Percepción

Me ha dicho muchas veces que no sabe qué clase de impulso la arrastró hasta el cine porno. Normalmente, insiste ella siempre, ni siquiera acudiría a un cine para todos los públicos sin compañía. A mí no me parece tan sórdido ni entiendo eso de que si no fuera porque allí nos conocimos ella se moriría de vergüenza con sólo admitirse a sí misma que entró a ver un poco de sexo.

Lo de ver es sólo un decir. Lo cierto es que cuando yo la descubrí —me encanta usar este verbo; podría decir “cuando la vi”, pero sé que la mortifica un poco que use esta expresión mucho más adecuada para actos sucios, deshonestos… No se le pasa por la cabeza, ni a mí hasta hoy, que pienso que la descubrí de verdad, como quién descubre un secreto maravilloso y se hace egoísta en su posesión guardándolo sólo para sí mismo— ella estaba en la antepenúltima fila, lejos del pasillo, me imagino que escondida. Tardé varios segundos, puede que un minuto entero, en acostumbrarme a la oscuridad y ser capaz de reconocer en su silueta a una mujer, de pelo corto para dificultar aún más mi hazaña y concederme así más mérito. Ni siquiera sé que guió a mis ojos en su dirección; quizás ese perfume que siempre lleva pero del que nunca abusa… Y, al avanzar por la hilera de butacas, vacías excepto por la de ella, y capaz ya de ver con absoluto detalle, me di cuenta de que tenía los ojos cerrados.

Ya estaba a sólo dos asientos de distancia y podía apreciar todo en ella desde la forma en que su flequillo caía desordenado a media frente hasta el anclaje que había hecho del puente de sus pies en el borde del asiento que quedaba delante de ella. Estaba medio reclinada hacia atrás y sus piernas quedaban abiertas, ofreciendo algo que, sin conocer aún más que por los sentidos de mi imaginación, yo ya sabía que deseaba a toda costa.

Lo normal en estos lugares de ocio es respetar al máximo el espacio ajeno y obligar a los demás a que respeten el tuyo a no ser que se trate de un cine gay, en cuyo caso, y opino sólo por sentido común pero sin conocimiento real, se trata, precisamente, de todo lo contrario. Me costó un poco, por esto, decidirme a dar el paso final y situarme delante de la butaca anterior a la suya. Iba a sentarme cuando me di cuenta de que ella había notado mi proximidad, había bajado los pies al suelo y parecía una niña buena, perfectamente sentada, derechita como estaría hace años en clase. Miraba al frente con insistencia, pero no a la pantalla; sus ojos estaban centrados en una zona que no podía incluir los míos. Me evita —pensé— Pues sí que empezamos bien…

—¿Te importa que me siente aquí?— me decidí finalmente a preguntarle sabiendo que me la jugaba porque, si ella contestaba que sí le importaba, que no quería que yo me sentase a su lado, ya no habría más posibilidades. Pero no contestó en absoluto. Sólo me miró muy rápidamente a los ojos y parpadeó una vez. Yo, que siempre he presumido de saber leer muy bien el leguaje corporal, decidí interpretar ese parpadeo como la afirmación de una mujer tímida, que quizás se sentía fuera de lugar, a un buen entendedor.

Me senté entonces y miré a la pantalla sin ver en realidad porque estaba contando segundos, dos minutos como máximo, para conceder un tiempo de adaptación a mi más reciente conocida. Noté, no sé con cuál de mis sentidos, que ella se relajaba un poco a mi derecha, aunque, por supuesto, no regresó a su postura original de total abandono al placer que, no me cabe duda, comenzaba a disfrutar en el momento en que la interrumpí.

Me puse cómodo por fin, echando mis riñones algo más hacia delante y reclinando el resto de mi espalda hacia atrás, más o menos como la encontré a ella. Supe que me miraba de reojo y el efecto fue instantáneo: una erección que, de descuidarla, persistiría durante horas. Supongo que para eso vemos los hombres porno, pero esta excitación no tenía nada que ver con la película que proyectaban y a la que no prestaba la más mínima atención. Saber que ella estaba pendiente de todo lo que yo hacía es el afrodisíaco más poderoso que he conocido hasta la fecha. Podía imaginarla, con los ojos cerrados, toda oídos, buscando el ruido de mi respiración, deseosa de entrar en acción y doblegarse a mi capricho.

Con esta ilusión en mente arrastré mi mano derecha desde mi muslo hasta el bulto duro que formaba mi pene bajo mis pantalones, frotando ligeramente, haciendo mi erección y mi deseo lo más obvio posible. No la miraba a ella, sin embargo pude percibir, o mi fantasía comenzaba a tomar la fuerza de las alucinaciones, que al principio dejaba a sus ojos vagar despacio hasta dónde mi mano se movía, girando poco a poco la cabeza para comenzar a mirar tanto el bulto, que ya palpitaba con una presión desmedida, como mi cara. Satisfecho con el ritmo de su reacción, abrí la bragueta de mis vaqueros sin más dilación y le mostré eso que ella parecía anhelar. Entonces sí la miré a los ojos y me sorprendió encontrar en ellos lo que parecía un ruego.

