El tipo John Wayne

—Siempre que te pido algo me lo niegas— me dijo y, por un momento, temí que se echara a llorar —Me tratas mal. Me tratas peor que a todos los demás. ¿Por qué?— Y a pesar de haberme hecho una pregunta, se dio media vuelta aunque pudo oír mi contestación: —Te equivocas: te trato con deferencia, porque no hay confianza entre nosotros. Dentro de un tiempo me dirás, como el resto, que soy una tía borde de verdad, capaz de cortar la leche y agriar la mantequilla y, para entonces, ya tendrás justificación para tus quejas. ¿A que sí?— Mi pregunta, dirigida al resto del equipo, quedó sin más respuesta que la de sus respectivos pares de ojos acariciando los mil quehaceres patentes en sus monitores. ¿Otorgando?

Pero archivé su comentario, su indignación, para pensarlo mañana, el mes que viene, en otra vida. Y me encontré pensando en ello aquella misma noche.

Dima no sabía que él era las pelotas del jefe. No sabía que, cuando nos absorbieron y cambió la dirección de la empresa, se modificaron los contratos y que las promesas que le hicieron dos años atrás a Hákon, ahora imposibles de mantener, obligaron a éste a ejercer presión mediante la amenaza de renuncia y, esta temeridad, a la reacción más arrogante por parte del director del departamento comercial, Dios en esta oficina: —Vete, Hákon. Si no estás contento con nosotros, es lo mejor que puedes hacer. No debes preocuparte por el futuro de la empresa. Nadie es imprescindible y tu vacante quedará cubierta en cinco días.

No le cogí manía a Dima porque reemplazase a Hákon, que me caía mal desde el segundo día. En realidad no creo que tuviese manía a Dima. Sólo me molestaba su entusiasmo, su gratitud, casi babosa, por un empleo al que todos tenemos derecho, nacionales e inmigrantes, aquí o en Pekín. Dignidad, hombre, compostura y dignidad, por favor. Sí, eso era. Y nada más.

Eso y que a los pocos días, tal vez diez, cuando volvía a la oficina de una sesión de trabajo de campo, nada más abrir la verja que da paso al jardín frontal —Se alquila oficina en centro estilo dúplex con jardincillo para la hora del bocata. Sus empleados no volverán a solicitar jamás Cheques Gourmet— me lo encontré ahí, echándose el pitillo, en esa postura de piernas abiertas, riñones, también estómago, hacia delante, las manos metidas en los bolsillos, el cigarrillo sujeto por el filtro entre los dientes, entre socarrón y prepotente. —Hola, Jaute. Ya has vuelto. ¿Cómo te va la vida?— me preguntó, apañándoselas muy bien, he de reconocerlo, para hacerse entender, no dejar caer el cigarrillo y sonreír a la vez. —Bien, gracias— contesté sin añadir significados, ni obvios ni retorcidos, pues yo no estaba allí con él; yo estaba ahora en dos lugares a la vez: 1) En el pasillo de la segunda planta del Complutense. Antonio, enfrente de mí, en una postura parecida a la que presenta Dima, me pregunta: ¿Besarías a un leproso en la nariz? Sí, le contesto sin pensarlo, sólo haciendo alarde de mi gran corazón de niñata idealista-poco-lista. ¿Y a un elefante en la trompa? Si lo depilamos un poco, sí. ¡Pues venga ese beso, y lo quiero con lengua!, grita retorcido de la risa porque ha sacado la tela interior de los bolsillos y, no sé cómo ha sido tan veloz que no he podido darme cuenta, asoma ahora lo que se supone su trompa por la bragueta. Jo, jo, jo, qué cachondo, Dios mío, Antonio. Pareces un elefante de cintura para abajo. ¿Cuanto tardará en crecerte la trompa? ¿No es muy pequeñita para tu edad? 2) Viendo una peli del Oeste, con el duque, John Wayne, a punto de matar o morir, eso sí, con todos los honores, como el hombre que mató a Liberty Valance. Con su revólver, una pistola no, un revólver.

Y a mí no va el tipo John Wayne.

El destino trágico de Dima crea la corriente en la sangre que circula en sus venas. Debe de ser muy pesado y es esto lo que le obliga a ser un hombre tranquilo, a caminar despacio, a hablar muy lento, a pensar con mucho cuidado, durante pequeñas eternidades, qué es lo va a decir y a reclinarse en el aire, empujando sus riñones hacia delante.

Cuando supe que durante sus últimas vacaciones en su madre patria su padre murió, quise hablar con él. Quise decirle que lo sentía por él. Que me alegraba por él porque había llegado a tiempo a casa. Su destino trágico había adivinado la hora de su padre y le había llevado hasta allí un poco antes del momento de la despedida. Y no dije ni pío porque me dio miedo cortarle la leche o agriarle la mantequilla.

Coincidimos él y yo mucho, solos en la oficina, porque somos ambos parias del calendario desconocido, incapaces de prever puentes y solicitar días libres para cruzarlos. Hacemos turnos para salir a fumar —el teléfono no puede estar nunca desatendido, no vaya a ser que alguien quisiera comprar algo y nos llamara a nosotros por descuido— y cuando estamos dentro él se queja con amargura por todo lo que es injusto. Yo, que no pude decirle que lo sentía y que me alegraba, le escucho y le digo que sí a todo, como si no supiera de injusticias. Le digo que es muy bonita la bandera que se ha traído de su país. Le explico que yo también usaba de eso cuando andaba por ahí fuera pero aquí estaría fuera de lugar. El se ríe porque no llega a entender el juego de palabras. Y cuando me invita a tomar algo por la tarde, después del trabajo, no le doy las excusas que doy a otros —es que me toca el lavado de pelo mensual; es que voy a mi sesión de depilación facial; es que se me han acabado las hormonas y se me están desinflando las tetas y así, de esta guisa, no me apetece— sino que le digo que lo siento en el alma, pero estoy agotada, quizás otro día. El dice que sí, que no hay problema, y coge su postura John Wayne —juro que mira hacia el horizonte con expresión desafiante— y noto que comienzo a llevarme bien con la tragedia y los hombres con un destino insólito, aunque leído, visto y soñado mil veces.

Soy un cowboy solitario, siempre lejos de mi hogar…

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