La verdad como la carne: cruda

Es muy poco ortodoxo. No sigue mi línea habitual llena de ambigüedades para los buenos entendedores sólo, o para los poquitos que me conocen. No sé; me he levantado así, con ganas de explayarme al modo tradicional. Sencillamente me he dicho: ¿Qué cojones?

En casa se ha criticado siempre mi mal gusto para los hombres. ¿Por qué no? Algunas los prefieren morenos, otras rubios, otras sólo se fijan en el color de ojos; últimamente y gracias a esta estúpida guerra de los sexos que nadie gana y que, en mi humilde opinión, sólo ha servido para que las mozas se agarren cogorzas propias del fin de mes de los colectores de caña de los 80, también se fijan en que posean el cuerpo de un dios del Olimpo y el miembro, el apéndice mágico, de un tamaño considerablemente mayor que el de la media (notad agradecidos mi renuencia a añadir una medida en centímetros). Me parece estúpido considerar colores de pelo y ojos. No me aportan nada. No excitan mi imaginación que, dicho sea de paso, es mi auténtico órgano sexual. Tampoco me parece bien ir por ahí palpando estómagos para comprobar la existencia de músculos o grasa que los recubran, de la misma manera que no aceptaría que un hombre hiciese una cata de mi culo o tetas antes de decidir si soy digna o no de sus atenciones.

Pero esto no quiere decir que no me gusten los hombres o el sexo. Al contrario: soy prácticamente una obsesa. Tengo que imponer mi fuerza de voluntad para no sucumbir a los muchos encantos que observo en los movimientos, en las expresiones, en la actitud de los desconocidos. Si no son extraños, mi fuerza de voluntad me falla por completo al ser capaz de apreciar mucho más detrás de los gestos: auténtica belleza interior.

Y pese a todo esto, pese a que jamás me deslumbraron ojos exóticos ni cuerpos de Adonis, la gran mayoría de mis amantes y novios formales, han sido guapos por encima de la media. Me pregunto, ahora que hablo de esto, si les dolería mi incapacidad para apreciar su espectacularidad física.

La posibilidad de ligar por internet fue para mí todo un descubrimiento. De pronto tuve ocasión de conocer a hombres sin que la información de sus parámetros físicos, o los míos, fueran causas mayores a tener en cuenta. Desgraciadamente, no me va lo del cibersexo. El tacto es un sentido sin el cual no sé vivir. Un idiota que intentaba hacerme cambiar de opinión en cuanto al uso de la webcam y que no entendía que a mí no me excitase el ver como se masturbaba me preguntó qué buscaba entonces en la red: —¿Un novio?— se mofaba —No te puedes fiar de lo que te diga nadie en un chat. ¿Cómo vas a conocer el interior de alguien que puede contarte la versión más irreal de su vida?—. Yo le contesté con otra pregunta: —¿No te han mentido nunca en la barra de un bar?

A mi sí. Muchas veces. Y en internet también. Es por la clase de hombre que me gusta, creo; lo que llamaríamos “mi tipo”. Me gustan los hombres con arrojo, ardientes, cariñosos, de esos que se entregan sin medir las consecuencias. Me gustan los hombres que me abrazan hasta que yo ya no puedo pensar más, hasta que su pasión por mí me envuelve de tal manera que sé que, si desaparecieran repentinamente, la carencia de su calor me causaría la muerte por congelación súbita. Sí… Me enloquecen, me apasionan. Me mienten; o se mienten a sí mismos.

Lo que no llego a entender nunca es ese miedo a la amistad, al afecto, a la complicidad, a compartir algo. —¿Qué hay de malo en querer sólo sexo?— me pregunta ese al que le gusta la verdad como la carne, cruda. Supongo que no tiene nada de malo si la persona con la que mantienes esa relación de “exclusivamente sexo” es una persona conformista o superficial; yo no lo soy, y tampoco estoy en situación de tener que aceptar la primera oferta por temerla única. Mi planteamiento es el siguiente: ¿por qué aceptar un paquete que sólo incluye sexo cuando hay tantos que ofrecen mucho más por el mismo precio? No, no hablo de noviazgos que, seamos honestos, tampoco me interesan demasiado. Me parece que aquéllos (hombres y mujeres) que van por ahí ofertando el mero placer carnal, el orgasmo, tienen o bien un concepto muy pobre de sí mismos ya que un orgasmo (o varios) lo puede proporcionar cualquiera, o bien muy alto y muy poca experiencia ya que no saben que un orgasmo lo puede proporcionar cualquiera. La pregunta del millón es, sin embargo, por qué los hombres (o mujeres) que sólo ofertan sexo se esfuerzan tanto o más que los demás en caer bien, en resultar simpáticos, en establecer una conexión con el objeto de su deseo. Debe de ser el marketing, la campaña a bombo y platillo necesarios para convencer de la adquisición de una marca que, por sí misma, no se diferencia del resto más que en la mínima inversión por parte de sus fabricantes.

