A mi vida le gusta contradecirme

y, para hacerlo bien, para sentar precedentes, escoge las ocasiones más inconvenientes. En este caso fue la fiesta de cumpleaños de Salvador, a la que yo fui dispuesta a pasarlo moderadamente bien, sin exageraciones, pues tenía la cabeza en otra parte del calendario: el domingo y su cuadrícula enmarcaban mi próxima conversación con Miguel.

Porque acababa de salir de uno de mis ciclos de ermitaña, porque todas las expectativas que yo tenía se centraban en otro momento, otro lugar y otra persona, me encontré rodeada de aquéllos que no tardaría en llamar amigos prestados de Salva —un grupo muy variopinto en el que escasean los heterosexuales y entre los que todo parece carecer de peso y transcendencia— que me permitieron ser yo misma y disfrutar relajadamente de copas y charla. Claro que, para el segundo set, se escogió un local de dirección y clientela gay, muy popular, en el que las mujeres podemos disfrutar de apretones y achuchones sin temor a las consecuencias.

De esta manera, por estos motivos, me encontré en algún momento contra la barra, separada de mis amigos por la fila de a dos que circulaba hacia y desde los servicios, alcanzando mi Gin&Tonic a duras penas y sonriendo al hombre que acababa de rozarme el pecho izquierdo con la mano en la que sujetaba su bebida, sin duda alguna, un ron bien escogido con Coca-cola.

—Perdona. Te he tocado el pecho, el izquierdo concretamente.

—Parece inevitable teniendo en cuenta lo escaso del espacio personal en este lugar y el volumen de mi pecho. Estás disculpado.

—De todos modos quiero que estés segura de que no he sentido ningún placer puesto que la parte de mi mano que te ha tocado el pecho era el envés y es de todos sabido que los hombres carecemos de sensibilidad en esta parte de nuestra anatomía.

Puedo culpar al alcohol, aunque no estaba ebria, y, para ser honesta del todo, te recordaré aquella ocasión en la que, visitándote en tu ciudad natal y en un local de características similares, invité al que yo creía un homosexual, deseando que no lo fuera, a tocarme las tetas tras haberme sugerido él que probase la firmeza de sus pectorales.

No puedo explicarme, y aún menos a ti, por qué deseaba que Alberto no fuera gay, estando yo tan enamorada de Miguel y tan cerca ahora de un desenlace feliz, ni por qué terminé por pedirle que probara a tocarme otra vez, ahora con la palma y dedos de la mano, para ver si podíamos procurarnos el placer que su negligente envés nos había negado a ambos. Él, por supuesto, obedeció algo fascinado por la reacción de mi pezón izquierdo y, cuando le confesé que mi pezón derecho se sentía descuidado, me besó. Y ese beso me recordó de Miguel sólo que había conseguido, por fin, olvidarle para el resto de la noche.

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