Presunciones

La he visto otras veces. Normalmente en el viaje de vuelta y me llamó la atención desde el principio. No sé por qué, la verdad. Me gustan los hombres y son ellos —su caras, sus gestos; sus actitudes— lo que suelo recordar. Para que una mujer me llame la atención ha de ser bellísima y me refiero a la belleza auténtica, no a ese estar de “toma pan y moja” o ser “resultona”. Tampoco me valen los maquillajes exagerados que sí llamarían mi atención, pero sólo negativamente; me ocurre exactamente igual con las vestiduras de exhibicionista, e incluyo también las de los hombres, pues no me gusta la sensación que me producen de estar frente al escaparate de una carnicería.

Pero ella, con toda su sencillez de rasgos, se quedó ahí, atrapada en mi memoria, quizá como alguien que me inspiraba simpatía a primera vista —¿por qué no?; ¿por qué voy a poder realizar el mismo juicio impulsivo, injustificado, para acudir a la cama de un hombre y no para decidir qué amistad femenina podría convenirme? Claro que seguimos con la sempiterna distracción, ese detallito al que a los detractores de mi forma de relacionarme tanto les gusta agarrarse aunque esté ardiendo: depende de si es sólo sexo o lo acompañas con algo. Pues sí, todo sabe mejor cuando está sazonado y el riesgo por desconocer las especias merece, para quien experimenta en la cocina, siempre la pena—. Y se quedó dormida. Se le escurrían las gafas por su naricilla pecosa que me hace pensar en cada ocasión que nos encontramos que el rojo de su pelo no es fingido.

Es posible que se tratase precisamente de eso, de que se durmiera de forma tan graciosa, pueril e irresponsable, pues no deja de invadir los asientos contiguos en su abandono al sueño. Alguna vez he intentado adivinar —tal vez lo haya conseguido y sigo dudando porque no hay una página de soluciones para comparar resultados— su profesión. Me imaginaba que la suya sería una ocupación agotadora. Tal vez estuviera la chica en pie desde muy temprano o quizás su horario sea rotativo. La única vez que la he visto por la mañana, en el viaje de ida, fue cerca de las 09:30, bien tarde para mí, y ella tenía el mismo aspecto, no ya de sueño o cansancio pues nunca lo aparenta, sino de total relajación y a la espera de que nuestros compañeros de viaje le permitan extender todo su físico, desde la nuca hasta las corvas, para echar una siesta. Quizás el sector sanitario.

Esta tarde he sabido en qué parada sube —hasta ahora parecía manifestarse sin más: al comenzar un capítulo del libro no estaba, al comenzar el siguiente sí—. Hoy no podía leer. Resulta que el autor no consideró mis trayectos al escribir y me encontraba con que, tras haber leído esta mañana la mayor parte del último capítulo, de pie, con una mano en una barra para, supuestamente, impedir mi caída, la otra mano no lograba sujetar bien y separar todo lo necesario 310 páginas a la izquierda de las restantes 10 a la derecha. No hace falta que describa lo exasperante de la situación. Sólo me quedaba la esperanza de que alguien sentado en la cercanía más inmediata se levantara para apearse de forma estrepitosa, dando tiempo a mis lentas reacciones a tomar nota y ventaja del suceso, para poder, al fin, restar apaciblemente y enterarme de una vez por todas si la ridícula mujer cuya historia he seguido en la última semana, haría un favor a unos pocos, matando a alguno de sus colegas de páginas o, a todos, poniendo fin a su miserable vida.

Esperando con toda la excitación de la que soy capaz a esas horas, tras habérmelas visto con el impertinente hombre que tengo como jefe todo el día, desmayada de hambre y sed, me he entretenido observando a la pelirroja verídica.

Me ha chocado el tamaño de su chaqueta que, pareciendo cortada para ceñir, le quedaba bastante holgada y he pensado que quizás es una de esas mujeres que se observan constantemente y constantemente se ven gordas; siempre con miedo a que un michelín las delate —aquí es cuando miro alrededor y compruebo que la moda charcutería sigue ganando adeptas (son ellas más que ellos, sí) al mismo tiempo que la de la comida rápida y la de aceptarse tal cual, sin complejos y sin ejercicio físico— por lo que la pelirroja, que no bella, durmiente me ha caído aún mejor.

Entonces ha tenido lugar un milagro. Casi lo grito tal cual (¡Milaaaagroooo!) al ver como el hombre sentado justo frente a mí, el que ha podido hacer tantas observaciones maliciosas acerca de mi vestimenta y mi forma física como yo me he dado a hacer del resto, se levantaba. El tiempo se ha detenido: sólo había acción para dos: él se alzaba y yo le permitía el paso al tiempo que ladeaba mi cuerpo girándolo, preparando al asiento para el gratificante advenimiento de mi culo. Pero la pelirroja es también señora del tiempo y el espacio y, aún no sé cómo, ha logrado escurrir ese cuerpo, que no es delgado, entre mi trasero y su soñado receptáculo.

Casi caigo encima de ella, pero he conseguido recuperar la postura inicial, muy para mi sorpresa, aunque lo realmente sorprendente ha sido que me he dirigido a ella. No entiendo cómo ha podido aprender mi boca a hablar a mis espaladas (autómata y autodidacta debe de ser). Juro que ha sido ella, mi boca, digo, y no yo, quien le ha dicho a la pelirroja con nariz de cerdito con pecas: “No me extraña que tengas el culo tan gordo”. Ella no ha contestado. Parece que yo estaba en lo cierto y era de verdad una chica muy maja.

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2 pensamientos en “Presunciones

  1. IMPRESIONANTE muestra de persona, mujer, lenguaje, vivencias.
    IMPONENETE la capacidad de analisis de ti misma, tus circunstancias e interior.
    IMPRESCINDIBLE como el mar a las olas, o el agua al cielo.
    Mi mas sincera admiracion.
    Un beso

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