Por favor, que nadie lea amargura entre líneas porque no hay tal. Quizás me siento algo decepcionada pero estoy bien. Me encuentro tan bien como cualquier persona que sabe lo que está por venir: él, el siguiente, me va a preguntar muy pronto, a través del Messenger o delante de una taza de café, a qué dedico el tiempo libre. Yo le diré la verdad: le diré que paso casi cada hora consciente no laboral escribiendo porque es lo que más me gusta hacer. Él me preguntará qué escribo y le diré que escribo basurilla. Él me pedirá que le enseñe algo y yo, renuente al principio, le traeré aquí, a la sombra de un pino. Leerá con la ilusión de poder llegar a conocerme. Le encantará la forma en que huyo de la superficie y me arrastro por el fondo de lagos cristalinos o ciénagas llenas de monstruos. Tal vez se atreva a dejar un comentario si le parece que su gramática está a la altura de los que han dejado su opinión antes de que él llegase, si no es así me lo dirá en persona, en el próximo encuentro real o virtual, puede que hasta me llame por teléfono para decirme que le encanta la riqueza de mi expresión; es más, lo que le maravilla es la riqueza de mis sentimientos; que le gustaría ver el mundo, por un segundo, con mis ojos.  Dirá algo así como “no te imaginas qué ganas tengo de besarte ahora mismo”. Puede que hasta me diga que ya no piensa en follar conmigo, sino en hacer el amor. Esto me acobardará un poco y tendré que pensar en ello durante unos días, hasta llegar a la conclusión de que quizás yo pueda arriesgar tanto como él ya que tanto me gusta.

Él será un idiota que no entenderá nunca la forma en que embriaga mis sentidos a través de las emociones que me inspira. No entenderá que no existe falo al que yo guarde lealtad pero sí persona a la que yo prefiera por encima de todas las demás. El placer físico será enorme porque estará apoyado en mis afectos por él, en mi ansia por conocer cada uno de sus rincones, en compartir. Pero él no se dará cuenta de esto; decidirá que, ya que la relación sexual es tan gratificante para ambos, puede empezar a ahorrarse todo el esfuerzo que conlleva ser mi amigo.

Yo me encontraré perdida sin él, sin ganas; pensaré que la noche anterior fue abducido por extraterrestres y que éstos han devuelto al planeta su cuerpo vacío, sin su persona; sin esa persona que tanto me gustaba. Me atacará la inapetencia, dejaré de desearle y él preguntará entonces: ¿Qué hay de malo en querer sólo sexo? Lo malo está en que, con ese cuerpo vacío que ya no albergará a la persona amiga, a mi cómplice, no sólo no querré sólo sexo; sencillamente, con él, no querré ya nada.

Para aquellos que degustan la verdad y la prefieren cruda como la carne, yo he servido la mía.

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2 pensamientos en “La verdad como la carne: cruda

  1. Me quito el sombrero ante vos…

    Despues de un par de entradas en las que no me he atrevido a meter la cuchara pues como bien dices arriba no creo que mi gramática esté a la altura (y no es que quiera ser el siguiente en probar suerte, Dios me guarde) por fin bajas a mi nivel.

    Podría suscribir casi cada una de tus palabras ya que la mayoría de ellas parecen sacadas de mis pensamientos… Es curioso como siempre, estando a favor de esa libertad sexual que hoy se promulga, he necesitado de ese algo mas para poder disfrutar realmente del sexo.

    Y es que al contrario de lo que pueda parecer el sexo no es algo físico sino mas bien psicológico, es casi un estado mental, es ese chip que se activa en nuestra cabeza en un momento dado que para algunos parece coincidir con la mera visión de un cuerpo bonito y otros sin embargo buscamos ese detonante en una sonrisa, una mirada o cualquier otra cosa que sea capaz de conectar con nuestro yo interior y darnos ese ligero toque en el alma.

  2. Hola. creo que el problema esta en lo que llamas “tu tipo”. Esta claro que son hombres enamoradizos que se enamoran y desenamoran a la velocidad de la luz o del sexo, jeje. Espero que mejore tu suerte a lo largo del 2009.

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