La despedida

Mientras te digo adiós y te deseo toda la suerte del mundo, esto es lo que yo pienso, o siento —ya no me acuerdo; tan agotada me tiene tu ausencia—:

No me importa si nuestros caracteres te parecen notas estridentes en estéreo y temes la sobrealimentación. Ni las distancias que a ti te provocan sensación de alejamiento. Me dan igual tus penas ya, empecinadas en despedidas. Si no sonríes me basta con que me mires en serio.

Que me mires y me tomes, hombre, si te gusta lo que miras. Yo no miro ni busco ya otra cosa que sentirte, que no ha de faltarme nada en tu boca ni en tus manos, lo sé, como me falta ahora en mi entrepierna. Y dime adiós después si lo deseas, o reclama mi presencia si te sientes dueño orgulloso, que ya acudiré yo con humildad para dos en la mochila, que a mí no me pesa. No me pesa nada más que tus prisas diciendo adiós sin sobornar antes mi cuerpo.

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