Sangre y nicotina

Hay estancos y estancos. El que está frente a mi casa parece, por sus dimensiones, un quiosco empotrado en la pared del edificio. Los dueños me tratan bien —¿Un paquetito de los tuyos, hija, o dos? No fumas mucho tú, ¿eh? Eso está bien. Bueno, sí, claro, un paquete al día ya es; hay tantos, hija, que fuman dos… Y eso ya es vicio—; a veces hasta me piden el carnet, lo que supongo un cumplido, inaceptable por exagerado, claro.

Ah… Que quizás he tomado a alguien por sorpresa: pues sí, fumo. Estas páginas están llenas de referencias a mis poco originales debilidades, y no se trata en ningún caso de retórica ni de satisfacer los gustos del lector; para eso ya están los periódicos de tirada nacional. Fumo. Sin orgullo y sin remordimiento; con deleite unas veces, con ansiedad otras. Acabo de encender uno por rebeldía y por ilustración.

fumando

Quizás no me tratan tan bien: han cerrado por vacaciones… ¡Hasta el 27 de agosto! Lo descubrí ayer por la tarde. No me pareció importante; hay muchos estancos en Madrid. Al salir de la oficina, nada más doblar la esquina, hay uno, por ejemplo. En ese me tratan mal. Me dicen que lo de empapar los sellos está ahí mismo, ¿no lo ves? No, no lo veo. Nunca. Estoy convencida de que me toman el pelo. Este sobre va a Bielorrusia; son sólo siete sellos, me digo. Los chupo. La estanquera grita que debo de estar ciega, que está ahí, ahí mismo, delante de tus ojos. ¿De verdad no lo ves? No le contesto; no puedo: me dan arcadas de tanto chupar los jodidos sellos.

A pesar del trato que recibo, al salir de la oficina, sé que tengo que pasarme por allí, sólo me quedan cuatro cigarrillos y he acabado el cartón que guardo en casa. Al descubrir lo precario de mis provisiones me apetece fumar. Ya sólo me quedan tres. Me duele todo. Mi cuerpo acusa la renovada y pesada rutina de los madrugones tras noches de insomnio debidos al estrés laboral —sólo he tardado un día en empezar a tener ganas de degollar a alguien, la estanquera me va bien, con un abrecartas, con un CD lanzado al estilo ninja, con un clip desdoblado, perforación a perforación: siga la línea de puntos, alrededor del cuello, de la estanquera, por ejemplo—. Me duele todo: le cambié el masaje que me ofrecía por una caminata por el monte y no me queda un músculo en el cuerpo que no me guarde rencor. Esta mañana he sufrido un accidente en el metro; demasiado absorta en la lectura o en el cansancio, reposando contra la puerta del vagón, ésta se ha abierto inesperadamente —yo era la única que no lo esperaba, todos los demás a mi alrededor no hacían otra cosa— pellizcando un buen pedazo de mi antebrazo izquierdo, seguramente los 100 gramos que me sobran en ese lugar. Podría haber sido peor: podría haberme arrancado el brazo de cuajo y ya no tendría un problema de agujetas; también podría estar exagerando. Apenas tengo ropa limpia y planchada. Por eso llevo la faldita, excesivamente escasa, que tras diez horas de sentada frente al ordenador parece un cinturón ancho lleno de pliegues. Por eso voy mirando al suelo, muerta de sueño, preguntándome qué autoengaño practicar esta noche para permitirme una ingestión masiva de azúcares que no me quitarán el dolor, me duele todo, y que, probablemente, me provocarán más insomnio si cabe; y voy cojeando porque, aunque me duele todo, parece el dolor más acusado en las piernas y voy haciendo turnos para cojear de la izquierda y ahora de la derecha, las dos a la vez no o no vamos de bruces al suelo, creo que tostadas con mermelada de moras, vaya mierda de cena, y con cuidado de no enseñar el culo, querrás decir las bragas, joder, más te vale poner una lavadora esta noche o mañana enseñarás el culo, tengo dos pares de vaqueros limpios, claro, quién se los querría poner y ensuciarlos con este calor, es verdad, pero… Y he acabado en el metro, de vuelta a casa, sin pasar a comprar tabaco. Me duele todo y ahora estoy cabreadísima conmigo misma. Incapaz de prestar atención, como una niña de cuatro añitos.

