Cada loco con su tema

No podía concentrarme con sus resoplidos y gemidos. Estaba en lo mejor de mi lectura, en esa línea por la que leo todo el libro hasta alcanzarla y luego lo dejo a medias. Algunas historias deberían quedar inacabadas, sin desenlace, suspendidas, como yo en ellas. Pero tendría que volver a comenzar desde el principio para para volver a mi final inesperado, predilecto, disfrazado de intermedio, porque no podía concentrarme o no podía fingir que ignoraba su duelo.

—A ver,  ¿qué te pasa? ¿Qué te duele?

—La sangre.

—La sangre no duele.

—Sí que duele. ¿Es que estás ciega? ¿Es que no la ves?

Me sorprendió el no haber visto el estigma antes de que lo señalara en su mano herida con el índice de la sana. Quise buscar un remedio en mi bolso pero me lo había dejado en casa. Claro, ese día sólo quería sujetar el libro.

—Vale— le dije, haciéndole ver que mi solución había sido la misma desde el principio para su hemorragia espontánea, para no preocuparle, y, mientras me quitaba el reloj de la muñeca y lo deslizaba alrededor de sus cuatro dedos, con la esfera contra el agujero en la palma de su mano, añadí: —Aquí tienes, ¿ves? Ya está todo arreglado.

—¿No tienes tiritas?

—No valen para esto. Pero el tiempo lo cura todo.

—Pero no se pega a la piel y se caerá y te enfadarás más.

—No estoy enfadada y no se caerá porque ajustaré mejor la correa y, además, tu lo puedes sujetar con el pulgar; sólo por si acaso.

Me pareció medianamente satisfecho y me dije que para qué más. Creí incluso ver una sonrisita dedicada a mi reloj de pulsera. Ya lo recuperaré, pensé. Abrí el libro. Por la primera página. Suspiré de anticipación. Apoyé mi espalda en el banco un poco mejor. Comencé a leer de nuevo. Huí.

Sus gimoteos me trajeron de vuelta a prisión.

—¿Qué pasa ahora?

—No te lo digo… Te enfadarías.

—No me enfado.

—Me pican los ojos.

—Porque te los rascas mucho.

—No, no es por eso. Es de llorar. Las lágrimas me escuecen.

—Pues deja de llorar, venga.

—No puedo, tonta. ¿No ves que me pican y por eso lloro?

Me quité el pañuelo que llevaba al cuello reemplazando a la bufanda de semanas atrás y, cuando conseguí convencerle de que se estuviera quieto, se lo anudé alrededor de la cabeza, cubriéndole los ojos.

—No me puedo rascar los ojos.

—Ya. Mucho mejor, ¿no?

—Te he dicho que no era de rascarme, sino por las lágrimas.

—Lo sé, lo sé… Mira, ahora el pañuelo empapa las lágrimas y ya no te escocerán en los ojos.

—Ahí va, es verdad. Perdona, ¿eh?

—Tranquilo, no pasa nada.

Abrí el libro. No pude leer ni la primera palabra.

—No veo nada.

—Es por el pañuelo. Descuida, que no te he dejado ciego.

—Ya, pero no veo…

—Joder…

—Estás enfadada, ¿verdad?

—Para nada.

Pero me levanté y me fui. Y como no le oía ya quejarse supuse que había solucionado por fin todos sus problemas. Ahora los míos: A ver… ¿Por qué página iba yo…?

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3 pensamientos en “Cada loco con su tema

  1. Él…él es intrigante. Veamos…le tratas con deferencia, con familiaridad, con paciencia que raya en la sumisión, abnegada con su hipocondría, te incordia y te da lástima a un tiempo…hum…

    Simplemente ÉL no es de carne y hueso. Es el humo de un fuego que ardió tiempo atrás y que te persigue sin poder evitarlo…
    Quizá…

    • Es interesante esto de las adivinanzas, ¿eh?
      Una pista: el pañuelo al cuello debería haberlo usado en la herida en lugar de prestar el reloj para “hacer tiempo”.

      Aunque eso de ser “humo de un fuego que ardió…” suena muy bien. Si alguien me pregunta qué significa esta entrada contestaré eso mismo.

      Petonets

      • Humm…cierto, cierto…

        “—No valen para esto (las tiritas). Pero el tiempo lo cura todo.”

        “Algunas historias deberían quedar inacabadas, sin desenlace, suspendidas, como yo en ellas…”

        Bien, bien…tengo otra teoría, pero no la expongo por si las moscas deben volar silenciosas.

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