Rutinas

Sandra vive una vida anónima. A ella le gusta así.

Por la mañana, su despertador suena a las seis y veinte y entonces ella, aunque está despierta, no apaga la alarma, sino que la retrasa otros diez minutos. Ese es el tiempo que ella necesita para recordar su propio nombre y la rutina de la vida que ella ha elegido.

Permanece así, bajo las sábanas en verano, bajo las mantas en invierno, mirando el techo, la mesilla, la lámpara si la ha encendido porque aún no hay luz en su parte del mundo. Mueve los dedos de los pies ligeramente al tiempo que observa cómo se agita la ropa de la cama allí abajo, cerciorándose de que ese cuerpo es el suyo. Cierra los ojos un momento más y se prepara para saltar hacia ese día que la noche anterior prometía muy lejano. El despertador realiza su segunda llamada. Sandra, convencida ya, lo apaga.

Lo primero que hace es correr al baño porque lleva ya un ratito aguantándose y siente la vejiga a punto de explotar. Después, sin dilación, se mete en la cocina, pero sólo prepara un café tibio que bebe con avidez. Aún insegura de su propia existencia y ya en la minúscula sala de estar, abarrotada por los muebles —una mesita de centro que sirve para todo, un sofá de dos asientos que siempre que no está vacío está ocupado sólo a medias y un televisor de última generación que sólo emite la previsión meteorológica porque es lo único que ella desea saber— se fuma el primer cigarrillo diciéndose a sí misma que el día será tolerable, que hoy podría ser incluso bonito. A veces, cuando el hombre del tiempo le cuenta que todo saldrá bien, vuelve a la cocina a por un segundo café, exactamente igual al anterior, y se fuma otro cigarro mientras mira el reloj en su muñeca y escucha el segundero que no emite un tic-tac sino un zumbido que ella siempre encontró reconfortante.

Sandra se ducha todos los días a las siete menos cuarto. El pelo se lo lava cada tres días, sin excepción. El día que lo lava lo lleva suelto, al día siguiente se hará una coleta y el tercero cualquier tipo de recogido de aspecto más severo. Sabe que tiene el pelo muy bonito; podría lavarlo con cualquier cosa, hasta con lavavajillas, y su pelo brillaría desde la profundidad de su color chocolate. Lleva un corte sencillo, nada de capas ni flequillos. Le llega justo hasta los hombros, cubriéndolos, y ella suele juguetear con los mechones que nacen en su cuello, enrollándolos en su dedo índice derecho, cuando está concentrada. No se acomoda jamás la parte delantera en ese gesto tan usual entre las demás féminas, ni gira la cabeza con violencia para que la melena vuelva a caer, posiblemente, más desordenada aún. A ella estos gestos, aunque jamás los ve mal en otras, le avergüenzan: a Sandra, la coquetería, le produce pudor.

Tras ducharse, aplicar a su cabello el régimen del día y cepillarse los dientes, vuelve a su cuarto y escoge la lencería. El primer cajón de la cómoda está lleno de conjuntos que ella elije y compra sola los sábados por la mañana. De distintos colores y texturas, aunque también algún modelo repetido si Sandra lo apreció de forma especial y temió el desgaste de la prenda. El resto de su ropa, que ella usa a menudo como armazón, consiste en diez camisas de distintos tonos y hechuras, cuatro pantalones (dos negros, uno gris y otro marrón), tres faldas de corte sobrio y dos chaquetas que sólo salen a la calle en los breves equinoccios porque no caben bajo su único abrigo cuando hace frío y le parecen excesivas en el verano. No usa jersey jamás. En un rincón del mismo armario, pero apartado como si se tratara de la ropa de otra, cuelgan un par de vaqueros reservados para los momentos de ocio y, justo debajo, una estantería sostiene varias camisetas perfectamente dobladas, unas encima de otras, con la misma finalidad. Una vez vestida, se calza unos zapatos negros, bajos, los únicos que posee aptos para su trabajo, y que combinan a la perfección con su único bolso negro pues ambos presentan el mismo brillo acharolado.

