A la hora de la siesta

En esta hora de la siesta inesperada, atrapada entre el calor de la tarde y las leves corrientes más frescas que escapan del mundo ruidoso sin ritmo por la ventana y se refugian en este cuarto, agradecidas por el silencio alrededor de la cama, que llegan despertando en mí otra clase de horas, las que las manecillas de mi reloj recorren dos veces más de las que exige la física del tiempo, te invoco.

Y acudes; más puntual que cuando me reclamas; más sutil, castigando mi osadía al revivirte, envuelto tu cuerpo en mi deseo, a oscuras, a la sombra de tu voluptuosidad, dejándome insegura de tu asistencia al homenaje que propongo en tu nombre. Pero intuyo la levísima curva de tu estómago de hedonista que sólo comulga los domingos, en la que mi vientre se inmola y así, pegados por nuestros centros de gravedad, mi piel intenta abandonarme para adherirse a tu carne. Y a mí no me importa la desnudez si permite que tus manos indaguen entre mis secretos mientras las mías se pierden en la meditación de tu espalda, esperando sólo el momento en que en tu arrogancia descubras cuánta codicia escondo entre mis piernas y cuán hospitalaria es mi boca.

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