Babosas

—Veamos. Señor… Jiménez. Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?

—Bueno, pues, no sé… Me encuentro bastante mal. Tengo unos calambres horribles en el estómago desde anoche y… No es la primera vez esta semana, eso es verdad…

—¿Diarrea?

—Sí. Además me mareo. Bueno, más que marearme me da como una especie de debilidad, como que las piernas no me sujetan, como si de pronto no me alcanzara la sangre a todas partes.

—Se nota el pulso débil e inestable. ¿Es eso lo que quiere decir?

—¡Sí! ¡Exactamente!

—Puede que se trate de gastroenteritis, es muy frecuente en esta época del año. Diga, ¿ha viajado? ¿Ha estado de vacaciones en algún sitio? ¿Su dieta ha variado?

—No, no, en absoluto. Pero hay más… Mire… ¿Ve el sarpullido en mis brazos? Ha aparecido a lo largo de la noche y, ¿ve lo rojo que estoy? Pues le aseguro que ni es del sol ni de vergüenza.

—Metaldehído.

—¿Perdón?

—¿Tiene un problema con las babosas en casa?

—Pues sí, una infestación en el jardín pero… Mire, no sé dónde quiere ir a parar. Para empezar ni si quiera me ocupo yo de esas cosas. Mi novia, quiero decir mi compañera, es la encargada… Vamos, la casa es suya y el jardín también. Las babosas son asunto suyo, no mío.

—¿Ha venido con usted? ¿Le ha acompañado a consulta?

—Sí… Sí, está ahí fuera pero, ¿qué tiene ella que…?

—¿Me permite que me asome a la puerta? Perdone, sólo será un segundo.

—Claro. Faltaría más.

—Sí, es ella.

—¿La conoce?

—¡Oh, sí, desde luego! Mire, váyase a casa, con su novia. Coma fuera de casa durante unos días, pero disimule usted, por el amor de Dios; dele alguna excusa, trabajo o lo que sea que mejor se ajusta a su rutina. Y déjese de líos de faldas.

—Discúlpeme pero esto… Me dará alguna explicación, ¿no?

—Ah, sí, lo más importante: cáscara de huevo. La deja secar, la machaca después para que quede hecha cachitos y la esparce alrededor de las plantas.

—Ya. Y eso… ¿para el sarpullido, la diarrea o el pulso?

—Para las babosas, hombre. No sigan utilizando el veneno.

—Entonces me dice usted que padezco una intoxicación de eso, como se llame que ha dicho usted antes…

—Metaldehído, sí.
—Sí, eso. Y, ahora, ¿cómo se supone que ha llegado eso a mi organismo? ¿Se cree usted que soy tonto y que lo he confundido con la sal? ¿O que la loca de mi compañera lo ha esparcido por toda la casa…? Dios santo. Es eso lo que usted insinúa, que ella, de algún modo, es responsable de mi envenenamiento… Será hija de puta… La muy…

—Tranquilícese, hombre. Seguro que usted la ha provocado de alguna forma.

—Pero… Pero, ¿qué dice usted? ¿Qué sinsentido éste? ¿Me quiere explicar qué coño le pasa? Digo yo, y es sólo un suponer, ¿eh?, que deberíamos ahora mismo, si usted sospecha envenenamiento, denunciarla o llamar a la policía o qué sé yo… Algo. Y no tenerle a usted diciendo gilipolleces e intentando poner paz entre una asesina y su víctima potencial. Vamos, es que si me lo cuentan no me lo creo.

—Huy, pues mire que ahora el que dice estupideces es usted. A ver, ¿quién es el médico aquí? Yo, ¿no? Pues déjese de memeces, hombre, y de hipocondrías, ya que estamos, que es usted un hipocondríaco de esos que se dedican a pedir cita cada dos por tres por chorraditas de nada, de mariquita llorón, que eso es lo que es usted, ¿me oye? Pues menuda tontería, decir que es usted una víctima potencial de una asesina… A dónde vamos a ir a parar en este país, que todo el mundo cree saberlo todo… Pues de lo que usted tiene, que lo sepa, nadie se muere. Bueno, los perros sí, qué le vamos a hacer… Pero no las personas, mameluco.

