La cita

Yo llegaré desde lejos, anunciada. Deseada mi presencia. No puedo pensar en ninguna forma más bonita para llegar a ningún lugar: deseada.

Mi viaje será largo pero me parecerá en los últimos minutos, cuando alcance a ver la ciudad de destino, cuando el vehículo se mezcle entre su tráfico, que no ha durado lo suficiente, que no he tenido ocasión de hacerme a la idea, que estoy demasiado nerviosa para enfrentarme a su mirada, que aún soy demasiado yo porque no me ha dado tiempo a perderme por el camino.

Y aún así seré valiente: me levantaré de mi asiento, me pondré mi abrigo y lo abotonaré despacio; es posible que esto no sea necesario pero quiero darle el placer de desenvolverme cuando a él le apetezca. Saldré caminando con cuidado, sintiendo la sangre palpitar en mis sienes y en mi garganta. Mis piernas se sentirán algo rígidas al principio, así que me diré que después de un viaje de unas horas y un par de meses lo normal es sentirse entumecida.

Así será cómo llegaré hasta el lugar dónde él ha de encontrarme, al lugar desde el que él me desea.

Así agoto los minutos, pensando en esa cita y deseándola próxima, muy próxima. Deseo cerrar los ojos sólo un segundo, para parpadear, y encontrarme frente a él. Ya.


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