Al girarse repentinamente hacia el frente y abandonar sus ojos mi campo de juego, pensé que me había precipitado. Es fácil imaginar mi sorpresa cuando vi que tomaba una postura similar a la mía, desabotonando también sus vaqueros, y tomaba mi mano izquierda, por una feliz coincidencia o por esa intuición que algunas personas poseen, obligándome a girarme hacia ella, acercarme a ella, a ser testigo de la forma en que se abrían sus labios para recibir el dedo que llevaba ventaja a los otros cuatro. Su lengua comenzó a jugar con él, enroscándose alrededor, impregnándolo del olor de su saliva. Acto seguido, cuando creía que no iba a encontrar hogar más feliz para ninguna parte de mi anatomía, sacó mi dedo de su boca y, sin dejar de mirarme a los ojos, aunque comenzando a entrecerrarlos, llevó mi mano hasta la parte más baja de su vientre. Yo no necesité más indicaciones o licencias y dejé que mis dedos exploraran a capricho sus otros labios, más carnosos, más cálidos e igualmente húmedos. A pesar de que lo ajustado de sus pantalones y lo estrecho de la apertura apenas dejaban espacio para la maniobra, el buen ánimo que sentían mis dedos por saberse tan bienvenidos les armó de la destreza necesaria y no paso demasiado tiempo antes de que los gemidos que formaban el guión de la película quedaran ahogados por los de mi amante fortuita.

Una vez que su orgasmo cesó, se recompuso con cierta lentitud, como si disfrutara deshaciendo los preámbulos a un final tan feliz. Me obligué a aceptar que así quedaba el asunto. Quiero que quede claro que no trabajé por recompensa o, mejor dicho, que el verla satisfecha era un premio para mí. Pero yo quería más, más de su boca o más de sus gemidos. Yo quería más placer en su cuerpo o en el mío y el saber que así acababa, lo admito, me dejó algo triste, decepcionado. Ella se levantaba ya, vestida de la forma más honesta. Incluso me pareció ver un gesto de negación en su cara a lo que acababa de ocurrir. Estaba ya frente a mí, haciendo un hueco para sus piernas entre las mías y salir cuando observé que buscaba la forma de arrodillarse, sin duda, para alcanzarme mejor con su boca. Ahora que ya he aprendido de su tenacidad, sé que hice mal en ponerla en duda en aquel momento cuando le dije: —No… espera, no vas a poder agacharte ahí…— Pero sí que pudo y dejó que su lengua jugase con mi pene igual que lo había hecho antes con mi dedo, pero sus labios succionaban con mucho más interés, intuyendo que obtendrían algo más que el sabor de mi piel y, aunque con mucha calma, porque sabe ser paciente y esperar su recompensa hasta saber que es legítimamente suya, no cesó un instante en su empeño; yo me deje convencer por la ansiedad de sus labios y eyaculé en su boca como ella pedía sin palabras al igual que habría hecho cualquier otra cosa que ella sugiriera en ese momento.

Ahora sí, lo supe con certeza, no cabía esperar nada más. Ella se levantó relamiéndose y sonriendo como si me hubiese ganado en algún juego y la actitud de su cuerpo, su postura, indicaban que no volvería al asiento contiguo.

En lugar de esto, sólo dijo:

—Había quedado con alguien para el fin de semana que no se ha presentado. No conozco la ciudad pero tengo una habitación en un hotel por aquí cerca. Me gustaría que vinieses conmigo.

—Vale— fue todo lo que supe decir.

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4 pensamientos en “Percepción

  1. Sé que a causa del desconocimiento que tenemos el uno del otro no me puedo creer con derecho a valorar tus relatos. Ni tú a tomar siquiera en consideración mis apreciaciones, aunque tampoco es mi intención que así sea. Igualmente, es imposible que yo pueda inventar un calificativo que defina lo que acabo de leer y que al mismo tiempo pueda ser original dada la amplia lista de comentarios, casi todos positivos hacia tu persona y tu obra, que por tu “Pobre de espíritu” me preceden. La reiteración, por tanto, me parece superflua. Y además, detesto entregarme al halago fácil y te aseguro que tampoco es mi fuerte. A pesar de todo, me atrevo a decirte que tu relato, Jaute, me ha gustado mucho… tanto como los que tienes a disposición del mundo entero.

    Un saludo, Liberto

    • Gracias, Liberto. Te equivocas: acojo comentarios y valoraciones con muy buen ánimo tanto de conocidos como de extraños. Tanto buenos como malos.

      En este caso, y habiendo entendido ya que de verdad eres contrario a los halagos gratuitos, tu comentario y que te guste lo que escribo (permite que yo sí valore) tiene puntuación sobresaliente. En otras palabras, yo sí me siento halagada por lo que dices, tanto como valoro tus apreciaciones.

      Gracias y hasta pronto.

  2. ¿Ves? A ésto me refería exactamente en la entrada de “Líbido, Adrenalina y Endorfinas” cuando expresaba mi fantasía de revolucionar el porno produciendo películas destinadas a espolear la líbido femenina. ¿Qué intríngulis tienen diez minutos de un primer plano de mete-saca? Como mi líbido ese día no esté ya predispuesta per-sé, ninguna, cero. Es aburrriiido.

