Documentación

Me fastidian los amantes de una sola noche. Me ofende darme cuenta de que sólo el misterio de mi entrepierna despierta la curiosidad en un hombre y que, para colmo, sólo se muestre curioso durante lo breve (si bueno, insuficiente) y finito de la copulación proyectada desde el primer momento como única.

Por eso evito esta clase de amor casual y me limito, normalmente, a entablar amistad e intentar aprender sobre el objeto de mis deseos, dándole a él, a la vez, más material informativo sobre mi persona. Después de eso, la elección es fácil para ambos si se sigue esta línea de introspección: me aburro, pasamos a otro; no me aburro, pasamos a otra cosa. Es que yo no tengo prisa.

Pero de vez en cuando me convierto en mariposa o en cualquier otra clase de insecto. Me activo hipotalámicamente, justo la noche que él me llega caladito de feromonas. Ah… Y en una discoteca, donde parezco un pez fuera del agua —así es como me siento— o en un bar en el que soy la única asistente que lucha contra la embriaguez. La música, seguro, suena a volumen idiotizante. Pero no importa: ya estoy idiotizada desde que se ha acercado a susurrar algo en mi oído que yo sólo comprendo al girarme con impotente sordera para entenderlo todo en sus labios.

Y, ¿qué se puede hacer en estos casos, cuando tras un breve intercambio, más o menos interesante —no importa hoy; hoy la atracción se siente en otra parte de mi cerebro (en la piel, sin ir más lejos)—, él te propone acompañarle? ¿Cómo se dice sí diciendo no? ¿Cómo le acompaño sin la ilusión de mañana?

Hace años inventé la solución: se le ruega que sea tan amable de entregar cualquier documento identificativo para que mis amigos —los puñeteros ya están diciendo que sí, tranquila, vete con él, no pasa nada; ya nos veremos mañana (curiosamente el volumen de la música cede mejor a su desinterés en mi suerte que a mi interés en los primeros requiebros de él)— para que a) en caso de que se trate de un psicópata lleno de lúdicas intenciones de las que acabarían conmigo, sepan ellos guiar, cuando lo encuentren oportuno, en una dirección concreta, a las autoridades hasta dar con el artífice de mi final y b) en caso de que se trate de un psicópata lleno de lúdicas intenciones de las que acabarían conmigo, sea conocedor de su posible final en prisión, se lo piense dos veces, y no me mate.

Me he encontrado en esta situación y he tenido ocasión de poner a prueba mi sistema de filtrado de “amantes a considerar” varias veces. Bastantes. Mis amigos han creído siempre que se trataba de una forma algo excéntrica de quitarme a los pretendientes no requeridos de encima puesto que ese fue siempre el efecto, deseados ellos o no. Eso hasta que me vieron, por fin, una noche, salir del local con el titular de la tarjeta que él mismo acababa de entregarles en prenda por su amiga.

No me llamaron hasta las cinco de la tarde para indagar acerca de mi supervivencia y creo que, para entonces, ya no sabían cuál de ellos conservaba la tarjeta de mi amante fortuito.

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3 pensamientos en “Documentación

    • Posiblemente tenga usted razón, Dr. Zito. Como digo a menudo, todos nos equivocamos alguna vez y yo muchas.
      Por otro lado, en el caso de que mi técnica ganase adept@s, imitaría a alguno de mis amigos y comenzaría, desde ya, a no salir de casa sin un par de tarjetas de visita en el bolsillo. Esto podría llegar a sustituir la costumbre de salir de casa con la ropa interior aún sin agujerear, tan recomendada por nuestras madres, ya que nunca se sabe lo que podría ocurrir.

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