Revuelto de ajetes

En mis manos han caído dos novelas del Sr. Gala. Son pocas, sólo dos. Cosas que pasan.

La primera fue La Pasión Turca. Mi cuñada, Moni, dejó varias cajas en el garaje de la casa donde yo vivía mientras daba su nuevo hogar de sí a fuerza de usarlo y meterle unos cuantos lavados antes de instalarse definitivamente en él. Al menos un par de aquellos cofres del tesoro en cartón y otros materiales reciclables estaban a punto de reventar y salpicarme de letras, ideas, historias ajenas. Tuve que realizar una incisión de urgencia en la cinta de embalaje y así fue como el libro de marras saltó sobre mí. Recuerdo cómo lo atrapé en el aire y, tras leer el título, me dije (en voz alta a pesar de no tener testigos, por supuesto): —¡Coño! Mira tú por dónde vamos a leer a Gala, ni más ni menos que La Pasión Turca, y estaremos en posición, por fin, de dar una opinión basada en su obra y no en su don para inducirme a la narcolepsia cuando sale hablando por la tele—. Así que lo subí hasta mi dormitorio y, después de haberle comunicado a Moni el feliz resultado de la cesárea —una de tus cajas se ha puesto de parto repentinamente. Enhorabuena, ha sido un libro. Te lo devolveré en cuanto me asegure de que todas sus páginas se encuentran en perfecto estado para la lectura—, me dispuse a su examen.

Puede que no lo entendiera, puede que sea incapaz de simpatizar con la protagonista, Desideria; vete a saber… Pero como la historia en sí, me pareció a mí, estaba aceptablemente narrada, fui yo sola, única responsable por mi gusto por dar segundas oportunidades a todo y a todos, quien se dejó convencer por aquel póster en los pasillos del metro que no me decía nada, y la frasecilla, que sí decía, como quien no quiere la cosa, y lamento no recordarla aquí textualmente, algo así como que si el amor puede resultar confuso o engañoso, el sexo nunca. Bueno, es una aseveración considerable, ¿no?

Y me encontré, aún me sorprende, con una historia similar pero con final menos trágico, o todo lo contrario, por lo que ahora me expreso tal que ya he leído a Gala dos veces y no es necesaria una tercera ocasión.

Me dijo Pedro una vez que lo que nos pasa a las mujeres es que separamos demasiado el amor del sexo. Cuando le oí me limité a negarlo por principios —a las mujeres no nos pasa nada así en conjunto; qué manía de generalizar por géneros—, naturalmente en privado, pues sé que a los hombres les pasa que les fastidia que las mujeres demos opiniones que ellos consideran nacidas de nuestro instinto protector para con nuestra dignidad y no del raciocinio, de la lógica o de la verdad absoluta, sobre la que ellos poseen amplio conocimiento y nosotras sólo una vaga idea. Sí, estoy bromeando, que nadie se asuste… (En algunas situaciones, sin embargo, con determinados individuos, esto podría ser opinado muy en serio —no he podido evitarlo, mil perdones).

En esta segunda lectura/oportunidad para Don Antonio, tuve el placer de conocer a otra mujer, Deyanira (ni me molesto en opinar ya sobre el gusto de este hombre en lo que a nombres propios se refiere), que al igual que su antecesora en mis manos, poco más o menos, pierde la cabeza y se declara sinceramente enamorada del único hombre que, de entre todos los que conoce bíblicamente, sabe follar o sabe cómo hacérselo a ella y, sospecho, por ese mismo motivo. Muy profundo, incluso para una mujer.

Pero no me he convertido, así, de pronto, en crítico literario ya que ni me interesa serlo ni me considero apta para tales menesteres; que sean otros los que realicen el trabajo sucio, por una vez. Y ahora mismo le doy la razón a mi correctora de estilo para los asuntos serios —la basura y no mi basurilla— cuando insiste, con demasiada frecuencia me temo, en que si los caminos del Señor son inescrutables, los míos son tortuosos. ¿Por qué me dice esto? Porque me lee demasiado y, a estas alturas ella ya sabe que yo no quería hablar de Antonio Gala, ni de Desideria, ni de Deyanira (válgame Dios, el nombrecito, por muy clásico que sea; que se lo queden los griegos clásicos) sino sobre algo relacionado con lo anterior de una forma débil, casi irrelevante.

De los comensales (título ficticio de la ficticia obra de la irreal De-ya-ni-ra, ojo, Alarcón).

Esta misma semana un hombre me ha confesado que tiempos ha era incapaz de entrar solo en una cafetería por lo que, a falta de acompañante, renunciaba al café. Qué curiosa característica femenina, pensé, aunque tal vez lo dije y tal vez él me contestó que no se trata de una característica femenina sino de algún problema de seguridad, de autoconfianza.