    En cambio este relato es erotizante, excitante y morboso, crea un ambiente, desarrolla una historia, puedes ir paladeando… ( jeje, jo, ahora borraría paladeando, pero lo dejo, hay confi, ya sabes que me refiero a ir poniéndose en situación e ir aumentando el deseo al tiempo que lo hacen los propios personajes, progresivamente, como nosotras necesitamos), es por eso que prefiero mil millones de veces leerme un relato de la sonrisa vertical a ver la pelis que mi santo Hell se baja de internés, que el pobre es muy básico (on-off). Pero como a él le hace ilu, pues me las trago ( jo, otra vez!, quiero decir, que las veo con él aunque con un puntito de rabia porque no piensan en nosotras, es un género bastante machista bajo mi punto de vista).

    Me voy por los cerros. Lo que quiero decir es que me ha encantado, que si un día tengo mi propia productora porno para mujeres te contrato de guionista. Y nos forramos, piénsalo! 😉

    Por otro lado decirte, como siempre, que está maravillosamente bien escrito, llevas perfectamente al lector a ese cine, a esas butacas, a esa situación, los introduces en el pensamiento de los protagonistas y retratas estupendamente sus sensaciones, dudas, deseos. Escribes tan bien que desapareces.

    Me explico: en Madrid hice un curso de doblaje. Era eminentemente práctico, íbamos grabando “takes” por parejas, luego lo escuchábamos y nos daba su opinión. Siempre nos decía que un buen doblaje es aquel en el que si el espectador no se da cuenta, no repara, en lo bien o mal doblado que está, es que se ha hecho bien. El resplandor, una de mis películas favoritas, solo puedo verla en V.O.S., porque en la versión española el doblaje de Verónica Forqué es tan temible que arruina por completo la película. En un buen doblaje como dios manda solo se aprecia el arte que tiene el actor de doblaje cuando realmente quieres concientemente reparar en ello.

    Con tu prosa en este relato pasa igual. La historia es tan interesante (nos han jodío, morbo puro, está por lo que sucede principalmente), que no reparas en lo BIEN escrito que está hasta la segunda lectura.

    Felicidades Jaute, eres muy buena escribiendo, de corazón. Yo sí que soy del halago, porque soy extrovertida y no me cuesta expresar mi admiración con quien se lo merece.

    Nos leemos pronto!

    Circe

    P.D.: Cuando me facilitaste la contraseña por e-mail decías que no estabas segura de si me iba a gustar por lo explícito… y lo es, pero como mi mente está bastante enferma dentro de lo que cabe me ha parecido bastante “light”, por ponerte un ejemplo trabajé durante un mes y medio en un teléfono erótico…así que estoy curada de espanto. Ya te contaré por emilio si te apetece.

  3. Circe, te agradezco mucho, muchísimo, tus palabras. Creo que aunque mi estilo fuera completamente ilegible seguiría escribiendo para que no me explotase la cabeza, y menos mal, porque no tengo oído musical y soy una pintora pésima, pero, cuando me dices que te gusta lo que escribo, me doy cuenta de que no es tan cierto que sólo escribo para mí, que me importa que guste o no lo que hago… No sé si me explico. Pero seguro que te excedes, te lo diría hasta mi madre que se llama a sí misma mi “lectora potencial nº1”. Y no, no peco de falsa modestia. Por cierto, tengo para ti una pequeña lista de enlaces que organicé ayer cuando te lamentabas de lo mal que estaba la blogosfera.

    Con respecto al porno vs erotismo: sí, tienes razón. Y cuando leí “Líbido, Adrenalina y Endorfinas” me sentí poco femenina, porque yo si tengo el botón en “on” tantas horas como tiene el día. Sin embargo, con este comentario tuyo, me ha dado por pensar, por buscar una explicación coherente con mi sexo. He llegado a la conclusión de que el motivo de que mi disponibilidad sea anormal, que a mí sí se me olviden los problemas ante la posibilidad de un revolcón, se debe, tal vez, no a que me vale con el mete-saca, sino que para cuando el mete-saca llega, mi cabecita febril, ya me ha procurado todos los preliminares necesarios, en mi caso, la anticipación en sí misma ya es para tener en cuenta . ¿Será esto hacerse pajas mentales?

    En cuanto a la entrada en sí, la leyeron el año pasado, por otras vías, 3 hombres: uno dijo que le faltaba carne; otro que lo que encontraba excitante en ella era saber que la había escrito y yo y preguntarse dónde coño tendría yo la cabeza ese día; el tercero dijo que el estilo “porno” (¿porno? no será para tanto; a ver si te has leído otra cosa por error…) no le gustaba. Debía habérsela dado a leer a una mujer, pero me daba vergüenza…

    Me encantará que me cuentes tus aventuras tele-eróticas, ya puedes ir empezando, aunque no respondo de lo que puedan inspirar, jejeje.

    En fin, te dejo ya que el Google Reader me dice que has escrito algo sobre la música que tanto te gusta.

    Besos

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