Qué hartita estoy

Pese a que soy mujer y me lo tomo a pecho, no es a mi corazón donde tus palabras llegan, sino al mismo meollo. Ahí se quedan pululando, absorbiendo la humedad.

Y tus ojos observando el efecto, midiendo temperaturas que deberías tomar con las manos.

Los míos se quedan enganchados en el cuenco que forman tus clavículas. Comparo mi deseo con la anchura de tus hombros. Rebosa mi lascivia hasta precipitarse hacia tu ombligo y sólo se te ocurre proponer razones y entendimientos.

Qué hartita estoy de tus argumentos descarnados.

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