Guardesa de ausencias

reloj-arenaCada vez que Eva dijo que ella era mujer de un sólo hombre dijo la verdad; nunca le ha sido infiel.

No cuando le conoció; no cuando él se acercó tanto a ella que sus reservas quedaron mezcladas con la calderilla que él llevaba en los bolsillos; ni siquiera cuando por fin se dejó vencer por un beso largo, capaz de provocar la amnesia selectiva que sólo corrompe los por qué no iba a dejar que ocurriera; sino al día siguiente, cuando ella ya había tenido ocasión de meditar por breves segundos acerca de su empeño en errar por no saber esperar ni convencer de que la esperen, sólo entonces, después de que él le diera los buenos días, por algún capricho de su gramática, de su acento, de su entonación o vaya usted a saber qué, se dijo Eva a sí misma, en un susurro que él jamás escucharía: —¿Cómo he podido ser tan afortunada? Apenas me creo mi buena suerte— prometiéndose no renegar nunca más de la fasta deidad.

Y un poco más tarde, mientras permitía que su cuerpo traicionara su discreción con el cuerpo de aquel hombre, simpático pero más concentrado en recibir y ofrecer muestras de afecto que en meditar y comparar la necesidad de éste, se sintió Eva como una huérfana  de cuento inglés que encuentra al fin a su padre, como una sombra que halla el objeto iluminado al que ha de acompañar a partir de este momento. Como un poema que sueña con ser canción y cuya métrica finalmente encaja en una melodía. Como un final feliz, toda ella, en sí misma, con él como punto final.

Pero Eva sabía muy adentro, allí donde nunca mira, que él era imposible. No que su existencia estuviera fuera de lugar sino que era imposible que él reconociera la de ella de la misma forma. Él, que la abrazaba tan generosamente, que la besaba sin guardar nada, no sentía recelo en la entrega porque no entregaba nada que fuera de verdad suyo. O eso dedujo Eva desde la distancia en el tiempo.

Sentía a menudo la tentación de decírselo, así, por ejemplo: Te quiero. Sin más. Dejar su amor suspenso en el vacío entre ambos, allí donde podría mostrar todo lo que tiene de infinito, que si le diera a él por agarrarlo para meterlo con todos sus demás tesoros en su bolsillo, siempre quedaría flotando un poquito más del que respirar.

Cuando comenzó a dejar escapar pequeños detalles de sus encuentros con él frente a sus amigos  y cuando su nombre empezó a asistir a las pequeñas reuniones, como polizón al principio y más tarde de pleno derecho, todos ellos coincidieron en que ella estaba enamorada y él era demasiado bueno, no para ser verdad, desde luego, sino para ser de ella. Y Eva estuvo de acuerdo.

Y debían estar todos en lo cierto pues, según se asentaba la preferencia de ella por él, él dejó de tener tanta prisa e interés en verla, en tocarla, y dejó que la vehemencia se convirtiera en un asunto de interés exclusivo de Eva mientras él se aplicaba el bálsamo de la complacencia en la conquista que no requiere de más atención que la breve visita al final del período contributivo para la recaudación de impuestos sobre los sentimientos adquiridos.

Fue de esta forma que Eva se encontró con que guardaba sus ausencias y poco más. Y notó en algún momento que el tiempo de ella pasaba más rápido que el de su amante —era por esto que a él le parecía suficiente lo que a ella le parecía un aperitivo que no saciaba su hambre y, por esto mismo, que cada vez había más semanas intercaladas entre todos sus encuentros—. Si sus segundos no eran iguales y él insistía siempre en su deseo de pasar más tiempo con ella, quizá la perfecta medida fueran besos y caricias.

Y comenzó a contarlos. Salió a la calle a buscar ociosos que tuvieran afecto de sobra o mal invertido y quienes no lamentarían arrastrarlo un rato por sus sábanas. Y ella contaba hasta el más leve roce y se decía: —Ya he juntado ciento cincuenta y ocho besos. Sólo me faltan cuarenta y dos más para poder comprar uno suyo.

Y mucho tiempo después, cuando ya ni si quiera recordaba de dónde sacó el impulso para ser tan generosa, siguió contando por su propia codicia: contaba amantes, contaba afectos. Contaba las veces que había estado así de cerca de haber sentido algo parecido para poder callarlo. Para tener un amor secreto.

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