Contracuento

CarlotaErase una vez una oruga jovenzuela y alocada que se llamaba Carlota y que se lo pasaba muy bien devorando hojas en los árboles. La oruga, más bien rechoncha, conocía mil clases distintas de árboles y sus características porque lo que más le gustaba hacer era subirse por los troncos de éstos todo el día. No quería dedicarse a nada más en la vida.

Pero la oruga Carlota vivía en una zona muy conservadora donde todos estaban orgullosos de sus largas tradiciones y de cumplir con todo eso que ellos llamaban su deber como miembros de la especie.

A Carlota le deprimía la perspectiva de engordar y ganar fuerzas para poder después pasarse una temporadita dormitando y cambiando, convirtiéndose en otra cosa, dentro de un canastillo fabricado con lo que le saliese del culo. No, ella no quería hacer nada de eso. Quería permanecer oruga y comer hojas y trepar troncos despacito, teniendo todo el tiempo del mundo para llegar hasta la copa y su verde alimento.

Se había contemplado en charcos de vez en cuando y había quedado satisfecha siempre con su buena presencia física: su formita de acordeón era proporcionada y graciosa; sus colores eran vivos y, además, no era una de esas con todo el cuerpo lleno de pelusilla que podría provocar repugnancia a cualquiera. Sí, tenía encanto y atractivo. Sin embargo, todas sus amigas oruga pensaban sólo en la metamorfosis: que si te salen unas alas preciosas, que si te conviertes en el insecto más bello del mundo… A veces se hacía un silencio profundo justo después de esta afirmación pues aún se hablaba de Mina, una oruga que pertenecía a otra arboleda y que llegó allí sin que nadie supiese el cómo ni el porqué y que era la más bonita que se había visto nunca. Todos esperaron impacientes debajo de su crisálida desde que se introdujo en “el cambio” hasta que por fin amaneció, seguros de que sería también la mariposa más espectacular. Todos se quedaron horrorizados al verla salir convertida en una polilla. Qué asco.

Carlota, esclava de su cuerpo como el resto de las criaturas físicas, comenzó un día a encontrarse mal: le dolía la tripa y, aunque al principio pensó que se trataba de gases, —morera traicionera— se decía a sí misma, terminó cagando seda.

No le costó mucho encontrar el lugar perfecto para colgar su capullo gracias a las excursiones que había realizado. Carlota se dejó vencer por el cambio porque no le quedaba más remedio: ceder o morir. Por eso se puso a dormir pensando que quizás la metamorfosis pudiera llegar a gustarle. Quizás no se sentiría como en carnavales.

Resultó ser una mariposa muy bonita. De hecho es la única que consigo contemplar sin horror, soy entomofóbica, y la única que me gusta de todas las que tiene pinchadas mi tío en ese marco de tortura y que tanto me sobresalta al tropezar mis ojos con él cada día.

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