Bajo tierra

Intento evitar la náusea porque deseo ser buena persona; deseo tener una opinión positiva de todo, de todos; sí, también de mí misma. Ah… Pero es superior a mis fuerzas: en los transbordos, una vez en el centro —perdón: he debido decir bajo el centro— cuando por fin veo acercarse el tren, que seguramente ya llevo esperando más de lo razonable o, en cualquier caso, más de lo programado, me asalta esa sensación de desprecio por la humanidad entera; sí, también por mí misma.

Es el ver llegar el tren con toda esa gente hacinada en su interior lo que me altera, el reconocimiento de la masa que forman y su aceptación por formar parte de ella. Yo espero en el andén a que el tren se detenga. Hace sólo un segundo que he comenzado a notar la impaciencia de los que esperan detrás de mi. Me hacen saber que esperan el momento de subir y ser parte de la masa y que esperan que yo también sea entusiasta en mi deseo de formar una mayor con ellos; esperan que sea rápida en mi incorporación. Me empujan. Es su efectivo sistema de comunicación.

Algunos afortunados se apean. Tienen que luchar para escapar al torbellino que forman los impacientes por comenzar el viaje. Puedo ver el alivio en sus caras. Podrían ver la envidia en la mía, pero no me ven: continuarán ciegos mientras estén bajo tierra porque aún forman parte de este topo gigantesco que somos entre todos y que a veces pierde pequeñas piezas que nadie echa en falta.

Una vez en el vagón, estando todos cara contra cara, pies sobre pies, codos contra hígados, acicalados contra ahorradores acérrimos del agua y, ya que estamos, del jabón, esposas de hombres prepotentes contra hombres que arrastran su vida dentro de una bolsa de plástico de Mercadona y no una de papel y lujoso color negro de Ralph Lauren; una vez ahí, y con el punzante dolor de cabeza que me produce saberme tragada por la marabunta, entiendo la insoportable miseria del ser. Comienzo a comprender que la levedad es sólo una bendición. Pudiendo observarlo todo, lo comprendo todo.

Al ver a ese hombre y esa mujer que nada más cruzar la puerta del vagón se giran y taponan la entrada —ellos se bajarán en la siguiente estación— no permitiendo entrar a los que aún esperan en el andén, alegando falta de espacio, he comprendido que son los padres de aquel niño al que oí hace muchos años en la radio, en alguna clase de experimento psico-educativo, describir el socialismo como la práctica que convertía a “algunos ricos y muchos pobres” en “todos pobres”.

He visto y entendido la misoginia y otra cosa que no sé si ya tiene nombre en los ojos del hombre maduro que ofrece su asiento a otro más joven y con aspecto de obrero, pero se lo niega a la madre joven y burguesa y al niño. Ellos no saben ni sabrán lo que es partirse el lomo para comer.

La vergüenza ajena en la reducida porción de cara que asoma desde un pañuelo aspirante a burka en una mujer que contempla a la adolescente que ha usado su máscara de pestañas para pintarse las cejas. Lo cierto es que ambas están horribles.

El inmigrante que siente miedo de que el motivo de que vaya a pie en lugar de ir sentado sea su color de piel y no el haber llegado el último, cuando todos los asientos estaban ya ocupados.

También veo mi reflejo y aprovecho para dar un buen repaso a la hipocresía de quien dice no reconocer la amabilidad en nadie y sin embargo es incapaz de sentir simpatía, de sonreír, de dar los buenos días.

Cuando por fin me llega el turno de salir del vagón de los esperpentos, corro por los túneles despavorida. Me digo que llego tarde; me doy cualquier excusa, mientras corro soñando con el aire sucio de arriba que me limpiará los malos pensamientos. Sueño con las noticias sobre guerras, ejecuciones, odio, tiranía que escucharé mientras desayuno en la cafetería de todos los días. Luego contarán sobre la nobleza de todos los que se unen en la ayuda tras la catástrofe inesperada de algún lugar que no cuenta con nuestro sofisticado sistema de transporte público. Si es que en el fondo todos somos buenos. Ni si quiera mi jefe es de naturaleza malsana. Incluso yo soy tolerable.

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