Frente a El mamón

No se conocen. Tan sólo llevan un par de días intercambiando correos electrónicos.

No deja de resultar curioso para Silvia ya que, cuando recibió su primera invitación a la correspondencia que ahora mantienen, ella se había prometido ser normal, dejar de jugar a ser otra, dejar de ser tímida; salir de copas, conocer gente mediante el clásico método de entablar conversación con ellos cara a cara, conocer hombres y arriesgarse a juzgar sus caracteres basándose sólo en lo que dicen sus ojos mientras aprende lo que dicen sus bocas, practicando una especie de doblepensar.

Pero el hombre le cae bien. Desde luego, le agradece que no haga insinuaciones sexuales —cibersexuales, se corrige—. Esta harta de exhibicionistas que aprovechan cualquier charla para enviarle la foto de sus penes. Está aburrida de hombres que sueñan con ser dioses del sexo, con oírle a ella decir: jamás he visto una tan grande. Está aburrida de admirar aquello por lo que no siente estímulo alguno.

Él está preocupado por si ella no es bonita. Silvia puede percibirlo. Tampoco entiende esto. Él no parece poseer instintos predatorios. Quizá sí —se recuerda a sí misma que aún no ha tenido ocasión de mirarle a los ojos—. ¿Qué pasaría si ella no es bonita? ¿Dejaría él de tener interés en hablar con ella? ¿No son las conversaciones escritas lo que ha llevado a ambos a querer encontrarse?

A pesar de todo, él resulta ser un valiente y propone una cita: frente a El mamón.

Y ella acude porque no le importa qué aspecto tiene él; porque no le ha ofrecido fotos de su desnudez; porque no le ha preguntado en qué parte de su cuerpo prefiere las caricias.

Mientras le espera —ella siempre llega adelantada— se imagina así misma vista, escudriñada por la espalda. No se atreve a moverse. Mira el cuadro de Sorolla fijamente. Si alguien viniese y lo descolgase en ese preciso instante, ella quedaría mirando la pared con la misma obsesión. A su mente llegan escenas de una película, Closer. No recuerda bien los detalles, cree que el primer encuentro se da en un acuario, no en un museo. Sabe que la comparación, además de a la presencia del cibersexo, se debe a Julia Roberts y su participación en Notting Hill, donde sí aparece un museo además de poderse disfrutar del guión de relleno más ridículo que ella haya oído.

Pasa mucho rato esperando. Se siente contrariada cuando él, finalmente, no se presenta. Pero luego recuerda que aquellos hombres que no necesitan su abnegación necesitan, sin embargo, su frialdad y desinterés. Y allí, frente a esta obra que tampoco suscita pasión en su poco cultivado gusto por el arte pictórico, El mamón, se da cuenta Silvia de que es imposible para ella salir ganando en este juego.

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3 pensamientos en “Frente a El mamón

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