Me propongo encontrar un estanco entre la boca del metro por la que asciendo al mundo civilizado y la puerta de mi casa.

Sigo caminando con dificultad, mirando al suelo. Ahí está, justo en el paso de cebra, justo entre dos franjas blancas que hacen del asfalto el fondo más negro y, de ella, el cadáver de paloma más blanca que he visto nunca en la vida real. Yace sobre su lomo, las patas estiradas y encogidas a la vez, en un rictus tan paradójico como podría serlo el hecho de que esta misma paloma fuera la que ayer dejara caer la caquita sobre mi hombro justo antes de mi entrada en uno de los edificios emblemáticos de Madrid, lleno de funcionarios de inmejorable aspecto. Lo considero. No. Quizás. Da igual. Me doy cuenta de que me he quedado parada por completo. No estoy respirando. De todas las sensaciones desagradables, el olor es la que más temo. Los olores son penetrantes. ¿Y si la paloma huele y el olor, penetrante como es, se queda a vivir dentro de mi cuerpo? Intento relajarme y respirar, pero sin querer reconocer el aire. Nadie la esquiva. Nadie la pisa pero nadie la esquiva. Me parece raro. Hay una paloma muerta, totalmente blanca, sobre el fondo más negro, enmarcada entre franjas de un paso de cebra y nadie la pisa ni la esquiva ni a nadie sorprende. Ni si quiera las gotas de sangre muy roja —un gato, ha sido un gato— en su pescuezo. La paloma me recuerda a la estanquera. Escucho a los pájaros alrededor. No sé desde dónde observan porque no hay ni un árbol a la vista; no hay balcones tampoco. Supongo que claman desde los tejados: —Haga algo, señora, ayúdenos. Llame usted a la policía. La han asesinado—. Mamá paloma alega que era muy bonita y demasiado joven para morir de esa manera. Le rompe el corazón ver a su hija muerta tirada en la calle. Papá palomo dice que era una pájara, que ya sabía él cómo acabaría, todo el día de picos pardos…

Me doy cuenta de que estoy en medio de la calle, mirando el suelo. Avanzo. Observo que hay siete farmacias en mi barriada y, al parecer, de momento, sólo un estanco, cerrado. Considero abandonar el vicio. Considero seguir caminando. Mejor así: ya sólo me quedan dos.

Por fin, mucho más lejos de lo que debería ser necesario, encuentro un estanco. Justo en ese momento me doy cuenta de que, aunque no tengo cambio, podría haberlo pedido en cualquier barra de bar y sacar el paquetito de la máquina, tras varios intentos y, finalmente, tras coincidir el camarero concediendo el permiso a distancia y la moneda pesando exactamente todos sus gramos y siendo su velocidad la indicada para alcanzar el depósito sin pasarlo de largo hasta “devoluciones”.

En el estanco huele a tabaco de pipa. En las paredes hay fotos de James Dean, Audrey Hepburn y muchos otros. Todos fuman. En las fotos el humo les envuelve sin cegarles, sin esconderles. La estanquera no me pide el carnet. Me habla con amabilidad. Le compro lo que quiero —que sean dos, no quiero repetir esto mañana—. Detrás de mí hay una mujer que apenas puede hablar; no puedo evitar fijarme en su cuello. Busco en él un parecido con el pescuezo de la paloma. No lo encuentro. Posiblemente exceso de cubitos de hielo en todas las bebidas de este mes.

Cuando comencé a fumar el hombre de los golpes de suerte que fumaba como mi amigo Dima, mirando al horizonte, aún salía en la tele. Nunca me resultó convincente. Sólo fumo por deleite y ansiedad.

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2 pensamientos en “Sangre y nicotina

  1. Además de por el estanco, pásate por la sección de cosmética de un gran almacen y verás como te dan algo para lo que te pasa.

    Me encantan las fotos en B/N, buena elección.

    • Jajaja… ¿Qué será lo que me pasa que podría hallar solución en una sección de cosméticos? Miedo me da preguntar qué clase de curas te ofrecieron ayer a ti.

      La foto: Gracias. A mi también me gusta el B/N aunque soy más dada a los excesos de cyan. En fin, esta es una de tantas que emergen al escribir “fumando” en Google y me pareció adecuada no solo por la falta de color sino por el contraste de los elementos blancos.

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