La virtud infantil y nosotros, pobres espectadores

—Oye, ¿tienes diez céntimos?

Últimamente no puedo arriesgar un paso fuera de casa o de la oficina sin que me asalte algún tipo de petición, a veces ruego. ¿Tiene un cigarrillo de sobra? ¿Me compra un bocadillo? Tengo hambre. Tengo bocas que alimentar, deme algo. Deme algo, por Dios. Por el amor de Dios… Temo a las preguntas y, aún más, a lo inadecuado de mis respuestas.

Y entonces, en el semáforo que no termina de ponerse en verde, con el sol pegando fuerte en perfecta verticalidad, perpendicular a la falta de sombras y compasión por mi achicharrada cabeza y empeines (pienso ir con botas el resto del verano; que mis pies no vuelvan a saber lo que es la ardiente luz del sol) escucho mejor:

—Oye, que te estoy preguntando si tienes diez céntimos.

Es la voz ronca que tiene una niña pocos minutos después de despertar de la siesta. Su voz ronca, a la vez que clara y chisposa, sin disimulos, descarada, que no se dirige a mí de usted, que no me insulta recordándome que podría ser su madre, una madre que dona cigarrillos a sus hijos menores de edad, amorosa ella. La voz que me detiene justo cuando puedo por fin cruzar la calle y no la cruzo. No cruzo porque la miro a ella: es como yo era. Casi, en realidad, porque yo soy el deseo concedido al conformismo cromático de mi madre.

Ella, al parecer, le pidió a Dios, o a quien fuera, tener un niño muy rubio con los ojos muy oscuros al que ya sabía que llamaría Iván en recuerdo de su amor preadolescente por uno de los empleados de mi abuelo. Efectivamente, Iván fue siempre muy rubio —en las fotos en blanco y negro no se le distinguía el pelo de una pared blanca; parecía un alemán— era la forma en que se expresaba normalmente la impresión que producía el niño. Después de conocer los deseos de mi madre para con el físico de mi hermano, le hice la pregunta más obvia:

—¿También querías que yo fuese de una forma determinada?

—Huy, pues claro. Yo me moría por tener una niña de ojos y pelo negros.

—Pero yo tengo los ojos y el pelo castaño. ¿Es que no te concentraste lo suficiente al pedir tus deseos?

—Los tienes casi negros.

Así que me encontré para siempre con falta de atractivos exóticos a causa de la pobre ambición de mi madre y de su desconocimiento de la paleta Pantone®.

Esta niña, sin embargo, tiene mil tonos distintos que van del rubio fresa al cobre para decorar su pelo enmarañado de recién levantada de esa siesta. Me la imagino durmiendo, abandonada al sueño que provoca una hora de piscina más de lo que es recomendable según mamá, pero ella tampoco ha podido decirle que no a su “un ratito más, porfi”, negando la intensidad en la expresión de sus ojos, pero concediendo a cambio algo de paz a quienes dudan cinco minutos al día de tener la hija más adorable del mundo.

La niña, tengo la impresión, se llama Almudena, pero hace tiempo que se presenta a sus amigos como Niki. A su madre le horroriza esta costumbre y se ensaña, aunque sin dar voces ni arañazos, con el padre de la criatura, que tuvo un día la ocurrencia de llamarla Nikita (imagino que por los mismos motivos por los que mi abuelo llamó a Iván Barrabás en más de una ocasión) y a ella le hizo mucho gracia, porque su padre, además de ser suyo, es la monda, es superdivertido. Pero Niki suena mejor aún y a ella le encanta llamarse así. Y mamá ya puede ir haciéndose a la idea.

Sólo ha pasado medio segundo y ya puedo observar impaciencia saltando de una a otra de sus pupilas. Me la imagino considerándome demasiado anciana, quizás víctima del Alzheimer, justificando mi retraso, lamentando nuestro encuentro. Pero no, no puede ser. Niki tiene unos once años y me ha tuteado. Es aún incapaz de compasión porque aún no conoce las causas que obligan a su cultivo.

—¿Diez céntimos?

—Ajá— no dice sí, dice ajá —¿Tienes?

—Pues…— Algo debo de llevar encima. Busco en el monedero. Odio llevar monedero. El monedero está dentro del bolso antes de estar en mis manos. Odio usar bolso. Antes no utilizaba nada parecido. Antes era como Niki. La preciosa Niki que aún no se disfraza, que aún no se preocupa, que aún tutea, que aún no aclara la garganta si nadie se lo recomienda tras la siesta, sin bolso ni ningún tipo de disfraz.