No puedo renunciar al café, de ninguna manera. Y me veo obligada —seguro que sólo se trata de pereza a la hora de preparar esta noche la comida de mañana y encajarla en el tupper— a comer en restaurantes. Pero poseo esas dos cualidades femeninas:

  1. va a ser difícil que admita, por principio, que no es propio y casi exclusivo de las mujeres el no atreverse a asistir a eventos y locales ideados para las horas de ocio sin compañía.
  2. ahora que él ha añadido esta variable es imposible ignorarla por completo: tengo un problemilla de seguridad, autoconfianza (en realidad, muy propio de mi sexo).

A menudo quedo para comer con algún amigo conocido o aún por conocer —esto, sumado a la incapacidad de mis compañeros de trabajo para seguirme con los nombres propios y que yo me refiera ya a todos como un amigo… No, no le conoces, ha ocasionado cierta erosión, o lustre, nunca se sabe, en mi estimada reputación de persona seria— porque me parece agradable, siempre y cuando las buenas maneras gobiernen la mesa, la mezcla de charla profunda, que lo es, pareciendo más ligera en comparación con la abundancia o el hambre atroz, con la copa de vino que quizá me atreva a tomar y la ilusión de rutina que crea compartir el pan. Pero la mayoría de las veces tengo que entrar en un establecimiento sola, escoger sola (qué lástima, me encanta comentar el menú con alguien), comer sola, sin saber bien dónde mirar, hacer de la comida una tragedia en dos actos y un café, también solo, porque para qué eternizar lo que es desagradable, volver a la oficina a toda prisa para escuchar:  —¿No tenías hoy ninguno de esos amigos tuyos disponible para el almuerzo?— y escucharme: —No, hoy no. Qué os habréis creído, mi agenda no da tanto juego.

—Y, aún así, ¿no te animas a prepararte por la noche algo, una ensalada, pasta, que se cocina bien rápido, y llevártelo al trabajo en un tupper?— me preguntó otra persona en una charla similar.

—No. Uso otras artimañas para hacer de la comida en solitario algo tolerable: voy siempre al mismo sitio y me siento a comer en la barra. Los camareros me reconocen desde el segundo día e incluso, desde hace unos meses, se diría que son tan amigos míos como muchos de mis conocidos. Hemos intercambiado números de teléfono y todo… Es una buena alternativa: me dan conversación, me introducen en debates ajenos. Si han de tomar el pelo a algún otro cliente asiduo, me guiñan antes un ojo para que no pierda detalle de lo que va a acontecer… Es justo lo que he dicho, una buena alternativa.

—¿En la barra? ¿Comes en la barra? Ah, no. Yo no podría.

Ese suspiro exclamado y su incapacidad para comer en una barra iban envueltos en un tono que hubiera acompañado mucho mejor la réplica a otro tipo de explicaciones:

—Soy prostituta.

—Ah, no. Yo no podría.

—Me he convertido al Islam.

—Ah, no. Yo no podría.

—Me dedico a la política.

—Ah, no. Yo no podría.

—Quisiera morir ahora mismo.

—Ah, no. Yo no podría

—Trabajo para el gobierno federal de Florida, Estados Unidos: ejecuto la pena capital, por inyección letal, ya sabes…

—Florida, ¿eh? Entonces seguro que hablas muy bien el inglés.

—Apenas. Ten en cuenta que mi trabajo tiene lugar en la rebotica, yo le doy al botón que lo pone todo en marcha… Se trata de una labor muy manual, no del tipo intelectual que pudiera favorecer el aprendizaje de idiomas… Además, en Florida abundan los hispanoparlantes.

—Pero tiene que ser muy duro vivir en otro país…

—No te creas. Lo que peor llevo es el clima: demasiado caluroso y húmedo.

—¿Húmedo? Ah, no. Yo no podría.

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5 pensamientos en “Revuelto de ajetes

  1. Me he reído a carcajada limpia con la ironía del final! Yo me siento así cuando voy a oficinas centrales. Es como hablar idiomas diferentes sin suficiente dominio ni traductor.
    Buenísimo!!

    • Miedo me da preguntar a qué te dedicas; lo de las oficinas centrales suena a peli de miedo ambientada en el espacio exterior…
      Gracias, me encanta saber que mi sentido del humor es percibido y compartido.

      • Nada sci-fi por desgracia (molaría). Temas sociales. Pero a pesar de estar en primera línea de fuego (me encanta, soy espartana, ya sabes) estoy maquiavélica y paradójicamente dirigida por el régimen totalitario de mentes pijas y crematísticas que orgasman con estadísticas semifalsas y medallitas que no merecen. ¿Rocambolesca descripción? uf, el día que tire de la manta sí que va a ser rocambolesco lo que salga de debajo. Digamos, por aclarar un poco, que yo soy Winston Smith y los de oficinas centrales son los del Partido ubicuo, único y todopoderoso que vigila sin descanso de 1984.

        En cuanto al sentido del humor…solo puedo decir que es la leche.

        No cambies y no nos dejes!

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