La lotería te jode la vida, según alguno más listo que yo

El asesor opina que la lotería es el método de enriquecimiento más injusto en el que se pueda pensar:
—Vamos a ver: les estás diciendo a todos los millones de personas que forman parte de una sociedad que pongan un euro para que, entre todos, ese euro pase a ser varios millones de euros que irán a parar a la cuenta de una sola persona. Y les pides que hagan eso con la esperanza de que, algún día, esa afortunada persona puedan ser ellos mismos… Para colmo, aunque ellos no lo sepan, esos millones de euros no les harán felices sino que es posible que les robe su felicidad porque, automáticamente, serán el blanco de las envidias de sus seres más queridos.
—Tienes razón— contesté —aunque el motivo por el cual no apuesto mi euro es que se me olvida hacerlo.
—Pero tú, que eres una chica lista, me harás caso y si, por un desatino de los tuyos, lograras acordarte a tiempo de apostar tu euro y, para mayor casualidad, resultaras ganadora, esperarás un año, un año entero sin cambiar nada en tu vida, ni laboralmente, antes de comenzar a gastarte ese dinero…
—¿Sí? ¿Haré eso?
—Sí. Porque sabes tan bien como yo que es lo adecuado. Pensar qué vas a hacer con tu dinero durante un año entero antes de comenzar a gastarlo, te salvará del gran trauma de la riqueza repentina que esperas te traiga la felicidad y que, finalmente, no la trae.
—Pero no tener que trabajar más con mi jefe, repentinamente, ya me haría feliz.
—Podrás buscar otro trabajo, si de verdad crees que no puedes soportarlo más, mucho más cómodamente sabiendo que de los resultados de tu búsqueda y tu decisión final no dependerá todo tu futuro, tan sólo un año.
—Pero, ¿no es eso lo mismo que comenzar a gastar? ¿No estaría tomando una decisión contando con un dinero que no debería tocar, ni si quiera moralmente, de momento?
—Tienes razón. Te tocaría entonces seguir aguantando.

De esta charla saqué una conclusión: si me tocase la lotería sería aconsejable mantener al asesor en la ignorancia y, cuando notase cambios en mi capacidad adquisitiva, contarle que he encontrado un trabajo mejor pagado; un mes después admitiría que he ganado la lotería, como si se tratara de algo muy reciente y que, con mi nuevo empleo y nuevo jefe, puedo, perfectamente, soportar la espera de doce meses hasta echarle mano a la pasta. Por jorobarle un poco, tal vez, le haría temer que justo al final de ese año, ni antes ni después, podría yo desplazar mi interés de su persona a la de otro más pudiente y menos sensato.

Pero sí es cierto que se me olvida jugar.

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