La Paca, una rubia artificial muy realizada

 

Esta historia está basada en hechos reales

La Paca soñaba ya en su tierna infancia con ser rubia. Los cantos de los canarios en el balcón de la casa de su madre compitiendo con La bien pagá y María de la O le trasladaban a los tiempos de la Saritísima. Deseaba ese glamour de las mujeres anchas de caderas y bustos llenos de amor y desdén a partes iguales, repeinadas, que esperan a hombres de torsos cubiertos de vello y culo prieto, a medio recostar, para no estropear el moño, en divanes, suspirando humo de cigarrillos con boquilla entre labios carmesí.

Pero estaba segura de que jamás alcanzaría su sueño. Su pelo negro, la calvicie de su padre y el tamaño ya tan notorio, desde el mismísimo principio de su juventud, de ese miembro que clamaba al cielo todas la mañanas una virilidad acuciante, fueron las señales inequívocas para ésta, nuestra heroína, de que su futuro languidecería a sus pies de talla 43, sin que ella pudiera agacharse si quiera para acariciarlo llevando un vestido de seda roja partido irremediablemente sobre el muslo izquierdo. Y qué muslo hubiera sido, qué vista magnífica para un observador con gusto, con un poco de depilación, se lamentaba la Paca.

Pero ella, tras su primera polución nocturna, a cargo de la varonil actuación de Robert Redford en Brubaker, se llenó de determinación y, aprovechando que su madre salía al mercado, agarró los cinco canarios por el pescuezo, los sacrificó con eficiencia de autómata, los desplumó y se los vendió al pollero que vivía en el bajo de su portal para huir con las ganancias al puerto de montaña más cercano.

Lo pasó mal la Paca echándose cualquier cosilla a la boca para su sustento, quinientas pesetas miserables cobraba la pobre; dormía a la intemperie, en un saquito Altus apolillado que encontró al pie de un pino; arriesgándose a perder su virginidad a manos de un Curro Jiménez sin patillas. Pero pronto descubrió que el negocio a lo grande no se daba tras las encinas en las rutas de senderismo de Cercedilla, sino en los aparcamientos de la estación de esquí de Navacerrada: por un sueldo medio decente más propinas, habitación de servicio en un hostal y dos platos de comida caliente, todo lo que tenía que hacer era hincharse a beber cerveza y orinar en las cerraduras de los coches; éstas quedaban totalmente congeladas durante las tardes de invierno impidiendo la entrada de la llave de sus propietarios. La Paca sabía que tendría que volver a Cercedilla cuando acabase la temporada de esquí, pero eso, lejos de animarla a ahorrar, la convirtió en una vividora que derrochaba todo cuanto llegaba a sus manos: carpe diem. Fue así como cierto día caminó al pueblecito y, sin saber muy bien cómo, cruzó el umbral de la única droguería del lugar para comprar una caja de tinte Rubio Ceniza de Clairol.

Lejos del presagio de pobreza estival, la última locura cometida supuso, más bien, una inversión propia de visionarios: pronto se amontonaban cientos de clientes a ver a la Paca en acción, con su cabello rubio cortado a tazón brillar como el sol, casi tan cegador su resplandor como el de la blanca nieve. Ella lo sacudía con gracia ladina a la vez que regaba, con su elixir tan rubio como su pelo, con su manguera y ese chorro potente al viento, alcanzando tres y hasta cuatro vehículos a la vez y sus correspondientes cerraduras. ¡Bombero, bombero!, gritaban niños y adultos; adultos y adultas. Las propinas caían en sus bolsillos a raudales.

Era la Paca ya una celebridad local cuando llegó a Navacerrada Txema, un productor de calendarios —Good Ol’ Times— que atinó a ver de inmediato las posibilidades de enriquecimiento, tanto pecuniarias como personales, en ese cuerpo que parecía cincelado por los propios dioses olímpicos, coronado por aquella melenita rubia, discreta, de excelentísimo gusto.

Txema, de un acusado parecido con Andoni Ferreño, siendo un endurecido hombre de negocios, no dudó por un sólo instante en usar sus artes de seducción con la Paca y está calló rendida a sus pies tan pronto como él adivinó la debilidad de nuestra heroína por los zapatos de charol rojo y tacón de aguja. Él se los regaló el día que ella cumplía sus veinte primaveras.

Txema se llevó a la Paca a Madrid y la convirtió en la modelo principal de su colección de calendarios, postales, agendas y hasta almohadillas para ratón con tema “Bomberos con fuego en el cuerpo”. El éxito fue contundente según se declaró en El Mundo y que resultó más que obvio durante una oleada de incendios menores provocados en los barrios de Chueca y La Latina, los cuales cesaron sólo cuando se hizo evidente que la Paca, ahora conocida a nivel nacional como Francis Del Mango, no apagaba incendios, sino que se limitaba, en su papel de Bombero Honorario de la Comunidad de Madrid, a representar a los auténticos profesionales en material de oficina y también en las reuniones sindicales. Todos le adoraban pues consiguió subidas de sueldo que alcanzaban cotas jamás soñadas anteriormente.

