría sido una medida sobre la cual escribir. Mi desasosiego se debe al hecho de que un novio mío, que era un manazas, le dio dos vueltas de más en cierta ocasión y pasó el tornillo de rosca. Es desde entonces que no se queda fija y que me causa este tipo de problemas con más o menos frecuencia.

Mi medida drástica es ahora previsible: desatornillé hasta que el tornillo defectuoso cayo al suelo y no sobre un pliegue de la ropa de cama como yo había planeado. Quise cogerlo y guardarlo para mostrarlo en la ferretería cuando fuese a comprar el repuesto pero mi cabeza estaba ahora muy suelta sobre la muesca de enganche de mi cuello. No sé… Me pareció que se me podría caer al suelo, coronilla abajo, y dejarme tonta para los restos. Ahora en pie, y sosteniéndome contra la pared de hombros a talones, la hice rotar con ambas manos. Podía oír el soniquete quejumbroso y fastidioso de cualquier cabeza cuando intentas desatornillarla -como el que hacen las cafeteras de antes, las de acero inoxidable, cuando intentas unir las dos mitades- pero el soniquete quejumbroso de mi cabeza llegó incluso a entristecerme; yo creo que se debió a que la cabeza chirriante era la mía.

Una vez que fue evidente que estaba suelta del todo, la retiré del borde de mi cuello y la deposité, a tientas, sobre la mesilla. Dormí muy bien toda la noche.

Esta mañana me he levantado contenta, muy ligera de ánimos. Además, el pelo (lo he palpado estirando la mano sobre la mesilla) lo tenía todo en su sitio, igual que anoche antes de acostarme. No he dejado de verle las ventajas a esto de ponerse y quitarse la testa y hasta he decidido no volvérmela a poner más que dos minutos antes de salir de casa. He pensado que la podría sujetar a mi cuello con una especie de torniquete a base de bufanda hasta que pudiese reponer el tornillo perdido, pero la cosa es que, tanto he esperado que, al final, con las prisas acumuladas de todas las mañanas, me la he dejado en casa, sobre la mesilla.

Cuando me he dado cuenta del error (la cosa ha caído por su propio peso) no he podido entrar a casa a buscarla porque también me había olvidado las llaves. Es lo que tiene esto de guardar la memoria toda junta en el mismo sitio. Pero a falta de cerebro, he hecho de tripas corazón y me he dicho que seguro que no ocurriría nada demasiado grave por pasar un día entero por ligera de cascos o, en mi caso, por descerebrada total.

Curiosamente llevaba conmigo la bufanda, pero sólo gracias a que ayer la metí en el bolso al llegar a casa y éste lo dejé colgando del pomo de una puerta donde mi manga se ha enganchado justo cuando salía. Con ella me he fabricado, sin mucha idea, una especie de turbante para que no me entrase el frío por la garganta. No debe uno exponerse al aire en esta época del año.

Con los brazos extendidos al máximo y con miedo en las puntas de los dedos, he conseguido salir del jardín y alcanzar la calle. A partir de ahí, y dando tropiezos como quien da pasos, agarrándome a las farolas para calcular la rectitud de mi caminar, todo ha sido mucho más fácil y hasta me ha parecido bastante similar a las de cualquier mañana posterior a una noche corta.

Me ha dado un poco de rabia que en el metro la gente me ignorase e intentase ocupar el espacio necesario para mis pies con los suyos propios. Parece que si una no tiene una cabeza bien adornada con una mirada que enfrente las ajenas es como si no estuviera ahí realmente. He intentado tomar nota mental de esto pero se me ha caído al no tener mente para sostenerla.

En el trabajo, sin embargo, he disfrutado de un día único. Mi jefa me ha dicho que tenía mal aspecto y enseguida ha decidido liberarme de mis funciones telefónicas. Todos han sido amables en realidad: me han leído los correos que me enviaban al entender que no tenía yo cabeza para andar adivinando lo que decían mediante la imposición de manos sobre el monitor. Y cuando mi jefe me ha dicho: “Cuando traduzcas un texto técnico no evites los tecnicismos… ¡Trazabilidad tiene su homónimo en inglés!” no he sido cabezota y me he mordido la lengua. No le he dicho: “Jefe: trazabilidad no es un tecnicismo, es una pedantería; y traceability, para los ingleses, es un término común”. De esta forma he sabido que el vacío mental puede ser ventajoso según las circunstancias aunque hoy, dada mi condición de acéfala, no he sabido nada.

Al volver a casa, con mucho hambre pues no he tenido en todo el día nada que llevarme a la boca (o viceversa), he corrido a mi cuarto de forma accidentada y me he puesto mi cabeza donde corresponde aunque las ideas que circulen en su interior me quiten el sueño de vez en cuando. No pienso volver a desenroscarla; pero, ahora que lo pienso, la noche del 31 de octubre, podría disfrazarla de calabaza, con la boca de par en par y una velita sobre la lengua…

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