—Pero, ¿cómo se atreve a insultarme? ¿Y por qué insiste en quitarle hierro al asunto?

—Sí, sí,… Sí, sí, sí. Tiene toda la razón: mil perdones. Me he propasado. Verá, llevo una mañana muy mala, atendiendo a enfermos, ya sabe. Muy estresante. Y lo suyo… Pues sí, es una faena, pero más se perdió en la guerra. De verdad, hágame caso, siga mis instrucciones y, por lo que más quiera, no la provoque usted. ¿No ve cuánto sufre la pobrecilla?

—A ver, a ver… Que me tiene muy confundido. Usted la conoce, ¿no?

—Sí.

—Y sabe que ella es dada a esto del metaldido.

—Metaldehído.

—Sí, eso… Y, a pesar de todo…

—No lo entendería…

—Probemos.

—Está bien, pero que conste que está usted alterando la agenda. No sé para qué pusimos los anuncios advirtiendo que sólo se dedican diez minutos por paciente… Esto es un cachondeo; nadie respeta ya ningún orden.

—No pierda más el tiempo.

—No, si yo sólo le quiero hacer constar el sacrificio al que me obliga… En fin, su novia, Conchi, sí, sí, claro que sé su nombre. Ya le he dicho que la conozco… Conchi, como decía, era mi novia. No se incomode que de esto hace mucho tiempo, y déjeme continuar o no acabaremos nunca. Pero, mire, yo salí bastante mujeriego; veo un par de piernas y dejo de pensar… Ah… Pobre Conchi. En el fondo yo no la culpo, ¿sabe? Claro que lo sabe… A mí me lo ponía en el pollo asado de los domingos. No siempre, no se crea; sólo cuando sospechaba. Al final, la tuve que dejar… Por mi salud. No me mire con esa cara. No le he mentido antes, eso sí, si se convierte en una costumbre, naturalmente, la salud se resiente. Así que la dejé para que no acabara por matarme. Pero aún la quería, que quede claro. Y ella a mí. Lleva años autolesionándose para tener una excusa para verme. No me falla ni una semana. Al principio eran cortes con objetos que, según ella, estaban oxidados, o se los infectaba, Dios sabrá cómo, para necesitar algo más que una tirita o un vendaje. Es muy lista, mucho más inteligente que cualquiera de nosotros dos. Así que, ya ve… Oh, por supuesto se ha ido haciendo más creativa. No hace mucho entró aquí mismo alegando un dolor de oídos: se había introducido un cojinete, ¿puede creerlo? Me encanta…

—Pues si tanto le gusta…

—Ah, no, no. Yo me casé, ¿sabe? Con otra, claro está. Pero ella… Si no fuera por mi salud…

—Y, entonces, ¿quiere decirme qué hago yo?

—¿Sabe? En el fondo le envidio. Está claro que ahora le quiere a usted. Ella jamás le pondría el veneno de las babosas si no le quisiera, si no deseara salvar su relación. Si yo hubiera tenido una salud de hierro como la suya… Vaya a casa y pórtese bien con ella. Tiene usted una joya en casa; un diamante en bruto. Hágame caso, sea bueno y decente y ocúpese de las babosas usted mismo; verá qué ilusión le hace. Ah, y haga saber al siguiente que puede pasar, si no le importa; mi asistente está de baja, ya ve usted qué mañanita…

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7 pensamientos en “Babosas

  1. Monik: gracias. Estoy deseando tener ocasión de leer alguna de las tuyas, seguro que no tienen desperdicio.

    Aurora: Tú lo has dicho: curiosa. Vale, lo de que “le pasó a un amigo” es una de esas bromitas nacidas del insomnio
    (perdona, Circe. Además, tienes tú razón, creo: increíble, jeje).

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