Estrecheces. 1ª parte

Ha llegado a mi memoria, por diferentes vías y por motivos inconexos, desde el lugar remoto donde se escondía, la confusión que viví entre mis 14 y 17 años.

Siempre fui una niña despierta —mi lado más infantil aún camina con los ojos abiertos de par en par, incluso en plena noche— pero poco dada a reconocer la malicia, a pensar mal, a temer las intenciones de otros.

A Pedro le conocí en el super del barrio pero él me había visto antes a mí. Entré a comprar leche o huevos o alguno de esos artículos de uso diario que mi madre olvidaba apuntar en la lista de la compra. Al pasar por caja, él ya estaba detrás de mí y quiso pagar mis adquisiciones.

—Tú estás tonto, hombre— le dije. Él no contestó nada.

Al salir de la tienda encontré a mis amigas y compañeras de clase comentado mi buena suerte.

—Ay, tía, qué suerte tienes. Tetas no, pero cuánta suerte.

—Tetas, to-da-ví-a no. ¿Y la suerte dónde la tengo que aún no me la he visto?

—Ese tío que va detrás de ti es Pedro. Se pasa las tardes intentando informarse acerca de ti, pero como eres rarita no podemos ayudarle. Y, ¿sabes qué?… Dice que a él le gustan las raritas.

Pedro era el rubiales del barrio. 17 añazos, ojos verdes, brazos musculosos, no sé cuántos cursos repetidos hasta su ingreso en el mundo laboral como pintor (de paredes) y yesero, desodorante de acción taciturna. Todo, todito él testosterona. Qué suerte la mía. El resto de su familia también era notable en aquel pueblo: todas sus hermanas se habían casado de penalti. Los hermanos (entre todos se juntaban alrededor de ocho; perdí la cuenta) también acudían al altar por guardar las apariencias, alrededor de tres meses más tarde de lo debido, y por no dar un disgusto a su madre.

Y, aunque me pareció chocante que él, que, al parecer, llevaba a todas las mozas por la calle de la amargura, se fijara, y hasta se obsesionara, con una niña, teniendo tanta adolescente dispuesta, mi curiosidad (—Si acepto salir contigo, ¿me morrearás? Pero, bien, ¿eh?, besos con lengua, de tornillo, que quede claro—. Él me aseguró que sí) me sugirió que una tenía que probar antes lo que después decidiría perderse.

Para cuando nos pusimos de acuerdo (tardamos un mes, más o menos, desde ese encuentro en el super) yo ya tenía pechitos. Ya usaba sujetador; qué horror, qué amargura, qué recorte de libertades y qué calor me daba. Pedro, que se dio cuenta de inmediato, la primera tarde que salimos, se emocionó y la emoción pareció causarle algún tipo de vergüenza, por lo que tuve que esperar mi introducción al lengüeteo otro día más… Me daba cuenta ya de que la cosa no prometía.

Sin embargo, una semana después mis padres tuvieron que comenzar a hacerse a la idea de verme volver a casa a las diez con los labios cortados por excesos de humedad y el aire que, a ratos, cuando Pedro me daba una pausa para respirar, soplaba aún un poco fresco.

Después de quince días, el beso, por retorcida que fuera la postura, ya no ofrecía ningún misterio para mí.

—Hum… Pedro, anda, déjame de besos un rato… Hagamos otra cosa.

—Vale.— Apenas podía hablar aunque yo no supe por qué entonces— Ven.

—¿A dónde?

—Al taller.

El taller era un cuarto trastero del edificio donde Pedro vivía en el que su hermano Lolo guardaba la moto (modelo mosquito zumbón), donde imperaba el olor a gasolina y aceite, frescos y también quemados, y donde, curiosamente, había una camita contra la pared que Pedro no tardó en colocar en el suelo y ofrecerme a modo de asiento mientras me pedía que me pusiera cómoda con el mismo tono impropio de él con el que me sugirió durante aquel primer encuentro que le permitiera hacerse cargo de mis gastos en la tienda.

