Causa y efecto

No entiendo este deseo de sucumbir que es apenas mío y este estar rendida. No rendida como si estuviera cansada de luchar ni de oponer resistencia, sino rendida en mi alma, rendida de pies a cabeza, carente de voluntad si no es la suya.

Apenas me reconozco ahora que sé que soy agua y él la piedra en el fondo de mi cauce que desviará mi corriente y que si él fuera agua, yo sólo querría ser arena mecida lejos y escurrida de nuevo bajo él según su marea.

No puedo ser yo ésa que es veleta que señala la dirección de su viento, girando tantas veces como pida en respuesta a mi súplica callada. Si me atreviera a ser aire, él sería la energía que me calienta y me dilata y, al ponerse, me helaría y caería del cielo.

¿Soy yo rogando mi causa para poder ser su efecto?


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