Rotos y descosidos

El banco que hay frente a mí está ocupado por una mujer que lee un libro. Está pegada contra la esquina, dejando mucho espacio libre. Por eso él se sienta en el lado opuesto. Creo que teme molestar; parece tímido hasta la médula. No puedo evitar fijar mi vista en él pese a que sé lo incómodo que se sentirá, observado.

Me he equivocado: no es exactamente tímido sino que, parece, más bien, sentirse muy poca cosa. Es, en realidad, muy poca cosa. Sus ojos son pequeños y están hundidos, sin brillo. Su pelo es oscuro pero sin color identificable, mate y ralo. No tiene apenas labios y comienzo a sospechar que sufre la misma carencia de dientes, o tal vez no; si sonriese un poco lo sabría pero este hombre no sonríe nunca. Demasiado delgado y tampoco es alto. Es poca cosa y él lo sabe. Pero hay más: está roto. Eso no se ve, lo dicen sus ojos pequeños de mirada acostumbrada a todo lo malo, a todo lo que le parece ya demasiado común.

Tan distraída estoy contándome las penas de su aspecto que no me doy cuenta de que ella, una chica que parece mucho más joven y, sin embargo,  de aspecto igualmente desahuciado, permanece ahora de pie, junto al banco donde él está sentado. Su cara entera es un puchero sin gracia infantil. Me imagino que ella tampoco quiere molestar y por eso no se sienta entre la mujer del libro y el hombre poca cosa. Pero quizás está allí porque quiere algo de él. Veo que sus labios se mueven. ¿Habla sola? Por su gesto se diría que gimotea. Mi curiosidad se impone a mi respeto por su privacidad y, aunque dejo los auriculares dentro de mis oídos, detengo la música con disimulo, como si sólo prefiriese otra canción para acompañar mi almuerzo en el parque. Ahora puedo oír algo.

Sí: gimotea. Se pone fea al hacerlo, es algo patético de contemplar. Él, supongo, también la ve de esta forma pues mantiene los ojos pegados al suelo. ¿Qué le pide ella? ¿Dinero? Tal vez no gimotee ni tenga la cara deformada por el gesto de mendicidad, sea lo que sea eso que ella mendiga. Tal vez, se me ocurre ahora, se trate de una de esas personas que andan por ahí con transtornos psíquicos graves sin nadie que les quiera lo suficiente como para contenerles de acosar a los extraños. Entonces se agacha, dejando su bolso en el suelo y buscando en él algo con prisas, de malas maneras. Lo encuentra: un pintalabios que usa en su boca, no muy bonita, pintándola de un rojo tan rabioso como su humor. Se gira hacia él, sin levantarse, y le oigo decir claramente: “Mírame… Mírame”. Este grito que es casi súplica, va cargado con el eco de lo que, ya no puedo dudarlo, han debido de ser gemidos horas antes (“Tómame… Tómame”) en un lugar mejor cobijado de miradas y escrutinios lamentables como el mío. “Mírame… ¿Es que no me quieres? ¿Ya no me quieres? Dime… ¿No me quieres?”. Y él mira al suelo. Calla sin otorgar nada.


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