Hice lo imposible por sentarme en una postura apta para el confort humano sobre aquel somier falto de alambre y el colchón cuyo grosor no podía ser superior en más de un centímetro a cualquier manta de viaje. Y mientras hacía esto, mientras oía, sentía y veía como se formaban las primeras carreras en mis medias, y mientras él se sentaba a mi lado y vencía mi compostura con su peso hasta tenerme tumbada (para qué coño tanto esfuerzo en lograr sentarme si la verticalidad no era necesaria), prisionera entre su pecho y los pinchazos de alambre en mi espalda, no me pegunté en ningún momento qué era eso que él creía que íbamos a hacer. Yo, pensé que estaba claro, sólo quería hablar, o jugar al hockey de mesa, o ir a por un batido. Yo no quería echar un polvo, que sí sabía de qué iba más o menos, pero era una actividad que de momento no me concernía. Y cuando él dijo vamos a hacer el amor, me dio un ataque de risa y sólo pude contestar, como si se tratara de un chiste: —Eso es para los ricos, Pedro. De todas formas, ya te estás levantando si no quieres que mi padre te cruja a hostias y, además, podrías haber tenido la cortesía de sacarte el llavero del bolsillo antes de echarte encima de mí.

—No tengo llavero.

—Pues lo que sea que lleves ahí metido, da igual. Me lo estás clavando en la cadera.

Entonces fue él quien se rio a gusto: —Ay, pobre Jaute. ¿No sabes lo que es, de verdad?

Pues no. Pese a mi experiencia en campamento con el rey David, no se me ocurrió nunca pensar que el pene no debe estar fláccido a la hora de la penetración y que lo que se conoce como erección no consistía en un ejercicio de ingravidez sino de endurecimiento.

Poco después rompimos, o le mandé yo a paseo, harta de pasar las tardes quitándomelo, literalmente, de encima. Harta de su negativa a participar en ninguna actividad que no incluyese el intercambio de saliva, y Pedro, pobre de él esta vez, pasó varios meses acudiendo, con mayor o menor frecuencia según el partido de fútbol que echaran por la tele, a llorar debajo de mi balcón hasta que no pude ya sentir más vergüenza ajena.

Andábamos por mayo cuando comencé a considerar tomar los hábitos: ningún chico quería acercarse a mí por temor a que Pedro les partiese la cara y todas mis amigas me odiaban a muerte por haber convertido a su héroe, al que prometía ser el semental del que se servirían en las futuras horas de aburrimiento en sus futuros matrimonios aburridos, en un ser tímido, encogido y lloroso, sin ganas de follar, que pasaba las horas muertas sentado en aquel parque al que daban las ventanas de mi casa, esperando en vano, que mis intereses pasaran de mis libros a mi cabeza y de ahí a mi entrepierna y corriera a suplicarle otra oportunidad.

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2 pensamientos en “Estrecheces. 1ª parte

  1. “—Eso es para los ricos, Pedro. De todas formas, ya te estás levantando si no quieres que mi padre te cruja a hostias y, además, podrías haber tenido la cortesía de sacarte el llavero del bolsillo antes de echarte encima de mí.”

    Brutal, buenísimo, no eras rabisalida ni ná! jajaja, me ha encantado la entrada, y como siempre, tu salida!

    Besazos!!

    • Hola, Circe: este texto está inspirado, ligeramente, así como de lado, en el último intercambio de correo que hicimos, ¿te acuerdas? Así que si te lo has pasado bien, mejor que mejor.
      En cuanto a mi “salida” con Pedro: (lo prometo aquí para que lo lea quien quiera) de verdad pensé que llevaba un “peazo llavero” en el bolsillo, de verdad me indignó que intentara fabricarme un segundo ombligo con él y de verdad pensé “te vas a enterar como mi padre se entere antes”, pues menudo era él… Eso sí, lo de que hacer el amor es para los ricos… Siguen dándome ataques de risa cada vez que un muchacho galante apuesta por tratarme cual damisela de drama televisivo. En fin, qué le voy a hacer yo…
      Besos, maca

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