¡Alto ahí!

Lo sé… La vida sigue; la vida continúa; la vida es así.

Y por cada berrinche, disgusto insuperable, fracaso miserable, pérdida lamentable, descontento, caída, dolor y todos los males que escapan a mi imaginación condensados y a gotas a través de los ojos —míos o de los que soy testigo; que más da si al final estamos todos hechos de lo mismo en distinta proporción (la clave de todo)— hay alguien manso que me rehidrata con esas palabras, de letras erosionadas a fuerza de andar de boca en boca, que quieren hablar del sentido de la vida pero sólo saben describir su continuidad.

Y, ¿no sería bonito, de alguna manera que todos parecen negarse a entender, seguramente porque hay gustos para todo, que un día la vida se detuviera? Así, sin más, con una muestra decente de luto honroso en lugar de la parodia habitual de esperanzas por tiempos mejores siempre por llegar y siempre atascados en el bolsillo de la suerte de otros, de muy pocos, que los hacen tintinear a su paso, los hacen cantar la vida continúa.

Pues la vida, a veces, debería hacer un alto en el camino para ver por qué esta tan torcido, para que el caminante pueda descansar un poco y hasta sacarse las piedras que rebotan en sus suelas y alcanzan a colarse dentro de sus zapatos. Para que veamos sobriedad en los actos y arrepentimiento. Para que todo tenga más significado que esa bandera a media asta que denota la tristeza deslucida de siempre, en la misma cantidad muerto uno que muertos quinientos, como si dijéramos “esta es toda la indignación de la que soy capaz”. Más significado que los silencios de dos minutos que la gente pasa contemplando el reloj, esperando la hora en que la vida sigue.

Y sigue. Es cierto, lo sé. Pero pienso que, a veces, debería interrumpirse un momento y darme tiempo para pensar y para sentir pesar si me apetece; pesar del de verdad, sin remedio. Y sin que me cuenten que la vida continúa porque así es como es la vida. Ni que fuera todo azar y capricho.

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Un pensamiento en “¡Alto ahí!

  1. “No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos qué forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo.” Emil Michel Cioran

    Qué mal más sordo existe que el goteo incesante del segundero sin ser dueños nunca de nuestro tiempo, aunque solo sea para quitarnos las piedras de los zapatos, aunque solo sea para sentir pesar si lo deseamos, que no es más que la manera más intensa y segura -a pesar de ser la más amarga- de sentirnos vivos.

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