También se maquilla de forma ligera, aplicando sólo una capita de polvos que disimulará las pecas, excesivas a su parecer, y las ojeras. Sombra de ojos de cualquier color que vaya bien con la camisa que lleva puesta pero evitando siempre los marrones y rosados pues se llevan mal con sus ojos ámbar que a ella le parecen tan extraños, demasiado grandes y abiertos y, casi siempre, tristes. Se pinta los labios siempre con un color suave y nunca utiliza solamente brillo porque las pecas en sus labios adquieren un tono azul desagradable y de muerte.

Si, habiendo terminado de arreglarse, todavía no han dado las ocho, corre a su cuarto y estira la ropa de la cama hasta darle un aspecto ordenado. Luego vuelve a la cocina donde jabona y aclara el vaso en el que se ha tomado el café y la cucharilla y los deposita en el escurridor. Alcanza el abrigo o la chaqueta, colgados en el diminuto armario de la entrada, y a la vez el bolso, que esconde en el mismo lugar, y sale de su casa sin comprobar si lleva o no todo consigo porque sabe que no ha de necesitar nada que no guardase en su bolso ayer. Cierra la puerta, sin darle ninguna vuelta a la llave porque tampoco deja atrás nada que pudiera echar de menos y sale a las escaleras para bajar dos pisos del edificio donde ha vivido seis años sin que sus vecinos conozcan su nombre.

Miquel vacía las cazoletas de la máquina y vuelve a recargar de café una de ellas. Sabe que en breve ella entrará por la puerta como todas las mañanas. También sabe lo que le va a pedir: un café con leche, en vaso, con leche del tiempo, y una tostada con mantequilla, sin mermelada. Los sábados no viene. Los domingos sí, pero toma porras. Sin embargo, él nunca le ofrece nada; jamás le pregunta “¿lo de siempre?”. Él espera pacientemente a que ella se lo pida porque hace tiempo que aprendió que son las únicas palabras que le escuchará decir.

Ha intentado entablar conversación con la chica cientos de veces. Ha probado a hablar del tiempo, del tráfico, de su asiduidad a su café, al café que Miquel le prepara con anticipación cada mañana, pero ella siempre contestó con una sonrisa tímida y al final se resignó a verla seis días de cada siete, por unos veinte minutos y a no saber nada de ella más que lo que él mismo pudiese adivinar o inventarse. Miquel no ha podido averiguar ni su nombre.

Presiona el interruptor de la cafetera al ver el reflejo de Sandra en las vitrinas. Está satisfecho de su disimulada actuación. Ella jamás se imaginaría que él ha estado sirviendo a los clientes en los últimos diez minutos colocando sus desayunos de forma estratégica en la barra, dejando libre para ella ese metro de espacio que parece preferir para reclamar su atención con su vocecilla que sólo el ansia de Miquel convierte en audible:

—Buenos días— decía Sandra cada mañana.

—Buenos días. ¿Qué le sirvo a la señorita?— era la invariable respuesta de Miquel.

—Sí…— empezaba siempre la respuesta de Sandra, —Un café con leche, en vaso… Con la leche del tiempo. Y una tostada con mantequilla, sin mermelada. Por favor.— y siempre terminaba con ese “por favor” alejado del resto de su frase y que a Miquel le sabía tan bien que un día en que otro cliente le llamaba a gritos y se perdió la coletilla tan esperada de cada mañana, fingió no haber podido oírla en absoluto, obligando a Sandra a repetir la orden entera.

Entonces Miquel la invitaba a sentarse en esa mesa que a ella tanto le gustaba y fingía prepararlo todo para ella aun cuando ya llevaba unos segundos listo. La observaba de reojo y disfrutaba de la forma en que ella se escondía tras el libro de turno. Él sabía bien que no leía y que sólo se limitaba a evitar las miradas de otros clientes. Y esto le contentaba porque a él sí que le miraba a los ojos, aunque sólo le pidiese café.

A Miquel no le había dado por preguntar a los otros camareros qué ocurría con la chica cuando él no estaba. Una pena: le habrían contado que, en su ausencia, Sandra, nada más comprobar que él no está, comienza a mirarse el reloj y a poner cara de preocupación saliendo a toda prisa, fingiendo llegar tarde a algún lugar. Sabría entonces que Sandra no viene por el café y que no ver a Miquel le quita el hambre.

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