Lujuria

La amargura me llena al echarte de mi vida. Escondida como estabas entre mis pechos, protegiéndome de la ignorancia de mis amantes y, a la vez, tentándome a sucumbir ante ellos, ante el apremio de sus caricias, de sus besos.

Y para qué te necesito ahora que sé que prefiero coraza para proteger mi parte más débil; mi lascivia se defiende sola. He de cubrir, con los retales que queden al rasgarte, la herida que llevo siempre abierta como advertencia a quien se acerque; que sepan todos los que me buscan que de mi duelo sale sangre, que vive aún, que respira.

Quedarán las horas que entretenías vacías como en barbecho, para que pueda plantar tabúes de hojas coloridas cuyos tallos esconderé en mi pelo con la elegancia de una amante vieja.

Pero soñaré contigo. Nos encontraremos tu yo, siempre amigas, en secreto. Tú vestida de rojo y yo de negro.

Podré vivir esta vida, lo sé, lo presiento. ¿Podré?

¿Y qué si se hace más grande la herida? ¿No has sofocado tú antes el dolor? Se haría más grande que mi pecho, se me caería el corazón y, con menos peso, podría entregarme a mi lascivia sin dilación, sin quejumbroso latido; sin falta.


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