Una noche buena

La casa de verano, la torre, el terreno, la casa de Piera, con diez nombres al menos, era zona neutral. No es que es que fuese tierra de nadie; era más bien donde sólo la yaya mandaba.

La yaya se había casado con un hombre de mucho carácter y había parido tres hijos de igual calaña.

Pero en Noche Buena, con todos fuera de lugar y todos danzando a la música que ella tocaba, había Paz.

El tío J gastaba bromas sin cesar y yo le miraba confundida sin saber cómo juntar las dos imágenes que tenía de él: su otra cara era siempre tan seria, tan de persona abatida por la neurosis del éxito profesional, del arduo trabajo sin fin de los responsables —sí, él era un poco como Spiderman y, ya se sabe, un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

El otro hermano andaba ya algo desquiciado y, a pesar de contar yo sólo siete años, supe que la bromita había ido demasiado lejos, cuando, en indigna competición por el título del “Más cachondo… Pero qué cosas se le ocurren a este hombre”, se levantó y, pidiendo a todos los demás que actuásemos con naturalidad, se acercó por la espalda a mi tío X y, aprovechando el hueco decorativo entre respaldo y asiento de las sillas, pinchó su culo aún adolescente con una aguja de coser lana.

El pobre tío X, que apenas había levantado la vista del plato de sopa cubierta (especialidad navideña de la yaya) porque ya necesitaba cosas como el Prozac, aunque aún no lo supiéramos ninguno de los presentes y él sólo pensara que quizás hubiera cogido frío en su afán de explicarse su mal sentir, dio un salto tremendo que asustó a los niños y que arrancó al mismo tiempo de las gragantas de todas las mujeres sentadas a la mesa una mezcla de “Por el amor de Dios”, “¿Es que no podéis tener la fiesta en paz?” y “Pero, cariño, ¿es que no ves que le has hecho daño?”. Mi tío X, dejó de frotarse el culo entonces y, mirando a mi madre, muy serio, dijo: —No pasa nada. Estoy bien. Ya me vengaré.

Me mandaron a la cama poco después de terminar la cena, acosejándome dormirme pronto por si Papá Noel se dejaba ver. No pude caer rendida como siempre hacía entonces porque no dejaba de preguntarme cómo se vengaría el tío X de mi padre; cuántos años tenía el tío X y si era de la misma edad que mi madre y por qué su mirada extraña, como impávida, cobraba vida de forma repentina cuando mi madre le prestaba atención o le defendía del humor pueril de mi padre. ¿Querría mi tío que mi madre fuese madre suya? Pero lo olvidé todo a la mañana siguiente porque, efectivamente, Papá Noel pasó por la casa de Piera.

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