La casa de Piera

Mierda. No sé por qué lo borré; me refiero a aquel correo que te envié hablando de la casa de Piera. Supongo que no lo aprecié tanto al escribirlo —al fin y al cabo esa casa y lo que había dentro no eran un secreto para mí sino sólo una más de mis historias— como tú al recibirlo. Recuerdo tu reacción: alabaste mi uso de la gramática y, además, te pareció que yo me abría en canal para mostrarte todo lo que llevo dentro y era esto lo que me agradecías. De nada, hombre. Seguro que hasta pensaste que alguno de mis órganos se henchía al leer tu aprobación subrayada con cariño.

Y lo cierto es que lo guardo casi todo en materia de cartas, libros, fotos. Soy incluso ordenada en el almacenaje de memorias materiales. No sé… Quizás en algún momento oí o leí en alguna parte eso que ahora siempre recuerdo cada vez que soy consciente de que mis correos se apilan fecha a fecha en la carpeta de “enviados”: …seguro que es de los que guardan y releen los correos que envía para poder autocomplacerse después. Por eso, casi seguro, borré aquella historia que te conté: no deseo encontrarme un día con la cabeza llena de autocomplacencia y el resto del cuerpo vacío.

Pero también lo hice para demostrarte que no te di nada; no compartí nada importante contigo. Sólo te conté un recuerdo que ya no vale nada. No vale las fotos que se perdieron hace tiempo en un sótano inundado y en las cajas de zapatos o en una maleta que es demasiado grande para la muda del fin de semana y demasiado pequeña para pasar siete días fuera de casa. No vale si quiera la ilusión con que hice allí mis primeras fotos, con la Werlissa de segunda mano que mi padre encontró en un mercadillo, y que compró pensando en mí.

La casa de Piera sólo tiene valor para mí. En mi cabeza. En mis experiencias entre sus paredes y alrededor de éstas. En su terraza. En sus veranos y en sus inviernos. Podría contarlo, pero mi amor por esa casa y las personas que estuvieron alguna vez allí, conmigo o sólo esperando a que yo llegase, me hace egoísta. Es éste un recuerdo para la autocomplacencia que tanto temo. Me felicito por haber estado bajo su techo.

Entre la fotos ya perdidas recuerdo esa en la que tengo alrededor de cinco años. Llevo la braguita del bikini con un volante alrededor de la cintura. No se aprecia el color, es en blanco y negro, pero mi memoria ve el fondo blanco que apenas está allí por lo excesivo del estampado de florecillas rojas con sus hojas verde limón. Llevo dos coletas que están ya medio deshechas y se nota que han estado empapadas de agua con sabor a cloro y luego puestas a secar al calor del sol. Estoy medio tumbada en la cama grande, tras las cortinas azules en lo que fue la primera, única por varios años, habitación de esa casa y que, después de añadir una más a la derecha que luego se convirtió en trastero, acabó siendo lo que siempre deseó: el garaje. Debe de ser la hora de la siesta. Aún estoy acabando mi plátano que sujeto en una mano mientras retiro con la otra el tubo de bucear para poder meterme el postre en la boca. Las gafas de buzo están sobre mi frente y sé que entre bocado y bocado lo que hago es observar mi giro de tobillos —mis piernas estan dobladas por la rodilla y una cruzada sobre la otra— para asegurarme de que ya tengo dominio de mis aletas color salmón que me han comprado al comenzar ese verano. Tengo el último Geyperman que le he robado a mi tío de su cuarto del piso de Barcelona antes de salir hacia Piera. Si no se da cuenta a tiempo, es muy posible que jamás regrese a su colección sobre la estantería pues el muñeco pasará por todo tipo de experimentos a cual más agresivo para que yo quede satisfecha en la comprobación de la resistencia del material del que está hecho.

Pronto me dormiré. Cuando despierte me darán leche y luego volveré a la piscina y también montaré en mi bici, que es demasiado alta para mí. Es una BH azul. Lleva las ruedecillas auxiliares porque, aunque ya mantengo bien el equilibrio, a mi yaya le preocupa que quiera montarla sin que nadie mayor me vigile. No quiere que me haga daño, por eso le pidió a mi padre que cuando me trajese a Piera ese verano, volviese a poner las ruedas. Después, cuando ya esté muy cansada de haber jugado tanto, mi yaya me llamará diciendo que he de bañarme y ponerme algo de más abrigo. Tengo que llevar manga larga por la noche porque corre el aire fresco en esa zona. No me importa: esa es la rutina de la casa de Piera y me gusta saber que tengo la piscina cuando hace calor y a mi yaya cuando hace fresquito.


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