Hablar por no callar

El otro día, durante mi viaje de regreso en metro de la oficina hasta mi casa, un poquito más apretados que de costumbre, y teniendo que viajar de pie, como casi siempre —parece que los sectores de la población en estado de buena esperanza y en estado de no esperar ya más que les alcance la pensión hasta final de mes sienten preferencia por exhibir su dolor de piernas, espalda y cansancio en general a mi alrededor y no alrededor de otros— reparé en que mi compañero de viaje más próximo me miraba con un interés fuera de lo común y, sin embargo, nada halagüeño. La duda terrible, la DUDA con mayúsculas, me sobrecogió: ¿había estado hablando sola? No se me ocurrió pensar que quizás llevaba el pelo demasiado revuelto, que tal vez le recordara yo a alguien, que el hombre tuviese esa expresión de reproche en su cara día y noche y que sólo me miraba por tenerme inevitablemente enfrente. Sólo pude pensar que, casi con seguridad, había dejado que el entretenido diálogo que mantenía conmigo misma, con mi egojefe, con mis egoamigos, con mis egofamiliares —no llegué a saber de quién se disfrazaba mi alter ego en aquella representación porque no pude volver a ella después de la interrupción— traspasara mi tejido cerebral y llegase, en impulsos eléctricos, hasta mi lengua y labios. Había dejado escapar la tenaz argumentista que soy dentro de mi imaginación y había dejado que irrumpiera en mi vida real.

No, no había hecho semejante cosa. Una mirada al resto de los viajeros confirmó que sólo ese hombre de mirar mezquino sentía interés por mi persona y, tras unos segundos de observación recíproca, decidió cambiarme por la chica de pelo color rosa y cara llena de piercings que tenía también enfrente aunque algo más a la derecha y a un paso largo de distancia. Pero hay gente que habla sola. Y no me refiero sólo a los alcohólicos que han desarrollado esa paranoia que divierte a niños de barrios o pueblos pequeños, donde parece fundamental la existencia del “tonto” para entretener las tardes sin travesuras en la agenda. Hay gente perfectamente “normal” que va hablando por la calle, tal es la intensidad de sus pensamientos. ¿Quién necesita la telepatía?

Pero sí que hablo con mi perra. Lo cierto es que llevo tanto tiempo hablando con ella que lo hago ya sin importarme la presencia de testigos y sus risas o comentarios mordaces —¿Qué te ha contestado? Es que no puedo oírla desde aquí—. No me importan estas bromas; mi sentido del humor sabe aceptarlas.

Lo cierto es que muchas noches, cuando llego a casa, no hay nadie más que ella que, a su vez, está loca de contento de tener a alguien contra quien restregarse y a quien llenar de pelos. Y no le hablo, porque la respeto demasiado, en ese lenguaje imbécil desarrollado por nuestra prepotencia para comunicarnos con seres que cosideramos de menor inteligencia. No, yo le hablo como hablaría a cualquiera que supiese que está dispuesto a escuchar. Le hablo de todo, casi como si me lo contase a mí misma. Y ella escucha con expresión inteligente y sé que capta, si no el significado de cada palabra, el estado emocional en el que me hallo y esto es mucho más de lo que puede hacer la mayoría de las personas con las que me comunico a diario, por placer u obligación. No he conseguido, sin embargo, que entienda las diferencias más básicas entre la tierra de un descampado y el parquet del salón; aunque no me cabe duda de que sí es sensible a mi cabreo.

Pero dejemos a mi perra a un lado, puesto que me gustaría proteger su privacidad, y centrémonos en esa necesidad de comunicación, más acuciante en unos que otros, desde luego, pero intrínseca al ser humano. Tanto es así que nuestros pensamientos se forman con palabras. Me inquieta que todas mis ideas estén, desde su formación en mi cerebro, listas para su retransmisión. Y, ¿no es esto mismo lo que me obliga a filtrar para poder mantener secretos? Y, ¿qué hay de aquéllos que no los saben guardar? Mejor, dejémoslo y veamos si soy capaz de dejar la comunicación por hoy.

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