La sonrisa del monstruo

El monstruo me amaba.

Yo nunca entendí bien la diferencia entre querer y amar. Amar me parece redundante, excesivo. Prefiero querer y que me quieran porque es una acción o sentimiento que abarca más clases de amor y todos mis días malos. Pero él me dijo muchas veces que me amaba y, en algún momento, yo dejé de protestar y me acostumbré a su amor.

Tanto me acostumbré que cuando las caricias que solían mostrarlo se convirtieron en arañazos para marcarlo sobre mi cuerpo, y también sobre mi alma, no dije nada. No dije "perdona, pero tu amor se siente como una herida"; "perdona, pero tu amor me encierra como un castigo"; "perdona, pero tu amor me pesa como una lápida". Tampoco dije "yo también te quiero" porque no hacía falta; como me explicó tantas veces, él me amaba por ambos y yo no tenía que hacer nada más que dejarme querer.

Me gustan las sonrisas y la mía, por lo general, gusta. Soy de las que sonríen a menudo buscando reciprocidad y estudiando la que recibo. Hay sonrisas Profident que la dejan a una como estaba; hay sonrisas llenas de hoyuelos que garantizan un buen rato; hay sonrisas que se extienden hasta los ojos y luego por todo el cuerpo y que terminan saltando de cara en cara como un virus altamente contagioso pero deseable por su simbiosis con nuestras almas. La del monstruo era distinta y no la pude catalogar la primera vez que me la dedicó. Con el tiempo lo hice. Era su sonrisa un hueco negro, carente de todo. Pero estaba llena de dientes. Me aterrorizaban sus dientes y la forma en que su labio superior se recogía para mostrarlos cuando me hablaba de amor, del pesar que yo le daba cuando insistía en hacerlo todo difícil porque no entendía cuánto me amaba y lo mucho que él sufría por mí. A pesar de sus lecciones yo no sabía lo que es el dolor de verdad.

Un día que se levantó sin amarme recogí lo poco que quise del tiempo que pasé en su abrazo largo —no más de ocho años y no menos de siete años y seis meses— y me escurrí por aquella rendija diminuta y llena de luz en que se había convertido la puerta de nuestra casa.  Ya alcanzaba la calle cuando él se llenó de amor por mí otra vez y pude oír que me gritaba: "Nadie te amará como yo. Nadie podría amarte tanto".

Me giré para contestarle: "Lo sé". Porque lo que él dijo era verdad y porque yo lo sabía.

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