Cómo llegué aquí

anestesiaYo, lo admito, nací muy fea, terriblemente deformada. Mi madre y yo tuvimos un parto difícil: a alguien se le fue la mano con la anestesia. Me imagino a la enfermera descaradamente teñida de rubio ceniza, contrastando el pelo con sus negras cejas; sus ojos, en su párpado inferior, también son más oscuros de lo habitual, ennegrecidos de maquillaje de varios días; su ropa interior, con aspecto de haber sido roída por ratas, asoma roja por el escote de la bata, demasiado corta y estrecha, única vestimenta encima de esa lencería decrépita. Y la enfermera no es anestesista, no le suministra a mi madre la epidural. La enfermera es de la vieja escuela y coloca un trapo, el mismo que usa para limpiarse el maquillaje una vez a la semana, se diría por el aspecto de ambos, sin duda empapado en cloroformo, en la boca y nariz de mi madre y mi madre se hunde, sin saber nadar en esa substancia espesa, en un sueño negro del que yo tendré que salir sola.

En realidad se trataba de un hospital privado, de pago y muy aséptico, pero, igualmente, al anestesista se le fue la mano y la ciencia tuvo que hacer todo el trabajo necesario para traerme al mundo pues yo también estaba echando un sueñecito, siempre bien sincronizada con mami,  y ni ella empujaba ni yo hacía tampoco el más leve esfuerzo. Por eso me sacaron con ventosa —esta parte me la imagino, más que con enfermeras malvividas, con un señor fontanero, previamente aseado para la ocasión, con su mono de los domingos, de color azul eléctrico, y con el desatascador entre las piernas de mamá—. Así me sacaron de mi primer hogar y me trajeron al mundo exterior, sin demasiado trauma, creo, por lo que estaré, por tantos años como viva, agradecida de vez en cuando. Ahora, lo que tiene la ventosa es que hace succión, y la succión, en materiales maleables, causa deformaciones.

En definitiva, lo que yo venía a contar es que nací con la apariencia de uno de esos extraterrestres de cráneo alargado, con la boca estirada hacia las orejas y las orejas acercándose por los extremos opuestos, intentando reunirse en mi cogote. Y es esta descripción de mi aspecto, la primera vez que pudieron verme todos, mis padres, abuelos y algún tío, que llevo escuchando toda la vida y de la que, para colmo, conservo evidencias: un pequeño hoyo que no alcanza medio centímetro de profundidad, con un diámetro de dos, en el parietal izquierdo.

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