La Paca era feliz como nunca se creyó capaz de serlo; junto a sus logros en el ámbito profesional, podía presumir también de una vida conyugal llena de amor y respeto por ese hombre maravilloso que era Txema y que le había regalado la vida que siempre soñó. Durante el día acudían juntos a sesiones fotográficas, inauguraciones, eventos culturales y sociales; por las noches jugaban a La Guerra de las Galaxias con sus sable-laser, a las películas antiguas de espadachines —Burt Lancaster contra Errol Flynn—. La Paca estaba enamorada.

Txema no tanto y, como para demostrarlo, un día que había bebido algo más de la cuenta, atacó duramente a la pobre con todo tipo de críticas: a ver si te tiñes pronto, que se te ven las raíces, aunque parece que la alopecia eliminará pronto este problema y, mírate, te estás ablandando, estás rechoncha. La Paca ya no podía más con esta crueldad tan innecesaria y confesó: he tenido dos faltas ya; querido: creo que estoy embarazada; es por esto por lo que he ganado algo de peso y por lo que no debo teñirme el pelo. Txema no podía dar crédito a lo que oía: ¿cómo podía ser posible que la Paca estuviese encinta? Tenía que ser falso… ¡Él era estéril, por el amor de Dios! El hijo tenía ser de otro, de algún bombero o, peor aún, del fotógrafo. Un hombretón del norte que se precie jamás toleraría la infidelidad, por eso, aprovechando que la Paca salía a la mañana siguiente a hacerse la manicura, rebuscó en los armarios hasta encontrar aquellos zapatos rojos de tacón de aguja, algo nostálgico por los viejos tiempos en los que se sintieron tan unidos, y huyó con ellos bajo el brazo diciéndose que no debía sentirse culpable pues una talla 43 no es fácil de encontrar y podría necesitarlos para conquistar a la próxima rubita.

Cuando la Paca regresó con sus uñas de porcelana de color rubí y comprendió que había perdido a Txema para siempre recordó la matanza de canarios que había hecho a espaldas de su madre y se despidió de sus zapatos en silencio, aceptando su karma y, con ese desmesurado instinto maternal que crecía dentro de ella a la vez que su hijo —tendría un hijo gay, estaba segura— se dio cuenta de que tenía mucho por hacer, que la vida continuaba y que la suya estaría desde este momento dedicada a su hijito. Decidido: regresaría con mamá; regresaría a Alcalá.

Marisa, su madre, mujer de belleza sin igual, había envejecido prematuramente a causa del sin vivir que le produjo la desaparición de su hijo y no a causa del resentimiento como la Paca sospechaba. Esta amantísima madre se llenó de alegría en el mismo instante en que la vio, allí, en la puerta, con aquella tripa que gritaba al mundo entero el milagro de la vida y recordó, para sus adentros, las grandes enseñanzas que obtuvo de Jeff Goldblum en Parque Jurásico. Después de todo eran ciertas no sólo las teorías del caos, sino también que la vida se abre camino.

Se propuso de inmediato convertir a su hijo, a quien, a partir de ahora llamaría Frasquita, y a su futuro nieto, un niño gay según les decía a ambas el instinto maternal, en los únicos objetos de su interés; les dedicaría los años que le quedasen, alimentaría a Frasquita como era debido, construiría una cuna con ramas de palmera, como había visto a John Locke hacer en Perdidos, tejería patucos y se bajaría de internet toda la colección del Cuerpo humano, para ayudar a la parturienta Frasquita a dar a luz en casa sin que médicos métome-en-todo comenzaran a intentar explicarse este milagro justificándolo con mutaciones de genes de anfibios africanos. Jamás permitiría que ocurriese semejante cosa; a su Frasquita, no.

Los meses pasaron mientras el cuerpo, una vez perfecto, de la Paca quedaba convertido en el de una ninfa de la opulencia con desequilibrios hormonales. Marisa observó con detenimiento todas las escenas gore de House, Emergencias y Anatomía de Grey, y practicó después en pollos, al igual que el doctor Burke tras su desgraciado accidente, la cesárea que, en breve, traería a este mundo a su nieto gay, no sin apreciar con algo de ironía, que la vida de Frasquita parecía condenada a servirse de pájaros muertos y desplumados para medrar.

Pero todo fue en vano. El día D y tras una señora sesión de jachís servido en cachimba, tras romper aguas, la Paca anunció sin un ápice de miedo en sus ojos que deseaba un parto natural… Y se dispuso a empujar con su habitual tenacidad, hasta parir a su hijo.

