Lo que no pienso en Navidad lo pienso en Semana Santa

Supongo que porque me quedo sola; y no me disgusta mi situación, al contrario, la he escogido yo. Porque llevo tiempo intentando encontrar un momento para mantener una conversación seria conmigo misma. Algunas personas, tal vez las mismas que se lamentan de su soledad, encuentran muy fácil la tarea de hacer tiempo para ellos mismos. Yo, a pesar de estar sola con frecuencia, no me siento así. No es lo mismo estar sola que estar sola, solita, solísima, desprendida, suspendida, pendiente del hilo del que se cuelga, el hilo tenso que no acierta a enredarse con otros, que sólo parece capaz de hacernos girar sin desplazamientos laterales, sin incremento de arco, sin chocar con otro trozo de humanidad.

Choco a menudo. La violencia del golpe me desintegra y termino recogiendo partículas del suelo sin estar muy segura de cuántas partes tengo, a partir de ese momento, de ese otro ser tenaz que me ha embestido o no ha sentido miedo de que yo le embistiera. Qué desastre, me oigo decir, mira cómo lo hemos puesto todo, míranos tan desordenados…

¿Qué se sentirá siendo puro, sin mezclas, sin derramarse en otros, sin vertidos ajenos dentro del recipiente propio? Apuesto que es doloroso. Sí, estoy convencida de que la única forma que muchos encontrarían de mostrarme su soledad sería la bofetada que me obligara a girar la cabeza para observar las distancias y medirlas mejor.

Ni siquiera la noche trae esta clase de soledad a mi cama, sino más bien sólo la solicitud de mantas más gruesas hechas de ese tejido que sólo se puede hilar con caricias, de ese que no se puede lavar a máquina, sino con besos. Es, al fin y al cabo, sólo el deseo.

Y, sin embargo, mi deseo más reciente es el de estar sola un momento. Para encararme. Quizás para toda la vida si supiese vivir sin esas compañías que me frecuentan, esas que visto a diario porque parecen un perfume que mi piel haya aprendido a expeler, como si mi sudor pudiera guardar la memoria molecular del de otros. Y esas otras que han tocado más adentro, armas blancas cuya extracción me expondría a la hemorragia definitiva, cambiando el leve escozor de la taciturnidad por el helor sin remedio.

No sé bien por qué —sí lo sé pero no deseo compartirlo— he recordado hoy el verano pasado y cómo Salva me hablaba de aquella chica que se encontró, sucedió de tal forma que podemos culpar al azar, que le fascinaba sin motivo aparente e incluso en contra de su criterio. Él decía que no estaba enamorado y yo jamás lo puse en duda. Parecía haber entre ellos alguna clase de afecto a medio camino entre la amistad reciente y otras cosas que cada uno bautiza a su gusto, dejándonos sin nombre para referirlo aquí, y sexo. Pero el sexo tampoco era satisfactorio para Salva. Sin embargo, Salva se pasaba el día describiendo la forma en que ella caminaba y se retiraba el pelo de la cara, la comodidad con la que podían hablar de todo, el consuelo que ambos encontraban en el otro cuando las cosas se torcían.

Un día la chica, Ceci, le dijo que deberían vivir juntos y Salva debió estar de acuerdo porque se puso de inmediato a buscar un piso con sitio suficiente para tener alguna invitada algún fin de semana; yo, sin ir más lejos.

Y un día en que Salva y yo estábamos explorando algún parque de la zona, sin ella, por motivos de salud, mientras buscábamos el banco en que nos sentaríamos para comer nuestros bocatas de tortilla, ellos dos tuvieron, mediante sus respectivos móviles, la última conversación. Jamás llegaron a discutir. No hubo enfado ni vejación. Ceci, simplemente, no volvió a llamar a Salva ni descolgó el teléfono cuando éste le llamó. Me pregunté durante unas semanas si Salva se sentía solo entonces, si a Ceci le había dado miedo desprenderse de su soledad o si había averiguado, mientras él y yo paseábamos por el parque, que ni con Salva podría sentirse acompañada. ¿Hay soledad peor que la que nos conforma?

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3 pensamientos en “Lo que no pienso en Navidad lo pienso en Semana Santa

  1. Por desgracia sí que la hay. La desesperanza de estar acompañado y sin embargo, sentirse solo constantemente.

    Hoy tengo el día sensible, a pesar de nuestra conversación de antes. Últimamente siempre deseo sentirme como en casa, pero esa sensación se fue, para dar paso a la soledad, y ni en mi casa, me siento como en ella.

    Si por un momento pudiera no desear…

    Besitos

  2. Por cierto, creo que Ceci aprovechó la nochevieja como excusa para dejar constancia de que no había olvidado del todo a Salva, pero sólo eso y nada más.

  3. Juanma, estoy del todo convencida de que las casas no se construyen con ladrillo, pero hete aquí que sólo pensamos en el precio del material de construcción y el valor del suelo por lo que terminamos trabajando por dinero para comprar una casa de ladrillo o alquilarla y eso es todo lo que obtenemos. Quizás deberíamos trasladar nuestra pasión y codicia a otros lugares, y sí: seguir deseando en todo momento.

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