El acuario

He debido quedarme dormida. Estaba agotada de tanta noche interrumpida; tanta vehemencia en los recuerdos lúgubres que insisten en ser mejores tiempos. Conozco su engaño y mantuve inquebrantable mi voluntad en caminar hacia adelante, alejada de mí esa Penélope de tres al cuarto que insiste en desandar lo andado, haciendo tiempo. ¿Se hace el tiempo a fuerza de ignorarlo todo menos su paso?

Y seguro que fue al final la desidia de algún beso lo que me ha vencido; o los dedos poseídos por algún fantasma leve en el recuerdo e intenso en la nostalgia; o la gloria finita que me parece, a ratos, para siempre. Pero sólo si permanezco donde he despertado: en la fuidez del acuario. En el eco inaudible de algún deseo que ahora escapa a mi memoria, reblandecida por las aguas de este estanque.

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Sólo me queda el reflejo que el cristal opaco me devuelve y el presentimiento de alguna presencia al otro lado. Pero es tan vacua como el canto de sirena que aún no he aprendido, pese a mi entorno, para entretener las horas.

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