Le llamó Jesús por aquello del milagro de los peces y corrió a bautizarlo tan pronto como la hubieron atendido en la peluquería del barrio. Esta vez no sólo se tiñó de rubia sino que se hizo la permanente adquiriendo un look muy a lo Marilyn. Marisa le compró a la Paca un vestido de lentejuelas que apenas daba para cubrir sus pezones y ésta se lo ponía todas las noches para cantarle a Jesús, a modo de nana, Y sin embargo te quiero. Qué lagrimones le escurrían a la pobrecita por toda la cara y cómo se le enganchaban en los pelillos mal afeitados, cuando llegaba a estas estrofas:

Vives con unas y con otras

y na’ se te importa de mi soledad

sabes que tienes un hijo

y ni el apellido le vienes a dar.

Llorando junto a la cuna

me dan las claras del día,

mi niño no tiene pare

que pena la suerte mía.

Anda, rey de España,

vamos a dormir

y sin darme cuenta

en vez de la nana

yo le canto así:

Te quiero más que a mis ojos,

te quiero más que a mi vida,

más que el al aire que respiro

y más que a la mare mía.

Que se me paren los pulsos

si te dejo de querer,

que las campanas me doblen

si te falto alguna vez.

Eres mi vida y mi muerte

te lo juro compañero,

no debía de quererte

no debía de quererte.

y sin embargo te quiero.

¡Qué soberbia estaba la Paca, cantándole a su Jesusín de esta guisa! Tanto que los vecinos, escuchando a aquel ángel, hicieron, sin mala intención, correr los rumores sobre la rubia de postín y voz de tenor hasta el punto que un día acudió Carmelo a su casa, presentándose con una tarjeta que anunciaba su profesión de representante y productor de espectáculos de cabaret. La Paca firmó el contrato vinculante sin pensárselo dos veces y sólo impuso una condición: quería unos zapatos con tacón de aguja; y rojos, de charol. No hubo problemas.

Los años pasaron para la madre trabajadora en un abrir y cerrar de ojos y pronto se encontró con un hijo independiente, una madre que estaba más “pallá” que “pacá” y una consolidada carrera de cantante de copla desde el anonimato más cauto —Paca Carrington, se hacía llamar—. Pero fue entonces cuando la tragedia llamó a su puerta: le llegaron rumores de que su hijo Jesusín no era gay, sino bi; que lo mismo le daba ocho que ochenta, que ni chicha ni limoná, que tanto a la carne como al pescado. Aquello no era orientación sexual, era vicio. La Paca lo echó de casa sin contemplaciones, eso sí: con el corazón roto y dos lagrimones. Esto no se le hacía a una madre que había luchado tan duramente por su hijo. Cuántas películas de Raphael habían visto, cuántas tardes de sábado en Cine de Barrio; todo en vano si al mocito le ponía la Jolie tanto como el Burt Reynolds. La Paca sentía que le había dado su leche a un desconocido.

Marisa estiró la pata del disgusto y dejándola tan sola aprovechó para irse a las Américas. Allí estudió baile con Madonna que confesó acudir al teatro de incógnito siempre que leía en cartelera el nombre de Paca Carrington. Se hicieron íntimas amigas y se dejó iniciar en las artes de seducción mediante el yoga, pero a la Paca le atacaba la artritis y tuvo que resignarse a los métodos tradicionales —corsés apretados y soplar el humo intencionadamente a los ojos de su presa para que esta no la viera venir— pero un día, contemplándose en el espejo y observando la calvicie ya imposible de ignorar decidió que había llegado la hora de adquirir una peluca o regresar a casa a vivir la menopausia como una mujer decente.

Al volver, encontró a Jesusín en el aeropuerto; había leído en todos los periódicos sobre su regreso y quería ser el primero en abrazarla. Necesitaba de su perdón, según le dijo. La Paca miró a ese hombretón a punto de cumplir los treinta y se dijo que él también se merecía ser feliz por lo que le daría la libertad de perseguir sus sueños como hizo ella tanto tiempo atrás.

Sólo unos meses después, durante la fiesta de cumpleaños de su hijo, pudo sentir la Paca todo el orgullo de que es capaz una madre, al ver cómo su hijo, por ser más liberal en gustos, tenía garantizado el amor. No se lo reprochó ni se reprochó nada a sí misma tampoco, pues ella fue sólo el producto de sus circunstancias y de su educación. Muy al contrario, echó la vista atrás y dijo para sí: ¡soy rubia y cojonuda! ¡Me siento realizada!web tracker

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2 pensamientos en “La Paca, una rubia artificial muy realizada

  1. Sabía que tarde o temprano alguien escribiría mis memorias, ya me puedo sentir como Junior o la Reina Sofía. Muchas gracias!!!! por este momento tán divertido.

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