Tu ne lui résisteras pas. Elle est irrésistible. No te podrás resistir. (Camille) es irresistible — le dice la resignada Eliane a Jean Baptiste.

También Niki es irresistible. Por eso hurgo en mi monedero. Sé que no tengo ni una sola moneda de diez céntimos porque esas son las que dejo olvidadas en la cafetería, sobre la barra, pero busco igual aceptando de buen grado que le daré lo primero que alcancen mis dedos. Pero resulta ser una moneda de dos euros. Podría dársela y lo considero muy rápidamente antes de dejarla caer de nuevo en esa parte tan esencial de mi persona adulta. No deseo darle a Niki la lección del valor del encanto personal. Es demasiado joven para aprender eso. Finalmente pellizco y saco cincuenta céntimos. Bueno, eso está mejor, más prudente.

—No, diez no tengo pero sí cincuenta. ¿Te va bien?

—¡Ah! Pues… ¡Vale!— Y antes de terminar de decirlo ya ha tomado la moneda de entre mis dedos y ha huido a la tienda de chucherías más cercana, en realidad, convenientemente a un paso del semáforo donde yo esperaba. He sido un objetivo desde el principio, me digo, tan pronto como he dado un paso en su coto de caza. Irresistible. Podría ser el detonante de cualquiera de las angustiosas fantasías de Humbert Humbert.

Yo fui así. Los “amigos de la familia” se deshacían en alabanzas, deseaban sentarme en sus rodillas, me hacían regalos sin más excusas que las que ofrecía mi juventud —No es nada; un vestidito para la niña; le gustará, ¿no? Me he dicho que ya que me perdí su cumpleaños…— Mi pobre madre se obligaba a la vigilancia constante. Y yo no facilitaba la tarea porque siempre quise ser buena anfitriona para nuestros amigos.

Pero mi madre tenía miedo de los hombres adultos que quedan encandilados por niñas pequeñas, aunque no lo admitió hasta que comencé a usar bolso.

—¿Encontrabas amenaza en la admiración que pudiera despertar una niña?

—Tú no lo entiendes porque no eres madre y se oyen tantas cosas y no tengo cien ojos y eso sería horrible tú no lo entiendes pero ya lo entenderás— me dijo así sin pausas, como si fuera una explicación demasiado grande como para estirarla un milímetro más en esta línea o un segundo más en el tiempo que usamos para aquella charla que comenzó conmigo recordando cómo me pidió un día, repentinamente, que no dejara más a uno de esos amigos que me cogiera en brazos. Me intrigaba aquel recuerdo en el que el afecto, natural, pensaba yo, asustaba a mi madre.

Me llevaba libros a mis campamentos, de terror aunque no demasiado terroríficos. Al comienzo de uno de ellos leí:

Todas aquellas almas que jamás se atrevieron a la contemplación directa de la belleza se encuentran inexorablemente arrastradas a la desesperación, o no es acaso precario el equilibrio que les mantiene entre el deseo y la destrucción.

A aquella edad me pareció sólo una frase intrigante, digna de ser recordada (por eso ha llegado aquí más o menos textual pues nunca he tenido ocasión de recuperarla en papel) pero hoy me hace pensar en otras cosas: en las amenazas que mi madre veía en algunos hombres, en la expresión de alerta en las caras de los presentes cuando un hombre dice “huy, es que me la comería” refiriéndose a su sobrina, a la hija del amigo, del vecino…

Es que tú no eres madre. Ya. Pero soy persona. Y me fascina la forma en que unos padres comentan a otros “tu hija es preciosa. Ya verás cuando esté en edad de salir con chicos”. Fascinante, ¿no?, la prisa que nos damos en convertir lo extraordinariamente bello en sólo una justificación más para el impulso sexual. Fascinante como aquella burrada que decía Santiago Segura en su papel de candidato Paiño —La culpa es de sus padres que las visten como putas— y salir después a las calles y observar que hay niñas con tacones con los que yo, que uso bolso, me sentiría incómoda, con maquillaje… Aunque creo que pudiera esto ser una táctica antipedofilia: quién encontraría belleza en semejante esperpento.

No, sólo Niki es irresistible, con su voz ronca y su pelo sucio del cloro de la piscina, con sus moratones y costras en las rodillas, con su descaro natural. Admirada entre sus amigos por su adquisición más reciente, cincuenta céntimos de una absoluta extraña, y es su belleza tal que se aprende a observar belleza al mirarla y nadie quedará arrastrado a la desesperación y nadie se atreverá a arrastrarla a ella.

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