Reflexiones de domingo al ritmo de cuerda de Bach

Me he despertado a las 9.30. No entiendo por qué. Anoche me acosté tarde aunque no salí; Joscuro y Vicky estuvieron aquí —en realidad aún están aquí, inconscientes, durmientes, soñadores— más de 3 metros por debajo del nivel de estas reflexiones. Me pregunto con qué sueñan ellos… Yo he soñado con el asesor.

No sueño, por lo general,  con ninguno de mis amantes ya que resulta demasiado placentero. Las noches las aprovecho para pasar cuentas conmigo misma, para castigarme; es algo necesario, al parecer, y en la oscuridad, con los ojos cerrados, sin verme y viéndolo todo con claridad, toda esa retahíla de pecados imperdonables, las recriminaciones asustan un poco menos. Si no me despierto; si no abro los ojos.

En el fondo me alegro de estar en pie desde temprano: el día es soleado, intenta convertirse en buen augurio. Pero me aburro. Sólo yo estoy consciente; sólo yo tomo café; sólo yo sigo el sonido de la respiración de Joscuro y Vicky, sospechando arritmias, calculando el despertar de todo el espectro cacofónico del que es capaz esta casa y mi disculpa con el señor Johann Sebastian Bach.

La fiesta de anoche era en realidad la reunión de un club clandestino de corazones solitarios: estaban los que jamás se sienten bien acompañados, los que extrañan sin remedio, los que no saben cogerse de la mano… Mi abuelo decía: “tienes un pedir que parece un dar“. La fiesta de anoche unió de nuevo a los que no saben pedir, ni si quiera dando antes, ni si quiera dando dos veces; los ensayos de nuestra comedia parecen más provechosos entre un público sin dramaturgos.

Me he metido en Facebook. Necesito acabar con el sopor del aburrimiento tan desconocido para mí; no sé tratarlo. He hecho un test: Lo que la fecha de tu nacimiento dice acerca de ti.  He contestado a todas la preguntas —mes, día, color y número favoritos— sin hacer trampas; he practicado la honestidad absoluta. Me da igual el resultado. Jamás me reconozco en los tests de personalidad, incluso los realmente introspectivos; ésa que dicen que soy se convertirá en un monstruo durante la noche ciega.

El test dice, entre otras cosas aburridas —tendré que encontrar otra forma de salir del laberinto sin muros—, que soy sexy de una forma que sólo mi amante puede apreciar. Me fascina la idea de la intimidad total, del secreto, intrínsecos de la tesitura de mi colchón. Pero no quiero pensar en esto ahora. No quiero recordar el sueño ni al asesor. Pero sigo pensando en ello; en las veces que me niego a lucir un escote más bajo, una falda más corta, una sonrisa más amplia, un carácter más fácil, una expresión repleta de palabras ya dichas mil veces por tantos otros con las que dar y pedir.

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